viernes, 23 de octubre de 2020

La vida mentirosa de los adultos, de Elena Ferrante. Mentiras y relaciones humanas

Maya Velasco.

 La vida mentirosa de los adultos me ha devuelto una vez más al mundo literario de Elena Ferrante.

Elena Ferrante es cuanto menos una escritora controvertida, primero por su deseo de mantener su identidad en el anonimato y segundo porque muchos lectores la clasifican de escritora de segunda. Sin embargo, después de su clamoroso éxito en Italia, sus libros se han vendido en todo el mundo consiguiendo multitud de seguidores. A día de hoy, es casi seguro que la autora es la propia Anita Raja

Pero aparte de este. misterio que es secundario a la hora de leer sus obras, he de decir que su Saga de las Dos amigas me fascinó y la leí de un tirón. Ahora nos sorprende con su nuevo éxito, La vida mentirosa de los adultos. Es la historia del paso de la niñez a la vida adulta que además de la transformación física, se verá acelerada por el descubrimiento de que nada es lo que parecía. Los adultos mienten, y tras esas mentiras se esconden secretos nunca revelados que Giovanna irá descubriendo y que irán modelando su carácter. El descubrimiento de un mundo ajeno a su infancia, el descubrimiento del sexo.

“Dos años antes de irse de casa, mi padre me dijo a mi madre que yo era muy fea”. Esta frase desencadena toda una búsqueda de la propia identidad, de la historia de sus padres, de su familia, de todos los que le rodean. Y sobre todo de la tía Vittoria, personaje increíblemente rico por todas sus ramificaciones.

Los personajes son fascinantes, desde los padres de Giovanna, hasta sus amigas, el entorno de la tía Vittoria que de pronto se convertirá en su centro gravitatorio, desplazando a sus padres, que hasta entonces fueron todo para ella. Todos están perfectamente definidos por su forma de actuar, por sus reacciones, por sus discursos.

Transcurre en Nápoles, mostrándonos como en otras obras, las zonas más castigadas por la pobreza, aunque en este caso se narra en primera persona desde el punto de vista de la burguesía de los años 90. La vida culta, estructurada, medida de la familia de Giovanna, explota hecha pedazos por la irrupción de la otra realidad.

Al igual que en sus otras novelas, La vida mentirosa de los adultos nos atrae por su lenguaje directo y la profundidad de los que nos cuenta. La característica principal de Elena Ferrate es que no nos relata hechos, sino que nos habla de las relaciones humanas y sus consecuencias, siendo las más importantes la relación madre-hija y la sentimental, el amor o el desamor, según venga. La autora no juzga estas relaciones ni la forma de actuar de sus personajes, simplemente nos presenta la vida como es. Y más importante quizás, cómo van cambiando estos personajes y estas relaciones a lo largo de su historia.

“Quizá en ese momento en alguna parte de mi cuerpo algo se rompió, quizá debería situar ahí el fin de la infancia”

Nº de páginas: 368
Editorial: LUMEN
Idioma: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda
ISBN: 9788426408341
Año de edición: 2020
Traductor: CELIA FILIPETTO ISICATO

viernes, 16 de octubre de 2020

EQUINOCCIO. Jimena Tierra. Grupo Tierra Trivium (2018)

 

Manu López Marañón

Jimena Tierra (Madrid, 1979) es licenciada en Derecho por la UAM con postgrado en Asesoría


Financiera. Aunque «Equinoccio» sea su primera novela desde hace un tiempo escribe, y con éxito, relatos y poesía. Así, por su narración corta «Escombros» gana el concurso de Ediciones Saldubia en 2014 y su relato «No fue un verano cualquiera» es galardonado en el certamen Don Manuel de Moralzarzal de 2017. Su segunda novela, «Cambio de rasante», que incluye a personajes de «Equinoccio», ahonda sobre los avances de la ciencia y denuncia las desigualdades sociales del mundo en que vivimos. Jimena Tierra es una de las coordinadoras de Grupo Tierra Trivium, emprendedora editorial que aporta novedosos enfoques al tradicional, y un poco anquilosado, proceso de publicación.


Cualquier introducción de «Equinoccio», novela que se desarrolla durante los primeros meses de 2014, debe adelantar que combina una investigación criminal (la del detective Anastasio Rojo, a la búsqueda del asesino de su hija) con un thriller en el que interviene una secta cuyo satánico líder practica torturas, mutilaciones –e incluso asesinatos de inocentes– destinadas como ofrendas para el príncipe de las tinieblas. Tales barbaridades conducen a un camino de purificación para alcanzar un estadio superior de conciencia que desemboca en una «santidad» bastante macabra, la verdad sea dicha. Los protagonistas aquí son Eduardo Yuste, un estudiante apocado, opositor a judicatura, y, especialmente, Amadeo Figueroa: hombre corpulento de espesa barba al que un rastro de profanaciones y desapariciones lo acompaña adónde va, y que lidera este grupo juvenil encarnando una malignidad sin fisuras. 

Amadeo Figueroa: perversidad en estado puro.

Rescatando la célebre frase de Hitchcock acerca de que cuanto más conseguido esté el malo mejor resultará la película, de Figueroa destaca su inagotable insidia: lo más logrado de esta novela. «Todos deseamos que triunfe el criminal», dejó escrito De Quincey, «porque el criminal, incluso en su versión más despolitizada y cínica, enfrenta la ley, se enfrenta con los procedimientos brutales del Estado»… En el caso del líder de esta secta lo cierto es que cuesta empatizar con él, pero su aquilatada infamia consigue que prenda en el lector un magnetismo similar al que despierta en sus devotos adeptos.

 Quincey y Hitchcock: el irresistible encanto de la maldad.

El ex sacerdote Figueroa, atrapado en un pasado de humillaciones, se ha convertido en un sedicioso dominado por su vanidad extrema y despiadada   («El orgullo fue el elemento que llevó a Lucifer a rebelarse contra Dios y rechazar su autoridad y prioridad como creador», Ezequiel 28:12-19). Su severidad es tal que no titubea a la hora de atormentar delante de todos a su propia hija, Yurena, una integrante más del grupo. Con su eterna sed de venganza hacia la Iglesia católica Amadeo Figueroa –apodado «Seth»– alimenta el laberinto trastornado y fantasioso de su afilada mente, a lo que colabora esos atracones de lectura esotérica y satánica que se pega. Sus expertos conocimientos han convertido a su persona en «representante de la Iglesia de Satán en Madrid». El viejo sueño de Seth de crear una sociedad secreta o secta pararreligiosa está ya materializado al comienzo de «Equinoccio», cuando descubrimos a varios discípulos suyos envileciendo blasfemamente cementerios y capillas.


Eduardo, opositor que desde su ventana controla a una chica que a diario aguarda al bus, se decide a hablarla. Verónica resulta ser «una mujer siempre enferma, apática y siniestra hasta el punto de llegar a contagiar su pesimismo al que tenga al lado». Pero de su mano Eduardo conoce a la pelirroja Carlota (Charly), toda una sacerdotisa satánica y experta bruja por la que se siente irremediablemente atraído. Tras acostarse con ella y seducido por sus malas artes empieza a asistir a reuniones de la secta. Abducido por la carismática personalidad del líder, Eduardo ingiere drogas alucinógenas y participa en orgías. En una dura batalla interna que pugna entre quedarse (por la pasión sexual que siente hacia Charly y la amistad que comparte con Verónica) y las ganas de salirse del grupo (ante los desatinos de Seth, capaz incluso de merendarse a un bebé), el opositor, con apoyos desde dentro de Verónica y de la propia hija de Amadeo, inicia los pasos para dejar ese tinglado diabólico en el que se ha dejado meter, y hasta el fondo, por su debilidad y concupiscencia. 

Anastasio Rojo, detective privado con licencia, es el otro gran personaje de «Equinoccio». Tras cinco años en el dique seco, deprimido por el asesinato de su colaboradora –su hija Sonia–, recibe a Juan José Mendoza (eminencia de la bioquímica y el cáncer) que le ruega investigue el suicidio de su hijo. Israel, un veinteañero asocial, adicto a la marihuana, se arrojó desde un undécimo piso hace varios meses. Rojo averigua qué hizo, con quién andaba y qué lo motivo a tirarse en una canónica trama policial hasta que los argumentos de la novela, el detectivesco y el satánico, se fusionan –capítulo 16 del libro primero– al reconocer Rojo, en la casa de Amadeo Figueroa, una foto grupal en la que junto a Seth posa el joven Israel Mendoza.


Aunque Jimena Tierra entrecruce con acierto ambas tramas sosteniendo su interés hasta el desenlace, no olvidamos cómo los altibajos son prerrogativa de casi cualquier novela (frente a la tensión sostenida y continuamente exacerbada del cuento o el poema). En «Equinoccio» –para quien esto escribe– la inevitable imperfección pudo haberse fácilmente minimizado al venir dada por un exceso de documentación, satánica sobre todo. Y es que encuentro sobreabundancia de actos vandálicos, robos, tráfico de obleas consagradas, biblias satánicas, esoterismos, manuales de ocultismo, ofrendas a Lucifer, profanaciones, misas negras y orgías, descrito con gran lujo de detalles. Esta apuesta porque nada falte induce a pensar que la autora desestimó hacer una criba con vistas a que «Equinoccio» ganara en ligereza lectora. Por ejemplo Ira Levin en su novela «La semilla del diablo», e incluso el no pocas veces excesivo Roman Polansky en la adaptación al cine, manejaron la tentadora escenografía satánica con un rigurosísimo criterio de selección.

Sectas diabólicas en el cine.

Un punto a favor de «Equinoccio» es saber crear opresivas atmósferas. Al grupo gusta celebrar sus reuniones (como pasaba en «Los sin nombre», la novela de Ramsey Campbell) en edificios abandonados: sanatorios para tuberculosos; psiquiátricos; casonas como la de Cangas de Onís…, emplazamientos, en fin, sobre los que las fuerzas sobrenaturales (muchas veces convocadas a golpe de Ouija) parecen más propicias a aparecer y que logran en ellos ese adecuado clima de terror psicológico inspirado en los relatos góticos. Cuando la novela se desarrolla en Madrid Jimena Tierra actualiza los escenarios y presenta una ciudad suburbial, de centros comerciales; una urbe asfixiante, de ajetreos y extraños, que aumenta la ansiedad. Pero la autora no es de las que dan más importancia a los escenarios que a la acción y esto, en una obra de grueso tamaño, siempre es de agradecer.


La tortura psicológica ejercida por Amadeo Figueroa sobre Eduardo y Verónica (quien, desequilibrada por el satanismo, se debate entre la ilusión y la desesperanza, desgajándose lentamente del mundo) impide a estos jóvenes casi discernir ya entre la realidad y los ensueños de sus alienadas mentes, algo que, potenciado por la ingesta de drogas, va peligrosamente in crescendo.


El 30 de abril –cumpleaños de Lucifer– se celebra la Noche de Walpurgis: en esa propicia oscuridad espectros, duendes y espíritus se presentan para llevar a cabo las más espeluznantes francachelas. El grupo de Amadeo Figueroa pretende hacer coincidir la onomástica con el definitivo pacto de Eduardo con Satán. Por su parte Anastasio Rojo, conocedor de cómo Israel formaba parte del Grupo de Seth, esconde varias cámaras por la iglesia del Sordo, lugar previsto para la diabólica alianza. Este doliente padre pero efectivo detective vive obsesionado con desenmascarar y detener al malvado Seth (motivos muy personales no le faltan…). Durante esta inminente Walpurgisnacht, sobre la que todos los personajes han puesto –en un mayor o menor grado– sus expectativas, tendrá lugar un deux ex machina de los que hacen época.


En «Equinoccio» predominan las sombras ante cualquier luz de esperanza. La autora nos sirve una descorazonadora historia sobre el ser humano y su incomprensible fascinación por la violencia más brutal. A Amadeo Figueroa lo domina la hybris, esa arrogancia de quien desafía a los dioses y encuentra su propia ruina. A ese tipo de personalidad perturbada y narcisista no la destruyen agentes externos: es de adentro de donde provienen los embates más fuertes contra ella. «Amadeo ha conseguido hacernos salir de la ignorancia con su sabiduría sobre la vida y la muerte», explica Carlota a Eduardo, sentando cátedra: «él conoce los límites de la realidad y lo que hay más allá de nosotros mismos». Lograr que sus adeptos se traguen sandeces de este calibre es el mayor logro de estas mentes nacidas para dominar y exterminar, y Jimena Tierra lo refleja con indudable acierto.


ENTREVISTA CON JIMENA TIERRA:


Tu novela combina investigación detectivesca con thriller satánico, curiosa mezcla en el desgastado noir ibérico. Dinos Jimena: ¿cómo surge la idea de «Equinoccio»?

Estaba estudiando la carrera de Derecho cuando leí la noticia de que en Tenerife la policía había frustrado un intento de suicidio de más de 30 personas. Aquello me sorprendió.


¿Con cuál de las dos tramas arrancas y, narrativamente hablando, cuál te lleva mayores esfuerzos? 

La trama del adolescente que se introduce en la secta es dura, mucho más que la del detective. La investigación que llevé a cabo para reproducirla me quitó el sueño en varias ocasiones.


¿Entrecruzar las tramas te originó muchos quebraderos de cabeza?

Ninguno. Sabía lo que quería escribir desde el primer momento. Para generar una atmósfera de tensión al lector era fundamental introducirle en ambos ambientes y ligar el hilo conductor en el momento justo.


Al comienzo de tu libro avisas de cómo está inspirado en hechos reales, de que «todas las referencias e invocaciones que se mencionan han sido extraídas de diversos manuales ocultistas y religiosos». La verdad, leyendo aterradoras páginas de «Equinoccio», cuesta aceptar que en todo momento te hayas limitado a registrar sucesos acreditados. A mí, y creo que a ninguno de tus lectores, no nos molestaría que desvelaras si en tu novela hay algo –o bastante– de recreación, de legítima exageración: al fin y al cabo distorsionar la realidad para llevarla a su terreno es algo innato para cualquier escritor. Sincérate para el Terrario: ¿Hasta qué punto se ajustan a lo real tus misas negras, las profanaciones y, sobre todo, esas espeluznantes ofrendas?

Absolutamente todo está documentado. De hecho, en mi investigación tuve que filtrar mucha información para que al lector le llegara en forma de trama narrativa. Analicé movimientos de diferentes grupos, tanto en Sudamérica como en Europa, y fruto de esos operativos es la secta que presento y que unifica muchos de los rituales estudiados.


Que la documentación que manejas esté empleada con hiperrealismo brutal (en no pocas ocasiones parece que estemos ante una película de Michael Haneke, «Funny Games» por ejemplo) otorga una de sus principales señas de identidad a «Equinoccio». Habrá lectores con la sensibilidad a flor de piel que tengan problemas para continuar la lectura. A este crítico, que está hecho ya a todo, le ha resultado fuerte conocer desde sus entrañas, y con aplastante lujo de detalles, las barbaridades que se pueden cometer en una secta satánica. ¿Cómo llegas a este tipo de documentación sensible y, supongo, no fácil de conseguir? 

Difícil, cruel, absolutamente diferente a cuanto estamos acostumbrados. Internet es una fuente abierta en todos los sentidos. Escuché y leí autobiografías, reuní noticias de la hemeroteca, hablé con sacerdotes… resido a pocos kilómetros del hospital abandonado de La Barranca donde, curiosamente, se realizan ritos satánicos. Esta semana ha sido noticia que un grupo de jóvenes ha ido a pasar la noche allí y uno de ellos, de 29 años, ha caído al vacío y está con un traumatismo craneoencefálico. Se están investigando los hechos.


¿Te resultó complicado hacerte con los manuales de esoterismo y ocultismo que muestras o adquirir incluso esa biblia satánica que detallas?

No especialmente. Desde niña he sentido fascinación por lo oculto. En la universidad leía el tarot mientras los compañeros jugaban al mus en la cafetería, y se me daba bastante bien. La Biblia Satánica no obra en mi poder.


¿Aportaron datos para la construcción de «Equinoccio» novelas y películas que hayan abordado antes el tema de las sectas? 

En realidad… no. No me he inspirado en ninguna película concreta (que yo recuerde).


La gran baza de «Equinoccio» son sus protagonistas varones: Amadeo Figueroa, Anastasio Rojo y Eduardo Yuste. Creo que Figueroa es uno de los malos más pulidos que haya encontrado en la literatura española y quiero felicitarte por dar vida a un sujeto tan lleno de conocimiento y rebeldía, una rebeldía canalizada para hacer el mayor daño tanto a la sociedad como a los propios miembros de su secta. ¿Cómo prende en tu clarividente cerebro de abogada semejante monstruo al margen de toda ley? 

Esa es la clave. No era capaz de comprender cómo una persona podía incitar a suicidarse a treinta, sin ningún tipo de coacción, únicamente usando su carisma como arma de fuego. Después de aquella noticia hice un seguimiento exhaustivo respecto a lo que publicaba la prensa. Resultaba tan sorprendente como fascinante.


¿En algún momento lo pasaste mal desarrollando a Figueroa? ¿Sería tu creación favorita de «Equinoccio»? 

Figueroa es un personaje, en cierto modo, estereotipado. Siempre lo he imaginado culto pero no repelente, atractivo pero no guapo, convincente pero no categórico. A ello se le junta una infancia marcada por un mal uso de la religión, algo habitual en el desarrollo de este tipo de conductas. Me costó trabajo profundizar en él dado mi conocimiento frugal del terreno.


Respecto al abúlico Anastasio Rojo decir que, partiendo de unos estereotipos de detective privado, crece a lo largo de la novela y termina convirtiéndose en un hombre de acción fundamental a la hora de perseguir a Figueroa. Similar proceso se da en el opositor Eduardo, un joven bastante parado al comienzo y al que das un potente impulso convirtiéndolo en alguien audaz que cobra importante protagonismo en el desenlace. ¿A Anastasio y Eduardo los creas como previsto contrapunto a la maldad ilimitada de Amadeo, o, por el contrario, tenían un desarrollo autónomo hasta que las tramas se entrecruzan? 

Buscaba paralelismos. Pretendía escribir algo que entretuviese pero que informase. Para mí era fundamental plantear los diferentes puntos de vista de los implicados y, en cierto modo, el terror que somete a cada uno de ellos estando tanto dentro, como fuera.


Mujeres como Verónica y Carlota tienen su enjundia en «Equinoccio». ¿Qué puedes decir de ambas chicas, tan diferentes pese a ser miembros de una misma secta y estar sometidas a idénticos tormentos?

La mujer es un elemento clave como símbolo de fertilidad en cualquier tribu. Con independencia del machismo o el feminismo. Era crucial aportar diferentes perspectivas de un mismo problema para mantener la objetividad del lector.


En tu novela más reciente, «Cambio de rasante», participan Verónica y Anastasio. ¿Tiene esa obra puntos de contacto con «Equinoccio»? 

Se trata de una nueva investigación, absolutamente diferente, pero con personajes que tienen una relación más profunda dado su pasado.


¿Qué puedes adelantarnos de ella? 

«Cambio de Rasante» plantea al lector dudas sobre las limitaciones de la exploración científica.


¿Estaremos ante el inicio de una saga? ¿Cuáles son tus planes literarios para el futuro?

No estoy segura. Imagino que si vuelvo a enfrentarme a la escritura presentaré a estos nuevos personajes, es algo que me gustaría, pero no tengo claro el formato que los daré. En la actualidad estoy sumida en el texto de un nuevo libro de no ficción que verá la luz en mayo de 2021.


Por último, contéstame a una curiosidad. No estropeo nada si desvelo que la Walpurgisnacht tiene su importancia en esta primera novela tuya… Jimena, ¿no crees que titularla precisamente así, La Noche de Walpurgis, hubiera sido más indicado, y hubiera dado más fuerza al libro que llamándolo «Equnioccio»?

Creo que La noche de Walpurgis es demasiado conocida y se ha usado en varias ocasiones. La palabra Equinoccio, precisamente, no le lleva al lector directamente a la maldad, sino que da lugar a diferentes interpretaciones.

                                                                        Jimena Tierra


viernes, 9 de octubre de 2020

El mar de Octubre, de Francisco Silvera. Fotografías negras del otoño

Almudena Natalías.

El otoño es la estación más complicada. Entre el verano y el invierno vamos navegando entre los


excesos de agosto y el encierro de noviembre. Los colores se matizan, los días, poco a poco se acortan, y las ausencias se hacen más patentes. Con El mar de octubre, de Francisco Silvera, vamos a reconocer en cada uno de los capítulos de la novela, el ritmo del otoño.

El mar de octubre comienza con una muerte en el mar, así, sin anestesia. El mar y la espuma son cómplices de ella. El lector ya sabe a qué atenerse.

Los capítulos de El mar de octubre son contos. Cada uno de ellos es un poema negro con las palabras exactas. Alguno de ellos, narrados en primera persona, muestran los pensamientos más ocultos de personajes solos, agotados, sin esperanza, fracasados. Traficantes, yonkis, padres, policías, todos comparten lo mismo, la sensación de que la vida ha perdido su sentido y que hay que dejarse caer, como las hojas de los árboles en otoño. Y el mar de octubre de fondo.

Algunos de los relatos son muy cortos, en ellos cada una de las palabras es necesaria, no sobra nada pero tampoco falta nada. Son disparos que van creando un mapa más amplio.

Algunos de ellos están narrados en primera persona, son reflexiones del protagonista que nos introducen en un mundo casi caótico pero que forman parte del mapa del que hablábamos antes. Otros están narrados en tercera persona, pero no por un narrador ajeno al personaje, nos da los datos precisos para que construyamos una perfecta fotografía de todo lo que ocurre, sin florituras pero sin omisiones.



“El sonido del océano entra y sale del agua, como un dardo que atravesara capas de fluido sin dejar de avanzar.”

Francisco Silvera, en El mar de otoño, escribe poemas en prosa, poemas negros, poemas que llegan al lector provocando olores, sonidos, colores, visiones, y sensaciones ásperas. Otra novela imprescindible de la Serie negra de la editorial Akal. Leedlo.

Serie: Negra
Idioma: Castellano
EAN: 9788446048602ISBN978-84-460-4860-2
Fecha publicación: 22-06-2020
Páginas: 128
Ancho: 14 cm
Alto: 21,5 cm
Formato: Rústica


viernes, 2 de octubre de 2020

Pedro Aranda, autor de El ruido que nos separa, habla con nosotros

 El ruido que nos separa, la primera novela de Pedro Aranda, es una novela que nos ha sorprendido a


nosotros y al jurado del premio Icue de novela negra ya que ha sido finalista este año en Cartagena Negra.

Hoy vamos a conocer un poco más al autor.

Buenos días, Pedro. Has escrito una novela redonda. Una novela en la que aparecen muchos personajes que forman parte de una misma historia sin que ellos lo sepan. ¿Qué intención tenías al escribirla?

Lo primero de todo, muchas gracias por tu apreciación. La intención básicamente era una: Entretener al lector. Me parece que contar una única historia e ir desarrollándola a lo largo de trescientas páginas es algo que ya se ha hecho muchas veces. Ya se ha matado de todas las formas posibles. Cualquier tipo de asesino ya está escrito. También nos han contado ya todas las maneras de enamorarse y descrito las reacciones de los protagonistas. Y yo quería alejarme de ahí. Escribir una novela fragmentada, de personajes que se van cruzando conforme van avanzando historias aparentemente desconectadas, no es para nada algo original, pero sí que es menos frecuente. También es cierto que exige más concentración al lector, más memoria, pero, por otro lado, yo creo que agradece que los capítulos no se le hagan eternos y mantengan la intensidad de principio a fin sin tener que acabar leyéndolos en diagonal. Hay gente que ha leído el libro que me dice que tiene ese toque a películas de Guy Ritchie, o a Babel, a Crash, etc. Mientras sean esas y no otras, yo bien contento que estoy con las comparaciones. 

En cuanto al comentario final de tu pregunta sobre personajes que forman parte de una misma historia sin que lo sepan, efectivamente, es el efecto que quería conseguir. Pero no hay nada especial en ello. Es la vida misma. Por no irnos muy lejos en el tiempo, vámonos al día del certamen de Cartagena Negra. Allí nos reunimos los cuatro finalistas, los miembros del jurado, los cámaras de televisión, periodistas, público, políticos, etc. Y la novela, por hacer la extensión a este momento, no se centraría solo en los actos que ocurrieron ese día, sino que profundizaría en los días previos de cada uno de los que nos juntamos allí. Y mi propósito era que el lector (o vidente, en este caso, a través de la televisión) conociera la vida de cada uno de ellos antes de ver en directo la gala -por llamarlo de alguna manera-. Y que se fijara en la persona que más le hubiera llamado la atención, que no tiene por qué ser ninguno de los cuatro escritores que estuvimos charlando en la mesa redonda. Podría ser perfectamente la chica de pelo corto sentada en la segunda fila.


El ambiente trágico de El ruido que nos separa es claro, aunque hay pequeños destellos de esperanza. ¿Tu propia visión de la vida coincide con el de la novela? 

Mucho me temo que sí. Hace poco, con motivo de la nominación del certamen, nos entrevistaron a los finalistas y nos preguntaban si el Covid era el gran villano del año. Y yo contesté que prefería pensar en otros términos, como el baby boom que se ha observado en este tiempo entre elefantes a los pies del Kilimanjaro. Y la gente me decía que les parecía raro que, precisamente yo, hubiera dado la respuesta más positiva de todas, que viera el vaso medio lleno. Y yo les dije que no, que yo el vaso lo sigo viendo medio vacío, pero que prefiero fijarme en la señal de pintalabios y no en el vino. Y son esas pequeñas cosas a las que presto atención sin las cuales la vida sería completamente insoportable, como dice la canción.

Si me permites, voy a seguir tratando de contestarte contándote con una pequeña historia que me ocurrió hace un par de veranos. Me encontraba en la playa leyendo un libro que había cogido esa tarde de la biblioteca, cuando se cayó un trozo de papel que había dentro. En el papel aparecía una ecuación matemática complicadísima, llena de X e Y, que luego, quien la había escrito, había terminado tachando tantos números y despejando tantas incógnitas, que al final la ecuación no parecía la misma. Había una chica a mi lado ocupando un trozo de mi toalla a la que vi despertarse y girarse hacia mí, mirándome un poco desorientada. Y cuando logró ubicarse me preguntó, vete tú a saber por qué, si nos comprábamos un barco. A mí me sorprendió bastante la pregunta porque la había conocido la noche anterior, y le respondí que yo no tenía dinero para un barco. Ella me miró como si se hubiera confundido de persona y me dijo algo que todavía no he olvidado y que me pregunto cuándo lo haré. Me dijo: “Prométeme una cosa, prométemela de verdad. Prométeme que la harás”. Pero antes de que me diera tiempo a responderle, vi que se había quedado dormida otra vez. Aparté un poco los auriculares que llevaba para que no se le clavaran en el costado y volví a mirar el papel. Le di la vuelta y salía una antigua dirección de hotmail. Metí la hoja más o menos donde estaba en el libro y seguí leyendo por donde me había quedado. Y ponía: 

"Cariño, desconéctame, si crees que es lo mejor".

 Creo que esa historia, que es real, de alguna manera responde a tu pregunta.


Uno de los personajes de la novela, el Sr. Primavera, parece que ha conectado mucho con el público. ¿Tienes pensado algo para él en el futuro?

Se trata de un personaje cargado de referencias cinematográficas. Lo escribí pensando en el papel de Mel Gibson en Conspiración, pero también de Sentencia -en El bueno, el feo y el malo-, e incluso Jacob -de Perdidos, que es esa figura misteriosa que de alguna manera ordena y da sentido a la trama-. Y su historia es también muy atractiva: un adolescente americano al que agentes del gobierno secuestran para someterle a distintos experimentos mentales secretos haciendo creer a su familia que ha muerto. Y luego va él manipulando a gente con un determinado propósito. Cuando fui desarrollando su papel me di cuenta de que tenía un potencial tremendo para escribir un spin-off sobre él, y escribí un borrador del mismo que ahora mismo tengo abandonado. Es una historia puramente negra y esa es precisamente la razón por la que he decidido dejarla aparcada un tiempo. Me apetece más escribir otras cosas en estos momentos. Tengo miedo a repetirme y que ese spin-off no esté tan alejado de El ruido que nos separa, al menos en cuanto a la voz. Por eso prefiero volver a él más adelante. También te digo que si lo escribo como lo tengo en mente, tendré que autopublicarlo. No creo que haya editorial en este país tan valiente como para publicar eso.


Muchos te comparan con los clásicos de la novela negra. ¿Cuáles son tus referentes?

¡Por favor! ¿Quién ha dicho eso? Es amigo, ¿verdad? En cualquier caso, respondiendo a tu pregunta te diré que empecé leyendo mucho a Jim Thompson y Barry Gifford. Pero también veo trazas de novela negra en los primeros libros de Richard Ford, como La última oportunidad o Un trozo de mi corazón o en La mancha humana de Philip Roth. Y, por supuesto, en Edward Bunker. Aun así, creo que ahora mismo un tipo ha adelantado a todos ellos por la derecha: Donald Ray Pollock es una fiesta para amantes del género negro. 

Y ¿cómo crees que está el panorama literario actual en España? 

Me parece que hay autores muy interesantes y libros realmente buenos en las tiendas. Por citarte algunos, se me vienen a la cabeza Ray Loriga, Manuel Jabois, Javier Sierra, Jerónimo Tristante, Mikel Santiago, Sergio del Molino, Luis García Montero…, aunque si te soy sincero, solo de un par de ellos me considero seguidor realmente. Del resto he ido leyendo libros puntualmente y si te los he nombrado aquí es porque me han gustado especialmente. Espero tener tiempo de seguir profundizando en ellos más adelante y tener una visión más global de sus obra. 

Pero también es cierto que luego ves cada libro por ahí de gente que nos bombardean continuamente en medios que te da ganas de llamar al teléfono de la esperanza. A ver, que nadie me malinterprete, si yo fuera el director de la sección cultural de un medio de comunicación haría todo lo posible por publicar una reseña o una entrevista de un señor, no sé, de pelo largo y rizado que sube todos los días fotos en las que se ve un brazo lleno de pulseritas con miles de likes y que luego va cantando no sé qué de una mujer de verde que de alguien que no saben ni en su edificio que ha publicado una novela. Y esto aplica del mismo modo al caso de las editoriales. No nos olvidemos que son empresas. Si yo fuera el CEO de una editorial haría exactamente lo mismo que hacen ellos: evaluar el riesgo. Y el riesgo, cuando eres famoso, tiende a cero, de ahí que a cualquier músico o presentador de televisión nunca le falte una editorial grande con la que publicar. Ojo, que no me quejo, eh. Piensa que están poniendo un dineral que no saben si van a recuperar o no. Y con esta gente, el retorno de la inversión es inmediato. Otra cosa es que cuestionemos la calidad de las obras que, como digo, normalmente las más populares no son muy buenas, o al menos, a mí, no me lo parecen, pero ahí ya entramos en el terreno de lo subjetivo y es muy opinable. Seguro que hay alguien en algún lugar del mundo que prefiere a Leticia Sabater antes que a Salinger.  

Por otro lado, y para completar mi respuesta, yo veo el mundo literario un tanto endogámico, en el sentido de que son siempre los mismos escritores los que salen en los medios de comunicación, pero es que, además, se citan continuamente entre ellos, sin dejar espacio a nadie más. Es como cuando Fernando Redondo sacaba los codos y no había manera de robarle la pelota. A veces me da la sensación de que las propias editoriales de esos autores son las que pagan a los medios para que aparezcan. Y que aplica eso de “tanto pagas, tanto sales”. 

A ver, no te digo que me des un trozo de la tarta, pero joder, ofréceme el lacasito. 




¿Crees que de la pandemia saldrá un mundo más amable, como sostienen muchos, o crees que nos haremos más cínicos? ¿Habrá una literatura post-covid? 

¡Qué difícil que es la primera pregunta! ¡Y qué fácil la segunda! Voy a empezar por el final. Por supuestísimo que sí. Que no te quepa duda. A los escritores de novelas de zombies les ha tocado la lotería con el coronavirus. Lo que no tengo tan claro es dónde deberían ubicar el origen de sus historias, si en un mercado de comida cruda o en un laboratorio de armas biológicas.   

En cuanto a la primera pregunta, a la vista está que menos “amable” yo usaría cualquier otro adjetivo que encontraras en el diccionario. De esta vamos a salir infinitamente más divididos que antes. Los medios de comunicación se han convertido en fanzines. Ahora si quieres enterarte de la actualidad, lo mejor es leer la prensa deportiva porque tienen una sección de noticias donde te cuentan cómo está el mundo. Te metes en Twitter y es lo más parecido al odio que existe. Ves las sesiones de control del gobierno de los miércoles y te lo pasas mejor que cuando veíamos las películas de Agárralo como puedas, de pequeños. Cuando todo esto termine, no sé si dentro de un año, de dos o de diez, al final nos recuperaremos del golpe económico y saldremos adelante, como ha pasado siempre. Poco a poco nos olvidaremos de lo que se han ido y la sociedad irá recuperando su vieja normalidad. Solo que eso que hemos oído siempre de que ni los buenos eran tan buenos, ni los malos eran tan malos, cuando todo esto pase, en España (y solo en España), los buenos serán más buenos. Y los malos serán más malos.


Qué planes literarios tienes. ¿El confinamiento te ha bloqueado como nos ha pasado a muchos o has podido aprovechar para escribir? ¿Habrá ponto una novela tuya en el mercado?

Mira, esa pregunta me la hacen siempre y hasta hace bien poco decía que no sabía muy bien cuáles eran mis planes a corto plazo. Escribir un libro, sobre todo el primero, que no tienes experiencia en el mundo editorial, desgasta mucho. A eso, se le suma que, gracias a Dios, el libro ha funcionado realmente bien y ha sido un año intenso de promoción, por lo que no me había planteado hasta la fecha nada que no fuera seguir centrado en El ruido que nos separa. No quería que me pasara como a ese actor de El resplandor, que se tira toda la película corriendo, atravesando kilómetros y kilómetros de nieve, para llegar a la casa y justo cuando lo hace le clavan un hachazo. Yo tenía todo el rato esa sensación cuando me preguntaban por mi próximo libro nada más empezar la promoción de éste. ¡Qué menos que me dejéis sentarme cinco minutos en el sofá! Por otro lado, y muy a mi pesar, mucho me temo que no soy tan productivo como otros escritores que conozco que en este mismo tiempo dicen que han escrito otras tres novelas. No sé. No quiero escribir libros como churros, ni sagas, ni nada por el estilo. Creo que tengo más mentalidad de músico en ese sentido que de escritor, siendo que no sé ni tocar la flauta. Pero me parece que sacar un disco o un libro cada dos o tres años es la frecuencia correcta. Y no necesariamente todos los discos tienen que seguir el mismo estilo. La gente cambia. Los gustos cambian. Las influencias también. He escrito novela negra porque me apetecía entonces y ahora me apetece ya otra cosa. No quiero decir que rechace este género, ni mucho menos. Es lo que decía en una pregunta anterior. Sé que acabaré volviendo en algún momento a él y al Señor Primavera, pero mi mente ahora está ya en otro lado. Y ese otro lado está más cerca de Carver que de Chandler. 

Pero poco más te puedo contar sobre el nuevo libro. Solo que empezaré a escribirlo a comienzos de 2021, que la historia me parece que es muy potente y que ya tiene título.

 

Y que nada me gustaría más que estuvieses ahí para leerlo.