viernes, 4 de diciembre de 2020

La noche del caimán, de Diego Ameixeiras. Una novela negra brillante y calculadamente frenética

Manu López Marañón

LA NOCHE DEL CAIMÁN. Diego Ameixeiras. Fondo de Cultura Económica (2020)

Diego Ameixeiras, autor de «La noche del caimán», nació en Lausana, Suiza, en 1971, pero se crió en Ourense. Escribe en gallego y con su primera novela traducida al castellano, «Dime algo sucio» (Pulp Books, 2010) –saludada con excelentes críticas–, consigue el Premio Especial del Director de la Semana Negra de Gijón. Desde entonces mantiene un nivel de producción constante dentro del cual podemos destacar: «Matarte lentamente» (2015), «Conduce rápido» –finalista del Premio Hammet 2017– y «La crueldad de abril» (2018), editadas todas por Akal. Traducido también al catalán, alemán e italiano, Ameixeiras es colaborador de La Voz de Galicia y ha probado en el género teatral: su pieza «O aniversario» (2016) tuvo una lectura dramatizada en Santiago de Compostela en la que participaron actores profesionales. «La noche del caimán» apareció primero con el título «A noite enriba». Cinco años después, y publicada por la editorial mejicana Fondo de Cultura Económica, llega (por obra de su mismo autor y una colaboradora) la versión al castellano.


David Goodis (1917-1967, Filadelfia, Pensilvania, USA) fue un escritor de novela negra al que se considera «de culto» porque, aunque le sobraba calidad, nunca tuvo la repercusión de un Chandler o un Hammett. En el capítulo 13 de la primera parte de su novela, Ameixeiras cuenta cómo Goodis pronto renunció a ser escritor de prestigio para convertirse en uno «de verdad». En 1933 toma la decisión de dejar Hollywood (una carrera prometedora, la popularidad, el glamur) para volver a casa de sus padres y cuidar de un hermano esquizofrénico. Sus mejores libros (el más conocido en España es «La senda tenebrosa» por su adaptación al cine, en 1947, con Humphrey Bogart y Lauren Bacall) hablan de la soledad y el fracaso. A pesar de vender más de un millón de ejemplares con «La chica de Cassidy» su autor acaba convirtiéndose en una persona complicada, enigmática, a la que nadie, ni su biógrafo (el francés Philippe Garnier, autor de «Le vie en noir et blanc») conoce a fondo. Traducido por Gallimard Goodis encandila a los existencialistas franceses porque «sus personajes siempre atienden a un principio moral y están dominados por un destino trágico sin perder nunca la dignidad». Ese fatalismo llama la atención de la nouvelle vague; así, la película de François Truffaut «Tirad sobre el pianista» (1956) es una adaptación de su novela «Shot the piano player». No por casualidad, un personaje de «Made in USA», Jean-Luc Godard (1966), se llama David Goodis.

La alargada sombra de Goodis planea sobre el protagonista de «La noche del caimán», –el escritor Ricardo Barros–, a quien hallamos peleando duro con una novela de 350.000 caracteres que no logra cuadrar. Lo que peor encuentra es su final, mediocre, repleto de adjetivos innecesarios e insípidos diálogos que abochornarían al maestro Goodis. Mientras, el editor –Antón Malvido– exige a Ricardo poner fecha de finalización a esa novela, que él considera interesante por no encontrar en ella cabida para aburrimientos ni pedanterías. Pero su autor (que calcula en unos meses lo que necesita para corregirla) no desea comprometerse. Malvido entonces se niega a darle un anticipo y le avisa que no recibirá un euro hasta que la obra esté en las librerías. Barros, con serios problemas para llegar a final de mes, sufre una gran contrariedad.

                                                          David Goodis (1917-1967)


El asimismo escritor Vicente Mallón (de novelitas de quiosco sin repercusión y firmadas con seudónimo –Vincent Malone–), que ya no publica porque «se le secó la fuente», sobrevive pergeñando al por mayor monografías de cualquier tema (en su aparición inicial lo encontramos ocupado con los indios: sioux, apaches, cheyennes…). Mientras atiende la congoja de Ricardo piensa que su amigo «está en esa clase de momentos en que ve alterada su capacidad para la conversación y sólo es capaz de debatir consigo mismo sobre el estado general de sus angustias». Cuando por fin se calla, Vicente aconseja a Ricardo que para acabar el libro viaje a Filadelfia, y que, una vez allí, pise con provecho esas mismas calles del autor al que tanto admira y sirve de modelo. También acaba por confesar Vicente cómo, para su gusto, la novela de Barros adolece de demasiados tiempos muertos: «tienes demasiada prisa por publicar algo que merece madurar más en tu cabeza».


En estos coloquios entre escritores, en capítulos como el 2 de la segunda parte (el 10 es igualmente sustancioso) donde, por ejemplo, Ricardo explica cómo la soledad extrema es una herramienta indispensable para acometer la escritura, o cómo su vida sólo alcanza su sentido último a través de la lógica de la ficción, o, incluso, desvelando a Vicente que en la conversación silenciosa con uno mismo habita una plenitud más extraordinaria que en la vida social; en diálogos de semejante enjundia yo encuentro lo más imperecedero del libro. Con las reflexiones de dos autores tan diferentes a la hora de crear «La noche del caimán» ha osado pisar los terrenos de la metaliteratura. La metaliteratura, resbaladiza temática esta a la que, cada vez más, se acogen narradores autodenominados «rompedores», un engrandecimiento que –en las más de las ocasiones– suele deberse a algún tornillo con exceso de lubricado que los hace derrapar. Puesto el punto final, estos virtuosos del ego envían, confiados, a las editoriales unos fárragos a años luz de su pretendida genialidad... que solo la disponibilidad económica de algunos hace que acaben… en la autoedición. 


La dilatada experiencia de Ameixeiras no sólo elude el peligro sino que enriquece el texto con la metaliteratura de marras, logrando de paso que entre, y por la puerta grande, en el género negro. Es la primera vez que encuentro semejante mixtura dando señas de identidad a una novela, si bien no extensa (111 páginas), sí con elipsis y profundos subtextos que exigen dedicar más tiempo a cavilar sobre lo leído que el invertido durante la lectura en sí.


Obsesionado con la escritura de Goodis Ricardo sigue comparándose con el maestro, desesperado por no alcanzar su nivel. Por otra parte Malvido encuentra ahora precipitado el desenlace, al que cree faltan 30 hojas: «algunas reacciones de los personajes son excesivamente mecánicas», alecciona al cariacontecido autor, «su psicología es muy limitada, no parecen estar vivos. Hay que provocar un giro inesperado en los acontecimientos». Luego, ya en su casa, tras tener sexo con su amiga Selma Varela (yonqui, veinteañera, atractiva, una femme fatale con rasgos bondadosos) Ricardo fantasea junto a ella cargarse al editor asestándole 30 puñaladas (una por cada hoja que falte). Esta relación dialéctica entre autor y editor me recuerda a la que mantenían director y productor en la película «Fellini, 8 ½» (donde Guido Anselmi se serenaba imaginando ahorcado a su despiadado productor).


Ricardo hace caso a Vicente y deja Ourense para viajar a Filadelfia y rematar allí su novela, que ha titulado «La muerte borrará tus ojos». Es una parte esta que exige participación, la activa intervención del lector para moverse con soltura entre realidad y ficción, apostando fuerte por una u otra, y siendo, en todo momento, consciente de la posibilidad de errar.

                               Humphrey Bogart y Lauren Bacall en «La senda tenebrosa».

Las desazones literarias de Ricardo, que no disminuyen en Filadelfia (todo lo contrario), esos sinsabores creativos –tan bien plasmados siempre por el escritor Ameixeiras– son acompañados ahora por una trama policíaca en la que intervienen expeditos traficantes de droga (Preston Stanfield y Chalky Williams), una detective de la Brigada de Homicidios del Departamento de Policía de Filadelfia (Florence Thompson), asesinos portorriqueños, la misma Selma de Ourense (a quien hallamos aquí convertida en activa bisexual que controla la ruta de los dealers que pasan heroína), taxistas sin paciencia a la hora de cobrarse, camareras negras de carnes desbordantes (como Lindsay, por la que tan atraído se siente Ricardo), pistolas Glock 17, tijeras afiladas, la policía científica e inacabables interrogatorios policiales... A la vez que estas crónicas –plagadas de referencias cinéfilas y de novela negra clásica– se despliegan ante nuestros atónitos ojos, en paralelo, Ricardo Barros batalla encarnizadamente con su texto. Sigue lejísimos de estar conforme… bien que, como declara la camarera Lindsay: «trabaja día y noche sin parar. Es lo único que parece dar sentido a su vida»... 

Policía de Filadelfia.


El capítulo 17 –último de la tercera parte, también de la novela– sirve para que Diego Ameixeiras resuelva su intriga a la manera norteamericana, cerrando sin fisuras un doble crimen, para, poco después, sorprendernos más con el inesperado destino de Ricardo Barros y su obra, en inglés «Death will erase your eyes». Con todo esto Diego perfila un negrísimo texto que me atrevo a definir como brillante y calculadamente frenético. Han pasado dos días desde que lo terminé. Aún estoy dándole vueltas.


El escritor y sus fantasmas ensamblados a una investigación criminal en Pensilvania. Condensado y arriesgado salto sin red. «La noche del caimán» es una novela diferente que me tiene hechizado. Ya me dirán.

ENTREVISTA CON DIEGO AMEIXEIRAS


Resulta original y diferenciador que hayas introducido aleccionadoras reflexiones sobre el proceso de escritura en una historia policíaca que tiene su desarrollo y desenlace en Filadelfia. Un mal ensamblaje podría haber generado historias inconexas, libros paralelos, pero te has ocupado bien de que haya retroalimentación y unidad.

Es la primera vez que encuentro una fusión entre metaliteratura y noir. 

¿Cómo has llegado a ella?

Quería jugar con el género y homenajear a algunos nombres de la época dorada de la novela negra, en especial a David Goodis. Todo ello sirviéndome de un escritor que pretende darle forma a su gran novela y atraviesa un montón de padecimientos. La escribí como una especie de divertimento y, aunque es una historia bastante oscura y desesperanzada, creo que ese componente lúdico está presente en la historia.


¿Tuviste algún precedente que sirviera de punto de partida?

Rubem Fonseca, por ejemplo, es fascinante. Recuerdo el impactó que me causó el juego de referencias que establece con Isaak Bábel en «Vastas emoções e pensamentos imperfeitos», que es portentoso. 


¿Ha sido complicado coronar este reto literario que abre nuevas puertas a un género tan exhausto, sobre todo en España, como es el negro?

Escribir una novela siempre supone esfuerzo y concentración, pero fue divertido trabajar en ella, pese a que es una historia en la que no brilla demasiado la luz. Utilizar a un escritor como protagonista me ahorró mucha documentación porque es un oficio cuya psicología conozco de primera mano. Creo que me ayudó bastante no marcarme como punto de partida una pretensión metaliteraria que podría inclinarlo todo hacia la pedantería. Simplemente, quería hablar de un escritor y sus fantasmas a través del olvidado David Goodis.


Tus novelas, y «La noche del caimán» no es excepción, suelen tener extensión de novela corta, pero a ningún crítico se le ocurriría definir así tu última obra. De ella yo he salido con sensaciones, por intensidad y viveza, de haber acabado un tocho de por lo menos 500 hojas.

¿Te ha llevado trabajo condensar, de manera que el proceso no parezca artificioso ni menos aún resultado de la pereza, las tramas de «La noche del caimán»?

Siempre hay razones para pulir y recortar los textos al máximo. Es algo que forma parte del proceso de escritura. Me sale de un modo natural, no es algo forzado. Pero es posible que, en ese sentido, algún día me lleve la contraria. Hay que rebelarse también contra uno mismo.


Dada la indudable pegada de ambas historias, ¿tuviste la tentación de darles más páginas para su desarrollo?

Mi idea inicial era escribir una novela breve en la que confluyesen varias tramas y todo estuviese condensado al máximo posible. Si me hubiese alargado más allá de las cien páginas creo que se perdería cierto espíritu tenso que hay en el texto. Me gustan esas películas de serie B, por ejemplo, que lo cuentan todo en setenta minutos, rápido, al grano. Y con finales abruptos.


Esta novela, ¿es más fruto de una capacidad de síntesis que solo se logra tras escribir durante años, o, más bien, procede de una inacabable serie de correcciones?

Corrijo mucho y creo que soy bastante lento escribiendo. Hay días en los que salen varias páginas casi por arte de magia y otros en los que no hay manera de sacarse un párrafo de encima. Lo mejor, me parece, es cuando no ocurre ni lo uno ni lo otro y consigues un cierto equilibrio: trabajar a favor de la historia.


Hablemos de David Goodis, autor norteamericano y figura tutelar de Ricardo Barros, tu protagonista. Había oído hablar de Goodis, elogiosamente, a tu colega Paco Gómez Escribano, que cuenta cómo descubrió algunas obras suyas en mercados de segunda mano (parece que si vas a una librería preguntando por el bueno de David te ponen la misma cara que cuando algún desubicado solicita mi novela). Vamos, que como no sea por un golpe de fortuna en los puestos de libros de alguna plaza Nueva (como las de Ourense o Bilbao), las posibilidades de conocer a este gran escritor son casi nulas. Y así nos va…

¿Cómo entras en contacto con David Goodis? 

A través de la ediciones de Versal y de la colección «Black» de Plaza & Janés que dirigía el gran Xavier Coma. Antes de internet, en las librerías de segunda mano de cualquier ciudad que visitaba. Lamentablemente, la mayoría de sus novelas están descatalogadas en castellano. Y viendo por primera vez en televisión, supongo que en aquellas noches del Cine Club de La 2, «La senda tenebrosa», la adaptación de la novela que dirigió Delmer Daves. Más tarde, cuando ya lo había leído bastante, llegué a «Vidas difíciles», el ensayo de James Sallis que habla también de Himes y Thompson.


¿Te parece un escritor tan bueno e influyente como han podido ser para el género Raymond Chandler, Jim Thompson o James M. Cain?

No es tan conocido y creo que no ha tenido tantos seguidores, quizás porque no encaja en cierto estereotipo del noir más duro y violento. Pero es una suposición mía, seguro que equivocada, porque no soy ningún especialista en la historia de género. Me atrajo mucho su poética de la fragilidad y la derrota. Su manera de observar a los perdedores, a los últimos en todo, a los que se agarran a su última oportunidad.


Goodis tiene una bibliografía bastante amplia, solo una pequeña parte ha sido citada en nuestra reseña. 

En el caso de que un lector pudiera tener al alcance la totalidad de su obra, ¿qué novela elegirías para él como más representativa de su mundo narrativo?

Me vienen a la cabeza «La calle de los perdidos» o «Fuego en la carne», por ejemplo. Pero tendría que releerlo a fondo para poder quedarme con una. Más que una novela, destacaría algunas de sus descripciones, llenas de brillo poético. Y su capacidad para crear atmósferas. Como curiosidad, estaría bien poder leer en castellano «Retreat from Oblivion», una novela que escribió con poco más de veinte años y en la que cuenta, entre otras cosas, la historia de un brigadista que combate contra el fascismo en la Guerra Civil.


¿Puedes nombrar ahora escritores de género negro, y de otros géneros, que te influyan a la hora de escribir no solo esta última novela? ¿Serían los mismos con los que disfrutas a un nivel puramente lector?

Cité antes a Rubem Fonseca, que juega en una liga superior, pero podría seguir con Bill Ballinger o Charles Williams, por citar a dos estupendos coetáneos de Goodis a los que volví mientras escribía la novela. 


¿Te pasa como a Ricardo Barros con David Goodis? ¿Tendrás un escritor de cabecera que te sirva a la vez de modelo y guía?

No llego hasta ese punto de obsesión, por suerte. Sería poco saludable. Es mejor repartir la admiración entre varios.


En uno de sus diálogos Ricardo y Vicente hablan sobre escritores que nunca pisaron el territorio sobre el que novelan, y ponen como ejemplo de semejante abstención al inglés James Hadley Chase. Ricardo Barros acepta el consejo de su amigo y se traslada a Filadelfia para intentar concluir una novela que se le resiste de manera contumaz. 

¿Eres partidario de la exploración sobre el terreno para mejor ambientar las tramas?


Sí, claro. Aunque con la imaginación se va a todas partes, bajar a la calle ayuda mucho. Y algunas cosas tienes que verlas o vivirlas.


¿Qué crees que aporta a una narración esa ambientación sobre lo visto frente a otra que opte por inventársela? 

Una visión más profunda, supongo. No es fundamental, pero creo que la experiencia directa ayuda a darle un brillo especial a lo que cuentas. Aunque es cierto que siempre acabas hablando de lo mismo: el amor, el paso del tiempo, la amistad, la muerte. Y de esas cosas todos sabemos bastante. Nadie se libra de estar sobreviviendo a una gran herida.


A Ricardo en Filadelfia las cosas no se le arreglan: el mismo grado de complicación que ya tenía en Ourense para concluir su obra lo encuentra, y amplificado, en las calles de la ciudad más poblada de Pensilvania...

¿Qué supone Filadelfia para «La noche del caimán»?

Porque es la ciudad de David Goodis el viaje de la novela tenía que acabar allí. El protagonista quiere acercarse a la verdad más íntima del novelista que admira, y solo puede encontrarla en las calles que pisó.


Ricardo Barros ejemplifica bien al escritor que sufre durante el proceso creativo. Vicente sin embargo, quizás por la escasa envergadura de sus novelitas, disfruta incluso facturando anodinas monografías. Supongo, me corriges si no es así, que escribiendo «La noche del caimán» tu disfrute, si lo hubo, no debió ser grande. La condensación argumental, sus subtextos, la mentalidad problemática del protagonista, así como el posterior frenesí al que conduces a la novela debieron crearte, además de dificultades técnicas, un agobio considerable... 

¿Estoy en lo cierto? ¿Es la novela de mayor complejidad técnica que hayas publicado?

Es un puzle con saltos en el tiempo que pide una lectura atenta. Ojalá que los lectores tengan esa paciencia con el juego que quise plantear. Creo que al final todo encaja y que la historia me pedía una escritura en pequeños fragmentos, aparentemente inconexos, pero unidos por una especie de bruma que despejamos al final.


El personaje femenino más importante (con permiso de la detective Florence Thompson, muy eficaz pero más de una pieza), Selma Varela, es desconcertante de principio a fin. La presentas, en la primera página de tu novela, metiéndose un pico de heroína y su deambular, tanto en Ourense como en Filadelfia, resulta extraño, fantasmagórico. Amiga de Vicente y amante de Ricardo resulta bondadosa y hasta sumisa con ambos escritores con lo que se rompe bastante su trazo de femme fatale.

¿Puedes contar cómo creas a Selma y la importancia que das a este personaje dentro de las tramas que conforman «La noche del caimán» y en las que participa de importante manera? 

Supongo que haber escrito una novela en la que el protagonista es un escritor maduro y atormentado, en plena crisis, que es seducido por una jovencita peligrosa, debería ser una buena razón para retirarme el saludo. Pero el juego con el tópico y el lugar común puede ser muy divertido si se consigue darle una vuelta y buscas la complicidad con el lector a través de lo que ya se ha contado mil veces. Cuando te pones a ver «Foxy Brown», por ejemplo, tu predisposición no es la misma que cuando ves «Sacrificio». Selma es una especie de femme fatale del giallo italiano, culta y viciosa, entre la inocencia y la crueldad más absoluta, siempre al borde del precipicio. Y además le gusta Patricia Highsmith. Hay que quererla.


No quiero terminar esta entrevista sin preguntarte por proyectos futuros. 

¿Estás escribiendo algo nuevo?

Estoy en ello, aunque todavía no sé muy bien hacia dónde me llevará. 


¿Vas a insistir en esta original mezcla entre metaliteratura y novela negra o tu próxima obra transitará por distintos senderos?

La metaliteratura, si puedo llamarla así, se acaba con «La noche del caimán». Pero soy muy mitómano, así que no descarto que en algún momento pueda repetir algún juego semejante.



                                                                    Diego Ameixeiras

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