viernes, 21 de enero de 2022

Morir es un color, de Mario Marín. Una novela de una belleza onírica, perturbadora y apabullante

 Teresa Suárez.

Sinopsis:

«Santi, que trabaja en casa para Amazon, vive en un barrio de Huelva. Tiene cuarenta y siete años y dos
hermanos, uno normal y el otro chino. El chino es hijo de la china del chino de enfrente de la casa de sus padres. Un día Santi, solo, se tira llorando en el suelo toda la mañana y lo tienen que ingresar en el Vázquez Díaz. Allí conoce a Carmen y se establece entre ellos una relación de amistad ante la tristeza». 


Que un libro te deje sin palabras en la segunda página no es lo normal, pero a veces sucede: «Las ganas de morirte no tienen nada que ver con tu sueldo ni con tu vida ni con tu salud. Tampoco la mucha o la poca edad. No tienen que ver con tu familia ni con tus amigos ni tu trabajo. No se puede contar ni encontrar en ningún portal de consejos médicos. Es que te quieres morir. Te despiertas y lo ves claro. No hace falta que te levantes a mear ni a preparar café. Te puedes quedar en la cama. Nunca antes has tenido una escena tan trasparente delante de ti». 

Que un escritor, con apenas ocho líneas, sea capaz de contar, bueno, más bien de representar, un estado mental anómalo, o no, pero que incapacita para lo que se conoce como la vida cotidiana, es sorprende, algo muy difícil de alcanzar, salvo que te llames Mario Marín y seas un artista en toda la extensión de esa palabra.


En Morir es un color, Mario Marín alterna la estancia de Santi y Carmen en la Unidad de Salud Mental Comunitaria del Hospital Vázquez Diaz, con la experiencia vital de cada uno de ellos. Sin aparentes grandes dramas la de él, y jalonada de episodios amargos la de ella («Durante años compró el miedo como moneda de curso y el asco como normalidad sobrevenida»), al igual que el Amazonas, que una vez fluyó de este a oeste, la vida de ambos chorrea, en sentido contrario, por el cauce de la enfermedad mental, esa que silenciosa, discreta, sin esfuerzo aparente, penetra por cada resquicio que encuentra y lo cubre todo.


Con un estilo narrativo que reniega de cualquier retórica, Marín va más allá de la morfología, sintaxis y semántica. Trabaja el vocablo, la expresión, la frase, y, sea cual sea su forma, sonido o significado, lo diluye y mezcla para fijar una imagen gráfica que permanezca en la mente del lector de manera indeleble. Definido por su editorial como un «artista plástico, transgresor, inquieto y curioso», traslada a la literatura la técnica pictórica. 


Mario Marín no escribe sobre objetos («un lapicero celeste con forma de boca y pelusa violeta haciéndole de barba»), familia («La primera vez que mi abuelo subió a un duodécimo piso tenía ochenta y dos años (…) Era verano y llevaba unas bermudas verde bronce, un polo que yo le había regalado de Mango para su cumpleaños y unos zapatos calados»), aromas («el olor del verde entraba en el hospital»), paisajes («Por el otro y por detrás son campos de girasol. De abril a junio con verdes cambiantes, pero de agosto a marzo solo son secarrales con marrones según la luz»), ni estados de ánimo («Me desperté una mañana con ganas de morirme. Estaba teniendo una inundación cromática de azul negro humo»). Mario Marín los pinta.


Amarillo vela, rosa palo, azul ártico, azul cian, rosa Bitter Kass, marrón de Coca-Cola, naranja de Fanta…Una paleta tan variada y expresiva que, por si sola, casi cuenta una historia. 


Emile Nolde, uno de los primeros expresionistas alemanes ligados al grupo El Puente, decía que sus colores eran «la manifestación de un sentimiento trágico del paisaje». Mario Marín emplea los suyos para colorear e insuflar intensidad a las tres heridas de Miguel Hernández: la del amor, la de la muerte, la de la vida.


Y la de la enfermedad, añado yo, por su protagonismo en la novela. 


La enfermedad mental con su ausencia de síntomas («no tosía, no vomitaba, no sufría ningún síntoma, no me lastimaba nada, no tenía fiebre, no me dolía ninguna parte. Me estaba muriendo»), desamparo y miedo («es un miedo a oscuras. Se te ha ido la luz. Ha desaparecido la capacidad para la ilusión. No te interesa nada. Se está por estar (…) No te atrae nada ni te angustia nada. No hay propósito que te cautive»), explicada con una exquisita sensibilidad y una claridad pasmosa.


Y la enfermedad física al desnudo, alejada de lo políticamente correcto («El cáncer es educación, y cuestaciones en la calle, y lo del pelo, y cruzo los dedos, y doscientos eufemismos, y me persigno. El cáncer es una comunidad de términos feos que te hielan cuando los oyes. Te dan igual congestión, pus, sangrado, hinchazón, tos y pitido, pero entras en pérdida de control con carcinoma, metástasis, maligno, tumor y biopsia»).


En el tratamiento de la enfermedad («todo el día y toda la noche doliendo, como una aguja culebreándole por dentro») y la muerte («ya no tenía el ronquido ni la respiración rara. También la cara y los puños se le habían relajado. Me acordé que mi abuelo a eso le decía la mejoría de la muerte y se me metió el nudo en la garganta»), narradas con una crudeza que estremece, sin grietas por las que puedan colarse falsos sentimentalismos o ataques tardíos de fe redentora, que ayuden a sobrellevar el final, Morir es un color me ha recordado a La montaña mágica de Thomas Mann, aunque sin el fatalismo de ésta. 


A la originalidad de la novela contribuye el uso de un vocabulario rico (tagarnina, túrdigas, veneros, farota, tenguerengue, alifafe, esculcar, ardentías, hopo, tolva, anafe, alpendre, girocha, recarmón, morisqueta, zonzo), que me obligaba a detenerme una y otra vez para consultar el diccionario, adjetivos poco usuales («Lo que me habían puesto me tenía tonto y viscoelástico») y términos propios de las artes visuales («No me notaba el cuerpo ni la cara ni la ropa. Como si solo fuera contorno»).


En su discurso estético, al señor Marín no le faltan recursos para transfundir al lector el sentir de los personajes de la misma manera violenta y feroz que los inunda a ellos, sea la cólera más insoportable («La ira que se aguanta es un estertor que se ha quedado en la tráquea y que se lleva luego un tiempo subiendo y bajando en un remolino fangoso de indignación desquiciante»), la tristeza más profunda («Me senté en un butacón verde y me puse a llorar como una tormenta (…) La pesadumbre es como un vano en el aire. No se le puede administrar ninguna pomada ni aplicar ningún masaje. La congoja se te instala sin anunciarte su tamaño ni su caducidad») o el dolor más intenso («Apenas comía nada y el vómito solo era saliva espumada y bilis. Una extenuación de retablo barroco»).


Con Morir es un color, más que literatura, Mario Marín comisaria una exposición artística en la cual, la utilización del sonido, el olor, la luz, el color y la forma, dotan a su novela de una sobrecarga sensorial (placer y dolor) que amenaza con marear al lector sensible que se deje atrapar por tanta belleza. 


Porque a pesar de su dureza, o quizás precisamente por ella, Morir es un color (Ediciones del Viento) lo es. Una novela bella, me refiero. 


De una belleza onírica, perturbadora, apabullante. 


Por ello, siento una necesidad imperiosa de continuar disfrutando de Mario Marín, de dejarme aturdir por la febril riqueza cromática («porque te vas a morir, fijo, pero morirse en gris o en neutro es morirse peor») y el ímpetu de su prosa («luego, hasta que se quedó dormida, lo escabroso salió del almacén y se fue soldando a la colera que sentía»).


Mañana es el día siguiente, su anterior novela, ya me espera, me llama a gritos, desde mi rincón de lectura.


Si prestan atención a mis palabras, también escucharán esa llamada.


Con esta fotografía, yo pongo el lecho de agua y flores…


                              La Carmen de Mario Marín completa el cuadro de Everett Millais


viernes, 14 de enero de 2022

Alegría, de Miguel Ángel Carmona del Barco. Cómo romper el círculo de violencia

Almudena Natalías.

Cuando Fernando Marías, Luis Alberto de Cuenca, Paloma Sánchez-Garnica y Juan Manuel de Prada  otorgan un premio a una novela, poco más puedo añadir yo, simple mortal. Alegría, de Miguel Ángel Carmona, obtuvo el XXIV Premio de Novela Ciudad de Badajoz, novela que aborda una historia de ficción basada en cientos de realidades. 

Alegría es una joven fuerte y decidida a escapar de la falta de oxígeno que se respira en su casa. Su padre, ausente, y su madre, presente a ratos. Vive todo el tiempo con su hermano pequeño, que depende de ella, pero un episodio con él desata la necesidad de buscar una vida fuera de su casa. Está enamorada de Mario, un joven que ha sufrido el maltrato de su padre y que parece ser la salvación de Alegría. Sin embargo, como siempre ocurre en casos de violencia machista, Alegría no se da cuenta de que se está enredando en una tela de araña de la que va a ser muy difícil escapar. Ni siquiera es capaz de salir cuando nace su hija Soledad. 


En esta novela, Carmona logra que leyendo una historia tan dura, el lector conozca de primera mano cómo comienza una historia de malos tratos y cómo se desarrolla. Alegría nos cuenta en primera persona, de una manera aparentemente sencilla, como llega una chica inteligente y decidida a romper el círculo de violencia en el que pasa su infancia. Pero su nueva vida acaba formando el mismo círculo imperfecto en el que vivía su madre. 


Cuando vivimos en el eterno debate sobre las diferencias en la literatura escrita por mujeres y en la que escriben los hombres, Miguel Ángel Carmona logra entrar en la cabeza de una mujer víctima de violencia machista, sin juzgarla, sin culparla de no saber escapar de su infierno, de no detectar las señales que Mario le va dando, de no pararle los pies a tiempo, de sufrir malos tratos. Miguel Ángel Carmona se documentó entrevistando a once mujeres víctimas de malos tratos para, con todas esas vivencias tan terribles, narrar la historia de una mujer cuyos sueños acaban rotos. 

Necesitamos hombres que entiendan la indefensión de las mujeres maltratadas para que entre todos rompamos el círculo.

Nº de páginas: 328
Editorial: ALREVES
Idioma: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda
ISBN: 9788418584244
Año de edición: 2021
Plaza de edición: ES
Fecha de lanzamiento: 11/10/2021

viernes, 7 de enero de 2022

Catedrales, de Claudia Piñeiro. Una novela que todos debemos leer

Maya Velasco.

Catedrales
de Claudia Piñeiro, ganadora del Premio Dashiell Hammett, es la novela que más me ha
sorprendido en este año pasado.

Lía, ha huido de su vida y se ha refugiado en Santiago de Compostela. Huye de sus fantasmas, de su familia, del asesinato sin resolver desde hace treinta años, de su hermana Ana. Esta apareció descuartizada y quemada en un descampado sin que nadie logre averiguar cómo ni por qué.

Catedrales sí es una novela coral. Sus siete protagonistas, Lía, Mateo, Marcela, Elmer, Julián, Carmen y Alfredo nos narran una parte de la novela y de la historia, en orden ascendente de conocimiento hasta que nos cuentan toda la verdad. De esta forma la autora va retratando a través de sus hechos, de cómo los justifican, de cómo los cuentan, a sus personajes. Estos personajes tienen una gran complejidad, están trabajados. Por ejemplo, si comparamos al padre y a la madre de Ana, vemos que la segunda carece de peso en la historia, casi no sabemos nada de ella, mientras que Alfredo es uno de los pilares de la historia.

Claudia arremete sin piedad contra los tres pilares de nuestra Sociedad: La religión, la familia y la política.

La religión viene sustentada por cuatro personajes a cuál más hipócrita: la madre de Ana, su hermana Carmen, Julián y el padre Manuel. En ellos se retratan los católicos de golpe en pecho y de rosario que luego son gente malvada, egoísta, incapaces de mirar más allá de su propio ombligo. Quizás la peor sea Carmen dado que no solo se nos presenta como una pésima católica sino también como la peor de las hermanas.

Y aquí entra la familia, la familia que antepone su catolicismo a la comprensión y la ayuda a los hijos, una familia que, ante todo, teme que se resquebraje su honor y su buen nombre. Que los vecinos no vayan a hablar mal de nosotros¡ Una familia incapaz de crear un ambiente en el que una niña de 17 años, acorralada no pueda acudir a sus padres en busca de ayuda.

En cuanto a la política, la autora dirige su mirada su país, Argentina, poniendo de manifiesto las mentiras, los políticos que anteponen el voto antes que las necesidades de la gente que les vota. Y la gente que aprovecha los vacíos legales para lucrarse a costa de cualquiera y a cualquier precio.

No puedo comentar uno de los temas más importantes de la crítica social de esta novela, pues les destriparía toda la historia.

El caso es que la muerte de Ana, la falta de respuestas destroza definitivamente esta familia de clase media argentino, culta, católica, feliz: «La verdad que se nos niega duele hasta el último día» Ana, pobre, todos la abandonan, todos menos su amiga que, aun habiendo perdido la memoria, permanecerá fiel a ella a lo largo de los años.



Claudia Piñeiro nos reta duramente: cada uno debe decidir con su conciencia quién fue el culpable de la muerte de Ana. Y creo que todos y cada uno de los lectores, después de ciertas dudas, coincidirán en su dictamen.