viernes, 18 de junio de 2021

Impacto, de Olivier Norek. Un eco thriller post-pandémico

 La pandemia todavía no ha terminado, estamos en ello, pero ya se empiezan a publicar libros que se
desarrollan en un mundo post-covid. Uno de ellos es Impacto (Plataforma Editorial, 2021), de Oliver Norek autor que ya conocemos por Entre dos mundos, novela que reseñé con entusiasmo. Impacto es una apuesta por crear un thriller distinto en el que la defensa del planeta tiene un papel muy importante.

Olivier Norek es un policía francés en excedencia que en sus novelas aborda algunos de los temas más espinosos de la sociedad contemporánea. Si en Entre dos mundos hablaba sin tapujos de la crisis migratoria, en Impacto plantea el tema del cambio climático y cómo los intereses económicos de un puñado de empresas nos llevan inexorablemente a la destrucción. 

Virgil Solal ex policía con experiencia antiterrorista, decide pasarse al otro bando y crear un grupo ecologista llamado Green War que va a intentar que los poderes políticos y económicos cambien radicalmente de postura ante el inminente cambio climático y ante la destrucción irremediable del planeta.

Para ello secuestra a un importante directivo de una de las empresas que contribuyen al deterioro del planeta y amenaza públicamente con matarlo si no le pagan un sustancioso rescate que les será devuelto cuando reviertan sus prácticas contaminantes. La opinión pública pronto apoyará a este grupo y las calles se llenarán de manifestantes a favor de Green War. 

El personaje principal de Impacto es Virgil. En un principio el lector piensa que Nathan Modis el brillante policía que negocia con él y Diane Meyer, la psiquiatra que le ayudará a crear el perfil del secuestrador, van a llevar el peso de la historia. Pero se produce un cambio. El propio lector empatizará con el terrorista y los demás personajes se desdibujarán. Virgil Solal se convertirá en el centro del mundo.

Impacto tiene todas las características del thriller. Es una novela con un ritmo muy rápido, los giros de guion se suceden a lo largo de toda la trama, el tema que se trata toca de cerca a todos los que se acercan a la novela, los traumas del pasado de los personajes tienen importancia en el momento actual. Pero, sin embargo, En Impacto, los lectores que empiezan empatizando con la policía, pronto se pone del lado del terrorista. Sus reivindicaciones son mucho más lógicas que el sistema que intenta atraparlo y quiere que Solal llegue hasta el final.

Pero hasta que os leáis el libro no descubriréis si Virgil llevará a cabo sus amenazas. Tenéis que leerlo.

Nº de páginas: 296
Editorial: PLATAFORMA
Idioma: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda
ISBN: 9788418582417
Año de edición: 2021
Fecha de lanzamiento: 05/05/2021


viernes, 11 de junio de 2021

La muerte en un naipe, de Jimena Tierra. Un asesino que quería ser un héroe

Almudena Natalías.


La editorial Al revés empezó a publicar en 2018 la colección Sin ficción, dirigida por Marta Robles. En SalamandraNegra.com nos hemos hecho eco de varias de ellas, porque somos muy aficionados al llamado True Crime que trata, desde el punto de vista de personas relacionadas con el delito narrado, los crímenes más conocidos en España. Cazaré al monstruo por ti, de Manu Marlasca, Desmontando el crimen perfecto de Maika Navarro, Los ratones de dios, de Luis Rendueles, han sido reseñadas ya en el blog. 

En esta ocasión voy a hablaros de La muerte en un naipe en la que Jimena Tierra nos relata, de manera totalmente objetiva, los crímenes y la investigación que se realizó para capturar a un asesino que atemorizó a la Comunidad de Madrid en los años 2000. 

Alfredo Galán Sotillo, el Asesino de la Baraja, quería ser un héroe y para eso se alistó en las Fuerzas Armadas. Primero fue enviado a Bosnia con los cascos azules. Cuándo se encontró realizando tareas humanitarias empezó a darse cuenta de que el ejército no era lo que él pensaba. Al regresar a España tampoco encontró las misión que lo convertiría en un héroe. Fue enviado  a limpiar el chapapote que llegaba a las costas gallegas cuando ocurrió el desastre del Prestige y, en un arranque de ira, abandonó el ejército. 

Lo siguiente que sabemos de él es el crimen de la portería de la calle Alonso Cano. Galán Sotillo asesinó al conserje en el domicilio de éste, junto a su hijo de dos años. Los investigadores creen en principio que se trata un ajuste de cuentas. El asesino ha actuado como un profesional y no se ha llevado nada de la casa. Apenas 11 días después, en la Alameda de Osuna de Madrid, un trabajador del aeropuerto es asesinado en una parada de autobús, en la escena del crimen aparece un naipe. Durante el día siguiente Galán Sotillo se traslada a Alcalá de Henares y en un bar asesina a dos personas y deja herida grave a la dueña del negocio. La policía no vincula los tres sucesos. El 7 de marzo, en la localidad de Tres Cantos, dos jóvenes son disparados por Galán que se va sin acabar el trabajo. Antes de irse arroja el 2 de copas. A partir de ahí la policía empieza a buscar al Asesino de la Baraja, ya tiene nombre. El 18 de marzo conduce hacia Arganda del Rey hasta encontrar a una pareja en un descampado. Los dispara a ambos y lanza el 3 y 4 de copas. La histeria en Madrid es total. La policía no sabe dónde buscar, sólo sabe que los crímenes están todos relacionados por el arma, una Tokarev, que Galán trajo de Bosnia. El 3 de julio Galán Sotillo se presenta totalmente borracho en la comisaría de Puertollano reconociendo la autoría de los crímenes. En esta comisaría se produce una escena que sería cómica si no hubiera víctimas detrás.


—Me he entregado aquí, porque estaba aquí, en Puertollano... Pero yo soy el Asesino de la Baraja. Asesinaba a la gente porque era fácil, y podía haber seguido matando hasta que quisiera parar. De hecho, me he entregado porque estaba cansado de la ineficacia policial. 

Jimena Tierra, de manera totalmente aséptica, va desgranando los crímenes y la investigación que llevó a Alfredo galán a la cárcel. En La muerte en un naipe se mezclan citas del propio asesino con fragmentos de la investigación que se realizó y fragmentos del juicio. Jimena Tierra se convierte así en una cirujana que, con pulso firme, disecciona la historia de este asesino en serie. Quizás se echa en falta algo de sentimiento, pero como la gran documentalista que Jimena es, entiendo que lo que busca es la total objetividad. 

Lo que sí que deja claro la autora es la total frialdad del asesino, su falta de empatía y la ausencia de escrúpulos de un tipo que lo único que quiere es cometer una hazaña que, para él es gloriosa pero que para el resto de la humanidad es repugnante. 

No dejéis de leer La muerte en un naipe si recordáis el año en el que toda España buscaba al Asesino de la Baraja. Si no lo recordáis, inevitablemente tenéis que leerla.

Nº de páginas: 230
Editorial: ALREVES
Idioma: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda
ISBN: 9788417847982
Año de edición: 2021
Plaza de edición: ES
Fecha de lanzamiento: 07/04/2021




 


viernes, 4 de junio de 2021

El reino, de Jo Nesbo. Una tragedia que es un thriller sangriento

 

Maya Velasco.

El reino, la última novela de Jo Nesbo es para mí, sin duda la mejor. Y esto es mucho decir cuando todo el que me conozca sabe que estoy irremediablemente enamorada de Harry Hole. O de Harry Hole y Jo Nesbo, porque para mi son la misma persona.

Una historia con reminiscencias de la bíblica de Caín y Abel. Una familia con dos hijos que vive en lo alto de una montaña, en una población pequeña de Noruega. La familia Opgard, en apariencia feliz, pero en la que desde el principio se intuyen dramas ocultos en el fondo del armario

Los padres mueren en un accidente de coche y el hermano menor, Carl, parte a estudiar a Estados unidos. Roy, el más tímido, el mayor, queda cuidando la granja y las tierras además de trabajar en una gasolinera. A los quince años, Carl vuelve con Shannon, arquitecta, culta, atractiva, para ofrecer a toda la comunidad el negocio de sus vidas: un hotel en las montañas. Y aquí se desata el pandemónium.

Como ya hemos visto en las obras de Nesbo que no forman parte de la saga de Hole, se narra en primera persona, es Roy quien nos cuenta todo lo que pasa, a veces ocultando y a veces descubriendo. Los personajes de El reino muestran la madurez narrativa de Nesbo: son personajes completos.

Roy es el hermano mayor que siempre ha sacado de todos los apuros a Carl. Se ha peleado con medio pueblo por él, le ha cuidado, le ha dado dinero, le ha querido sin límites. Es un hombre solitario, casi antipático para el resto de la comunidad y de pronto, vuelve Carl, el hijo pródigo, el simpático, el guapo, el exitoso, aquel del que se enamoran todas las chicas y Roy se ve obligado a retomar su papel de protector: “La familia es lo primero. Para bien y para mal. Por delante del resto de la humanidad”. Y esa es la tragedia de Roy.

Porque El reino termina siendo una auténtica tragedia, un thriller sangriento. Nesbo huye una vez más de las grandes ciudades para desarrollar esta tragedia en una comunidad pequeña, llena de secretos odios, secretas venganzas, un pasado secreto que sigue latiendo a cada instante. Nada se olvida. Todo sigue presente, sobre todo el empeño del policía, Kurt Olsen, que, desde que desapareció su padre, no para de buscar la verdad sobre los sucesos del pasado. Claro, que tendrá que ocuparse también de los del presente.

Nesbo construye como nadie un ambiente cargado de nubes y de tormentas, físicas y psíquicas, un ambiente opresivo que ahoga a los personajes en cada rincón, curvas que conducen a la muerte, luces de freno que nunca se apagan, hielo que resbala, frío que cala hasta el alma.

En El reino encontramos el mismo fondo de todas las novelas de Nesbo: la tragedia humana de la lucha entre el bien y el mal. Personas que sufren, que toman una decisión, acertada o no, que tendrá consecuencias para todos. En este caso, la trama estrella es la familia, sus virtudes e inconvenientes, los secretos que duelen para siempre, la lealtad a cualquier precio, incluso si nos hace daño. Porque Roy desde pequeño, tiene que cargar con una mochila muy, muy pesada. Sufre por ser el menos querido por sus padres, por sus vecinos, por las mujeres.

Para mí, esta es sin duda la mejor novela de Jo Nesbo. Compleja, adictiva, con personajes bien construidos, potentes, excelentes diálogos, excelente trama. Qué más decir.

Nº de páginas: 624
Editorial: RESERVOIR BOOKS
Idioma: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda
ISBN: 9788418052033
Año de edición: 2021
Plaza de edición: ES
Fecha de lanzamiento: 06/05/2021

viernes, 28 de mayo de 2021

Panza de burro, de Andrea Abreu. Un cuento para adultos protagonizado por dos niñas

 Almudena Natalías


La expresión Panza de burro  denomina a un fenómeno meteorológico que ocurre en el norte de casi todas las Islas Canarias que consiste en una acumulación de nubes bajas que en los meses de verano actúan como pantalla solar y que dan una sensación fresca. Pero Panza de burro (Barrett, 2020) es también la primera novela de Andrea Abreu, una novela que se ha convertido en el fenómeno editorial del año, y con razón.

En Panza de burro se desarrollan unos años en la vida de dos niñas de 10 u 11 años en un barrio de Tenerife que queda lejos de mar. En este barrio, la protagonista y su admirada amiga Isora despiertan juntas a la adolescencia, a la sexualidad, a la amistad y al dolor. La protagonista siente una profunda adoración por su amiga Isora. Ella vive todo a través de esta amistad, es feliz cuando su amiga lo es, siente dolor cuando Isolda está triste, es débil cuando Isolda se ríe de ella…

Para que leyerais Panza de burro podría hablaros del lenguaje de esta historia, de la musicalidad, del ritmo de las frases, de que hay fragmentos que leerlos en alto es como recitar una poesía, que la forma de narrar recuerda la literatura oral latinoamericana, pero lo único de lo que voy a hablar es de la forma de narrar la amistad de dos niñas cuyo único objetivo es llegar al mar.


En los años 2000 en un barrio obrero de canarias viven dos niñas que son amigas. La protagonista tiene a Isora como su único referente, es más, como el centro de su universo. Cuando crecemos dejamos de mirar dentro de la familia y queremos parecernos a nuestra mejor amiga. Eso es lo que le pasa a esta niña. Isora lo sabe porque, aparentemente, es más fuerte y mucho más segura de sí misma, pero algo pasa y la protagonista empieza a ver el mundo desde otra óptica. Ya se hace sus propias preguntas y los papeles empiezan a cambiar.

"Por lo general a todo el mundo le gustaba más Isora que yo: porque era más alpispa, más echadita palante, tenía más sangre y más labia. Sabía cómo hablar con la gente vieja y con la joven también, y yo no."

La historia es un cuento para adultos protagonizado casi exclusivamente por mujeres, las niñas y sus abuelas, en el que la naturaleza forma parte de la historia. El bosque, las nubes, el mar y la isla, la naturaleza es un personaje más.



Andrea Abreu, con su primera novela, ha conseguido escribir un libro original, una historia que te hace pensar, un relato que combina momentos muy duros con otros que te hacen sonreír pero lo hace con la cadencia del mar, casi sin que nos demos cuenta. No podéis dejar de leer Panza de burro.



viernes, 21 de mayo de 2021

Los buenos hijos, de Rosa Ribas. Literatura con mayúsculas

Manu López Marañón.


Rosa Ribas nació en 1963 en El Prat de Llobregat (Barcelona). Tras estudiar Filología Hispánica en la Universidad de Barcelona y doctorarse, se trasladó a Alemania. Allí ha desarrollado una intensa labor como docente y autora. Su comisaria Waber-Tejedor ha protagonizado una saga de éxito pronto traducida al alemán. En colaboración con Sabine Hofmann, Rosa Ribas pone a andar a la reportera Ana Martí, que soluciona casos en la España de los años cincuenta: una negrísima trilogía que arranca en 2007 con «Don de lenguas» y cierra «Azul marino». Siguiendo en la órbita del género negro esta autora ha creado a los Hernández, una familia de detectives de Sant Andreu dedicada a investigaciones de todo tipo. El primer título de la nueva trilogía fue «Un asunto demasiado familiar» (Tusquets, 2019) a la que sigue esta «Los buenos hijos» que hoy presentamos en SalamandraNegra.com

Voy a ser polémico. Novelistas como James Cain, Dashiell Hammett y Raymond Chandler, cumbres de la novela policiaca norteamericana, a mí no me parecen grandes escritores. A ver: ¿cómo serlo, si ellos representan la forma extrema de un repudio consciente –o inconsciente– de la literatura? De entrada está su intensa necesidad de tirar el lenguaje por la borda; en sus novelas abunda el insulto, la obscenidad verbal, el uso abusivo del slang: manifestaciones de maltrato a la palabra en cuanto esta tiene de alusión al pensamiento y el sentimiento. Asistimos a un proceso de deliberada degradación del lenguaje, y, si bien es cierto que no pueden suprimirlo, este queda reducido al máximo. Es lo primero que siento con tales autores de culto.

Lo paradójico es que este lenguaje tan rebajado se venga de los Hammett y compañía porque hay momentos donde lo narrado está tan logrado como pura acción que se deshumaniza en un exceso de verismo similar al de las peleas cinematográficas (que son el colmo de lo ilusorio). Con estos escritores la novela llega a un punto extremo. Buscando eliminar intermediarios verbales sirve hechos puros; pero es que no hay hechos puros. Entre lo que sucede y los lectores debe existir un mínimo de lenguaje y aquí apenas hallo el necesario para que «lo novelístico» pueda desarrollarse y no resulte incomprensible (que es lo que la mayoría de las veces ocurre). ¿Por qué el escritor negro norteamericano se niega a describir? Porque eso, evidentemente, daría ventaja al lenguaje y ellos buscan justo lo contrario: usarlo en dosis ínfimas. No sé a vosotros pero a mí esta manera de tratar una historia me resulta irreal, difícil de seguir. Creo no estar a la altura.

No conforme con lo apuntado, estos autores rehúsan a emplear las conquistas de la novela psicológica. Escogen una trama novelesca digamos «de piel para afuera». Los personajes de un Hammett no piensan verbalmente: actúan. En sus libros en vano busco la menor reflexión, el más primario pensamiento, la más leve anotación de un gesto interior, de un móvil. Encuentro asombroso que muchas novelas suyas (también las de Chandler) estén escritas en primera persona, la persona confidencial por excelencia.

Esta novelística pretende coexistir con su lector en un grado que antes, ciertamente, jamás se había intentado. Por fría e impenetrable me aleja del misterio que debe encerrar cualquier forma de literatura entendida como arte. Si las obras de estos norteamericanos resultaron originales fue porque en ellas los detectives se enfrentaban a sus criminales con iguales armas: la mentira, la traición y la violencia. Que la novela policiaca bajara de las alturas estéticas a la que la había llevado Conan Doyle para situarse, desde entonces, en un plano de turbia y directa humanidad fue una benéfica consecuencia para el género. Leídas hoy, esas endebles narraciones tienen en ese descenso al duro y sucio suelo su más perdurable logro.


 

                                                   La primera parte de la saga familiar de los Hernández.


Por resultar casi lo contrario a esas insuficiencias que detecto en los creadores de novela policíaca norteamericana (y en muchísimo mayor grado sobre su infinita legión de miméticos seguidores por cualquier parte del ancho mundo), hace un par de años disfrutamos enormemente con «Un asunto demasiado familiar» inicio de la nueva trilogía de Rosa Ribas que continúa, sin desfallecer en contundencia narrativa, con las historias de «Los buenos hijos». Acontecen estas durante el invierno de 2017, año del masivo atropello en las Ramblas.

La autora vuelve a emplearse a fondo para trabajar la psicología de los Hernández. Al principio sobre los más perfilados durante aquella primera parte: el pater familias Mateo, arrojado fundador de la agencia Hernández detectives, y Lola, la madre alcohólica aquejada por demencias periódicas, dueña de un afilado instinto para detectar la maldad. Sobre Mateo Hernández se dice:

«Las novelas y las películas dicen que los detectives no deben casarse y, aún menos, tener hijos porque se ablandan. No era cierto, su familia, su afán por cuidar de ella habían canalizado el salvajismo de su juventud, lo había hecho sólido, quizás duro. Los que ablandaban el cuerpo y el espíritu eran los años y los achaques».

Pero Rosa Ribas enseguida va a profundizar en los tres hijos del matrimonio: Marc, malcasado, acomplejado, bebedor en exceso, buscando reivindicarse desde las brillantes –y arriesgadas– soluciones de sus casos; Nora, la hija mayor, viuda reciente (se culpa de la muerte de su marido) y enciclopedia viviente de la familia Hernández, quien, tras retornar al hogar hace un mes después de mucho tiempo sin dar señales de vida, oculta a padres y hermano dónde ha estado. El secreto solo lo comparte con Amalia, la otra hija de la familia que se ha ido ya a vivir con Daniel Ayala (fiel colaborador en esos trabajos «bajo mano» que le permiten al padre pagar los sueldos a sus hijos). Amalia se siente al margen de las otras mujeres de la familia (su madre, la tía Claudia, Nora…). Ella no es tan «rara» como las Obiols. Su análisis, más cerebral, permite observaciones de esta enjundia a la omnisciente narradora:


«En su casa nada iba a cambiar; era ella la que tenía que hacerlo. Sus padres eran un planeta autónomo, que se podía visitar pero no colonizar. No es deber de los hijos cambiar a los padres, es un esfuerzo inútil que atenta contra la naturaleza».


De estos retratos no quedan fuera secundarios de peso como la tía Claudia, gata humana siempre al cuidado de las flores de ese jardín donde vive, u otros ayudantes de la entera confianza de Mateo: su ex compañero de instituto, el gitano Heredia, o Arsenio, ese armario humano que nos recuerda a Maciste.

En «Los buenos hijos» tenemos un collage de casos «menores» que van turnándose durante los capítulos (infidelidades, despido de incompetentes, traiciones a socios de empresa, desapariciones…), y que resultan, para cualquier agencia detectivesca, su pan nuestro de cada día. Con ellos casi como excusa, Rosa Ribas se centra en lo que parece motivarle más: la vida de esta familia de Sant Andreu, una familia de clase media casi arquetípica, pero con aspiraciones y desvelos especiales. Así, los esmerados cuidados farmacéuticos con su mujer (que la evitan de ingresar en un psiquiátrico) o sus empeños hacia los hijos (más centrados sobre la conflictiva Nora) resaltan el lado paterno del mandamás de la agencia. No solo la inevitable competitividad entre jóvenes a la hora de sacar adelante los casos asignados, también el trato hogareño, producto de la jerarquía, y la relación de cada hermano con sus padres conforman las variopintas personalidades de estos tres hijos buenos.

Sumando deseos y motivaciones (de progenitores y retoños) Ribas nos enseña cómo lograr que unos personajes ficticios crezcan y maduren. En todos sin excepción encontramos –bien removidos– sentimientos, complejos de culpa, impotencias, resquemores, angustias… Gracias a esta mezcla tan real que caracteriza a cotidianeidad de la vida se respira verdad, humanidad. Estamos ante seres de carne y hueso, no ante monigotes de guiñol (y no miro a nadie...)

Tanto las investigaciones que tienen como escenarios al propio barrio de Sant Andreu y a los colindantes de Las Navas y La Sagrera, como las que requieren desplazamientos a Barcelona (desde el Guinardó hasta la rambla santa Mónica –donde bandas organizadas de camellos pelean por su demarcación–), vienen bien escenificadas gracias al lenguaje empleado. Su capacidad evocadora a la hora de captar ambientes y los diversos matices del habla son transpuestos, a la perfección, por el finísimo oído de Rosa Ribas, quien, residiendo en Frankfurt, parece tener siempre a mano su ciudad natal. La novelista de El Prat describe gustándose y para presentar las situaciones usa a conveniencia los paisajes urbanos, huyendo de esa escritura sintética que demanda el guion.

El suicidio de una adolescente de catorce años (presentado en la página 86 con la llegada de sus atribulados padres a la agencia) acaba por convertirse en prioritario para «Los buenos hijos»: es el caso que requerirá la intervención de la familia al completo y de todos sus colaboradores. Las arriesgadas pesquisas de una red de prostitución de menores acarrean una situación dramática haciendo que la novela pegue un formidable giro en su tercera parte. Los Hernández se apiñan entonces para coordinarse de forma urgente y expedita.

Hemos entrado de lleno en los terrenos de la acción. Pero una acción siempre «de piel para adentro». Al contrario de los autores citados, en esta novela de Rosa Ribas a la violencia la acompañan reflexiones graves de padres e hijos sobre su presente y pasado; también surgen debates morales (sobre todo por parte de Nora) a la hora de dilucidar si actúan bien o mal… Y es que, por mucho que los sentimientos negativos aniden en lo más íntimo, estamos ante seres humanos, no ante frías y descerebradas máquinas de disparar balas. La novela rompe el ritmo sosegado, gracias al cual se nos ponía al tanto de complicados problemas familiares y, desde ese momento tremendo que genera el profundo corte –cualquier lector se electrizará–, alcanza una sinuosa rapidez para barajar soluciones que necesitan mucha habilidad y fuerza bruta.

El empleo de la tercera persona permite saltar capítulo a capítulo entre tantos personajes, y más todavía desde el instante en que llega esa hora trascendental (no solo para la familia, también para la agencia) en que se reparten peliagudos cometidos entre miembros y colaboradores. Está mucho en juego. Todos lo saben. Nadie puede fallar.

Con «Los buenos hijos» Rosa Ribas vuelve a sacar brillo a un género casi exhausto. Y usando las armas que tantos autores policiacos han decidido desechar, ellos sabrán porqué (sospechamos que por una asumida carencia de talento): primero, la capacidad psicológica para construir a sus personajes (personas habría que decir aquí) y, después, un lenguaje que huye de cualquier esquematismo reduccionista. Solo cuando se logra semejante mixtura se compromete al lector en un presente no alejado de las vicisitudes humanas.

Esta nueva entrega de la saga familiar de los Hernández hace que la novela policiaca está de enhorabuena. La gran literatura también. No se la pierdan.


ENTREVISTA CON ROSA RIBAS:

Ya en la primera parte de la trilogía de los Hernández me llamó la atención cómo, viviendo desde hace tanto en Alemania, consiguieras una palpitante recreación de los barrios periféricos de Barcelona. En «Los buenos hijos» a Sant Andreu se unen localidades similares (Las Navas y La Sagrera), pero esta vez también aparecen las Ramblas, concretamente esa de Santa Mónica donde estatuas vivientes cada día más sofisticadas (como esta tuya de las tres cabezas) y bandas de lateros pugnan por hacerse con el dinero de los paseantes.

James Joyce pasó la mayor parte de su vida adulta fuera de Irlanda, pero su universo literario se encuentra fuertemente enraizado en Dublín, la ciudad que provee a sus obras de escenarios, ambientes, personajes y materia narrativa. 

¿Escribes desde Frankfurt sobre Barcelona sin necesidad de viajes, o, por el contrario, vuelas hasta allí para captar el ambiente y los datos necesarios para que tus novelas consigan su ajustado punto de color local?

ROSA RIBAS: Antes de la pandemia viajaba con relativa frecuencia a Barcelona, pero tengo que admitir que estas novelas las he escrito desde la necesidad de revivir la ciudad desde la lejanía. Llevo treinta años en Alemania. Y, cuando empecé esta serie la posibilidad de volver era un plan remoto. Ahora, justo cuando sale la segunda publicada, hemos decidido volver, pero cuando escribí «Un asunto demasiado familiar» todavía no lo sabía y, tanto durante el proceso de escritura de esta como de «Los buenos hijos», era mi forma de viajar y vivir en la ciudad. 

Escribir desde Frankfurt, por otro lado, también me otorga perspectiva. Aunque las ciudades están en un proceso continuo de transformación, no son cambios tan rápidos y, además, por el hecho de vivir fuera, los puedes distinguir mejor, ya que quienes están inmersos en su día a día lo viven de manera paulatina.


Quizá porque los tiras y aflojas del matrimonio Hernández (Mateo y Lola) quedaban presentados en «Una historia demasiado familiar», en esta segunda parte de la trilogía profundizas en los hijos: Marc, Nora y Amalia. Creo que es Marc el hermano que más crece en «Los buenos hijos»; de ser el personaje con personalidad más diluida en «Un asunto demasiado familiar» pasa a convertirse en otro, lleno de vigor, y en permanente tensión laboral para reivindicarse como investigador frente a sus dos hermanas, tan listas ellas. Ello resulta aún más meritorio teniendo un problema serio con la bebida y estando siempre pendiente de un hilo la fidelidad de su mujer (Alicia).

¿Cómo consigues avanzar tanto con Marc; qué le has dado?

RR: En la primera novela Marc nos parece más gris porque es más gris. Marc siente que tiene que reivindicarse como el hijo que él cree que su padre desea que sea, aprovechando incluso la ausencia de Nora, que siempre le hace sombra. Su necesidad de ganarse ese lugar aumenta en «Los buenos hijos» porque ahora ha vuelto Nora. Ella es la que parecer cumplir con creces con las expectativas paternas, lo que para Marc representa un problema. Él se siente demasiado «hermano mediano» emparedado entre dos hermanas más brillantes, cada una a su manera. Este conflicto ya estaba apuntado en «Un asunto demasiado familiar» y explota en «Los buenos hijos», donde será el motor de sus acciones.

De entre toda la variedad de psicologías que nos ofrecen los Hernández, ¿son la madre –Lola– y su hijo –Marc– quienes mayor trabajo te dan desde el punto de vista creativo?

RR: Muy cierto, son los dos más difíciles, si bien por razones diferentes. No se trata sólo de sus personalidades, sino también del modo en que aparecen en la novela. Con Marc, que tiene una perspectiva propia, hay un juego constante entre su visión del mundo y de sí mismo y cómo es visto por los demás. En esa discrepancia apreciamos mucho mejor su conflicto interno y sus razones.

Lola es un personaje muy complejo y oscuro, al que en la novela no le he dado una perspectiva propia. A Lola la conocemos por sus actos y palabras, la vemos a través de la mirada de los demás. Nunca entramos en su cabeza. Y creo que es mejor no hacerlo.

Gracias a que comparte el secreto con Amalia, los lectores llegamos a saber dónde ha pasado Nora esos cuatro meses que estuvo desaparecida…

¿No te parece algo injusto que el resto de la familia siga sin conocer ese dato cuando es algo que los mortifica (sobre todo al padre)? ¿Tan necesario has encontrado mantenerlo guardado?

RR: Sí, porque lo que ellas guardan es destructivo. O por lo menos ambas creen que podría serlo. Por eso callan. Quizás si hablaran, el efecto no sería tan tremendo como suponen, pero con los secretos, con el conocimiento en general, no hay vuelta atrás. Una vez se sabe algo, no se puede dejar de saber a voluntad, no se puede borrar. La revelación es irreversible. Por eso no pueden arriesgarse y aceptan que la consecuencia de su silencio es que sus padres sufran.

El tema de los secretos y de las razones que llevan a la gente a guardarlos recorre toda la novela. ¿Por qué le ocultamos tantas cosas a la gente que queremos y qué nos quiere? ¿Por qué los hijos mienten a los padres y los padres a los hijos? A veces para protegernos, para proteger la imagen que queremos que los otros tengan, para no decepcionarlos, para no perder su afecto… Son tantas las razones que, finalmente, acabamos tejiendo redes complejas de mentiras y secretos. 

Nora, por mucho que discuta ferozmente con su madre, sabe que es una Obiols de los pies a la cabeza, algo que le preocupa porque no quiere terminar como ella ni tampoco como su tía Claudia. Amalia, la hija pequeña, aunque se siente –y es– mucho más Hernández, teme también que un día le alcance el ramalazo materno. Curiosamente en la completa locura que supone el desenlace resulta ser Nora la que más muestras de sensatez da frente a –por ejemplo– una desmelenada Amalia…

¿El gen Obiols no respeta a nadie de esta familia? ¿Acabarán perturbadas todas sus mujeres?

RR: Nora, por su pasado, por todo lo que ha hecho, es la que más ha reflexionado sobre por qué son como son las mujeres de esta familia. Incluso ha intentado curarse o, por lo menos, repararse.

Por eso, cuando la máquina terrible en la que se convierte la familia al final de la novela se desboca, ella, en un momento de lucidez, intenta detenerla. Amalia, en cambio, a pesar de tener una personalidad más pragmática y sensata, se deja llevar por esa espiral, pero lo hace a su manera. Amalia se parece más a su padre, es más «física».

Respecto a cómo acabarán, es un secreto que se irá desvelando en las siguientes novelas. 

Cuando la acción se desata en «Los buenos hijos», obligando a familia y colaboradores de confianza (Daniel Ayala, Heredia, Arsenio) a moverse de manera ensamblada, lo que otro escritor podría haber convertido en un sangriento carrusel tú prefieres poner el freno gracias a esa barrera que resulta ser la conciencia. 

¿Has querido lanzar un mensaje tranquilizador sobre la capacidad del ser humano para no traspasar ciertos límites?

RR: Mi idea era que los personajes se comportasen con coherencia. Ponerlos a prueba para ver hasta dónde eran capaces de llegar. Y llegan muy lejos. Ya vemos en otras situaciones, sobre todo en el caso de Mateo, que se mueven con relativa facilidad a un lado y a otro de las líneas rojas entre la legalidad y la ilegalidad. Pero en lo que sucede al final de la novela se trata ya de traspasar fronteras sin retorno, de ahí tengan muchas dudas y se planteen conflictos morales.

Por otro lado, no creo que haya un mensaje tranquilizador en la novela, puesto que nos encontramos también con personas que no muestran el más mínimo reparo en maltratar o abusar de otros sin que les importe el dolor que les causan.

Debido al ritmo un tanto pausado que llevaba tu libro, pocos adivinamos la dinámica en la que entra a partir de la tercera parte.

¿Asumiste mientras lo escribías que semejante cambio de registro iba a descolocar?

RR: Más bien caí en la cuenta al terminar. Mientras escribo procuro no pensar en estas cosas porque pueden tener un efecto inhibidor. Los lectores están presentes en cuanto que quiero que la historia sea aprehensible –la escritura es un acto de comunicación–, pero no puedo plantearme si cumplo o no con determinadas expectativas porque eso significaría perder la libertad, sería como dibujar con plantilla o rellenar esos dibujos donde los números de indican qué color toca, el 1 es el amarillo, el 2 el rojo…

Ya oigo a tanto pésimo lector quejándose porque las hostias tarden tanto en repartirse… 

¿No temes que ante la intensidad de las últimas 100 páginas habrá quienes consideren a las otras (por otra parte, maravillosas) 270 casi un tiempo muerto?

RR: Sin las primeras páginas, las últimas 100 no tienen sentido. Lo que pasa allí está sembrado al principio. Se está preparando desde la primera línea. Todos los elementos están ahí para que el lector se sumerja en las páginas finales entendiendo por qué tenían que ser como son. Sin ese arranque más pausado, no se justifica la intensidad final.

Si queremos decirlo de un modo más rudo: no se trata de la cantidad de hostias, sino de su calidad. Aquí cuando llegan, llegan bien dadas

Sé que no es tu público, pero…

¿Qué le dirías al consumidor habitual de thrillers e investigaciones criminales para intentar convencerlo de que –por una santa vez– lo intente con una novela negra que no atenta de forma lesiva contra la literatura?

RR: No sé. Soy una pésima vendedora. Se me ocurre recomendarles que se lean tu reseña.

No voy a preguntar nada sobre la entrega que cerrará esta apasionante e imprescindible trilogía porque sé lo que vas a contestar. Pero por lo menos a ver si puedes desvelar algo a los lectores de Salamandra Negra…

¿Cuándo tienes previsto que aparezca el tercer y último libro dedicado a la familia Hernández? Y una última cosa… ¿No te da dolor tener que despedir a esta galería de personajes que tanto aportan literariamente?

RR: Mucho. A mí me cuesta mucho dejar a los personajes, por eso, aunque no me lo propongo de entrada –aquí tampoco fue el caso–, acabo escribiendo series. Y respecto a este tema, ya se me escapó una pista al responder a otra de tus preguntas, porque acabo de ver que he escrito «las siguientes novelas», así, en plural. De modo que, ya ves, tal vez no sea una trilogía… 

Respecto a cuándo aparecerá el próximo libro de la serie –ya no lo llamo el último–, no te puedo decir nada porque no lo sé. Ahora estoy terminando una novela que no es de la serie y después me pondré de inmediato con la nueva de los Hernández. Ya se está perfilando en mi cabeza. Tengo muchas ganas de reencontrarme con los personajes, como te puedes imaginar.



viernes, 14 de mayo de 2021

Luna azul, de Lee Child. Una historia de balas, cadáveres y el olor metálico de la sangre

Almudena Natalías.


En Luna azul, última entrega protagonizada por Jack Reacher por la editorial Blatt & Ríos, Lee Child vuelve a poner a su veterano protagonista frente a una encrucijada en la que entra por casualidad y que le enfrenta a dos bandas criminales que se disputan una ciudad y que lo único que tienen en común es acabar con Jack Reacher.

El protagonista de la saga de Lee Child es un ex policía militar que vaga por Estados Unidos sin rumbo fijo, solo, con una bolsa y sin ningún destino concreto. Reacher viaja sin rumbo en un autobús, entretenido en mirar a los demás pasajeros. Unas filas más adelante, duerme un anciano con un abultado sobre en el bolsillo al que también vigila otro pasajero. Reacher, experto en conocer a la gente, decide que va a evitar el robo del sobre y se baja en una ciudad sin nombre para ayudar al anciano. Casi sin darse cuenta, esta pequeña ayuda le hace enfrentarse a una banda ucraniana que se ha repartido la ciudad con otra banda albanesa y nuestro particular héroe se ve en medio de una guerra con la única ayuda de una camarera a la que también conoce por casualidad. Todo apunta al fracaso pero, como dice Reacher, “Una vez por cada luna azul las cosas salen bien”.

Como en las novelas anteriores el ritmo de esta historia es endiablado. Por jugar al buen samaritano Reacher se ve obligado a enfrentarse a dos bandas mafiosas sedientas de sangre. De repente, vuelan las balas, los cadáveres y el olor metálico de la sangre.

Además de que el lector se encuentra inmerso en un thriller que le mantiene en vilo tiene también que enfrentarse al problema de la sanidad en EEUU. Una familia de clase media puede verse totalmente arruinada por hacer frente a un tratamiento médico, una familia de clase baja ni siquiera se plantea acceder a ningún tratamiento.

Como ya os comentamos en la reseña del primer libro publicado por Blatt & Rios Mañana no estás, Lee Child nos trae una historia con un único propósito, divertirnos. Luna azul no intenta ser un tratado de filosofía, intenta desarrollar una historia en la que la acción y la lucha del bien contra el mal es lo que golpea al lector.

Esta es la última historia de Jack Reacher que escribe el autor. Lee Child le cede el testigo a su hermano Andrew, así que toca leerla y esperar para ver el desarrollo que tendrá este héroe que tiene la Cara de Tom Cruise. Ya me contareis.

Nº de páginas: 408
Editorial: BLATT & RIOS
Idioma: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda
ISBN: 9788412180893
Año de edición: 2021
Fecha de lanzamiento: 10/03/2021




viernes, 7 de mayo de 2021

Insomnio de Daniel Martín Serrano la primera novela de un excepcional guionista

 Maya Velasco.


Insomnio de Daniel Martín Serrano es la primera novela de un excepcional guionista. Como no podía ser de otra manera, su fuerte son el realismo de las escenas, casi cinematográficas. Escenas de un Madrid cuajado de primeros planos, o planos que se alejan, de semáforos que se cierran… Un magnífico thriller psicológico y policiaco.

Tomás Abad, inspector de policía separado del servicio es un perdedor en todos los sentidos. Para empezar, sufre un insomnio total (da ahí el título de la novela), por un asunto policial relacionado con su hermano, todo el mundo le desprecia, el mismo se desprecia. Miente a su mujer y a su hijo a los que tiene abandonados, miente a su mejor amiga y antigua compañera María. Por suerte, ha logrado un trabajo de vigilante jurado que le lleva al cementerio de la Almudena todas las noches.

El autor juega acertadamente con los tiempos ya que asistimos casi a la vez a su vida actual y al caso que acabó con él. Van apareciendo en Madrid mujeres jóvenes con la cabeza cortada y el asesino nunca deja la cabeza y el cuerpo de la misma víctima. Tomás se obsesiona demasiado con este complicado caso que le lleva a la corrupción en las altas esferas.;

“Hay gente para la que la vida es un río de mierda que nace en la montaña de un vertedero y desemboca en el desagüe de una cloaca. Flotan sobre ese río sin hacer ningún esfuerzo, ni por avanzar ni por llegar a una orilla, no tienen adónde ir y ni siquiera se dan cuenta de que ellos mismos se han convertido en la basura que alimenta la corriente”

Cuando Tomás lleva mucho tiempo sin dormir e intenta a toda costa dejar atrás su pasado, este caso que aún le sigue obsesionando, empieza a ver cosas raras en el cementerio y es entonces, cuando se plantea que ha llegado al final, a la locura absoluta.

Martín Serrano nos presenta con este thriller la dicotomía entre la verdad y la mentira, la ética llevada hasta sus más tristes consecuencias o si es justificable la mentira que te salva a ti y a los tuyos. Porque hasta los personajes más íntegros mienten a veces. Lo que está claro, es que en esta novela todos pierden.

Nos plantea hasta qué punto debe llegar el amor y la fidelidad a la familia. También la distancia entre la vida y la muerte:

“Cuando muere alguien querido, sobre todo si es de forma inesperada, no es la muerte la que no tiene sentido, es la vida la que deja de tenerlo”

Las escenas en el cementerio son brillantes. El lector puede recrear un mundo de oscuridad, de tumbas viejas, de miedo que sin embargo da una paz increíble.

Pero ¿por qué el asesino mata a estas prostitutas? ¿Dónde las mata?  El asesino ¿es alguien que ha huido, es un perturbado o es alguien que desea dejar su firma para la posteridad? En cualquier caso, lo que más nos sorprende es esa obsesión de Tomás por descubrir la verdad, ese no querer cerrar el caso, esa lucha por seguir buscando pistas.

Hay un final sorprendente. Pero como dije al principio, todos, todos, han perdido de alguna manera.

Os recomiendo este thriller. Hay acción, sentimientos, absoluta maldad y absoluta bondad.

Nº de páginas: 552
Editorial: DESTINO
Idioma: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda
ISBN: 9788423359226
Año de edición: 2021
Plaza de edición: BARCELONA
Fecha de lanzamiento: 31/03/2021


viernes, 30 de abril de 2021

YO FUI JOHNNY THUNDERS. Carlos Zanón. RBA (2014)

Manu López Marañón.

Poeta publicado por Espasa e Hiperión, crítico literario en la revista Ajoblanco y actualmente en El País, y autor de 6 novelas –la última de ellas aparecida en 2019: «Carvalho: problemas de identidad»–, prestigiosos premios nacionales e internacionales (RBA Serie Negra, 2010; premio Brigada 21 a la Mejor Primera Novela del año; premios Giallo e dell Noir –Italia– y Violeta Negra –Francia–; premio Valencia Negra a la mejor novela del año; premio Salamanca Negra 2014; premio Novelpol 2015; y premio Dashiell Hammett 2015) jalonan la trayectoria narrativa del autor de «Tarde, mal y nunca» quien, no sin esfuerzo, ha sabido ganarse el reconocimiento de la crítica mundial. La obra de Carlos Zanón ha sido traducida y publicada en Estados Unidos, Alemania, Francia, Holanda e Italia.


Aprovechando que en este 2021 se cumplen 7 años de su publicación, he querido fijarme en la cuarta novela de Carlos Zanón, «Yo fui Johnny Thunders», un libro de esos que tienen ganada ya la aureola de mítico, y cuya lectura me acuciaba tras haber disfrutado con irrefrenable gozo de «Carvalho: problemas de identidad».


Porque tener la fortuna de dar con alguien que no redacte con plantilla, que desde la primera página agarre a su lector de lo más íntimo llevándolo por donde le dé su real gana y recibiendo el beneplácito de esa «víctima», embelesada por transitar unos mundos ignorados (aunque haya leído mucho), tener semejante fortuna, digo, resulta hoy casi tan difícil como saber cuándo acabará esta maldita pandemia. Este arrebato literario se dispara desde el capítulo 0 de «Yo fui Johnny Thunders», cuando despertamos junto a un tipo evidentemente drogado pregonando el final de una historia, la suya (en la que, adelanto, hubo una esposa harta que lo abandonó, hijos que no le hablaban, títulos de varias canciones que lo marcaron a fuego –sobre todo una: «Live and die»–, sexo, droga y rock’n’roll; y donde, sobre todo, hubo lucha, mucha lucha por salir adelante antes de caer vencido por el peso del inclemente pasado).


Resulta complicado resumir las intensas novelas de Zanón, meter el diente a lo «pasa esto y aquello» porque en ellas todo es esencial, nada sobra. Me ha sucedido con su Carvalho y percibo de nuevo mis limitaciones a la hora de dar con algo que no se haya dicho ya, diferente y que motive a los lectores de Salamandra Negra para adentrarse por los bestiales vericuetos de «Yo fui Johnny Thunders».


Johnny Thunders, 1989 –capítulo 1 de la novela– es un largo flash back. Mr. Frankie se siente pletórico en el escenario del Màgic porque con su guitarra Gibson va a acompañar a Johnny Thunders, leyenda viva del rock que arrastra fama de caótico. Los músicos afinan sus instrumentos a la espera de que salga la estrella. Derrumbado en un sofá Johnny necesita una dosis de speedball (heroína y cocaína mezcladas en una jeringa) para tocar. El grupo tantea una introducción a lo «Sweet Jane» hasta que surge el mesías del rock: camisa negra, pantalones pitillo, viejos zapatos agujereados. Thunders no da una y se equivoca hasta en el estribillo, buscando con la mirada a Mr. Frankie, que hace lo que puede para taparlo con su guitarra. Aunque la novela lleve su nombre, hay que estar atentos porque asistimos a la única aparición del crepuscular Johnny Thunders… Y es que el auténtico protagonista de «Yo fui Johnny Thunders» no va a ser otro que Mr. Frankie (Francis), ese guitarrista con ganas de comerse el mundo en una década tan salvaje como fueron los 80 (con sus festivales, tatuajes cutres, tupés grasientos y vinilos de segunda mano…), aquella época de amigos, novias, grupos, el punk, el dinero y la cocaína, donde la juventud no ponía techo para un talento ambicioso... 


                                                     La guitarra Gibson de Mr. Frankie


Just your friends, 1993 –capítulo 32 de la novela– es otro flash back y presenta un nuevo concierto. Estamos en las tablas de la sala Be Good, donde la banda llamada Rey Pachuco versiona canciones de Mink De Ville con Mr. Frankie a la guitarra acústica. Ensombrecido por el guitarrista principal Francis se siente de relleno, toca desganado, con dedos torpes y considerables desfases:


«El latido se ha detenido, ya no lo oye. Tiene abiertos los ojos sin poder ver nada. Está como dentro de un agujero negro que, en este mismo momento, está succionando la banda, los sueños, los recuerdos. Es el fin de tu mundo, Francis. Eres invisible Mr. Frankie. No eres nadie para nadie».


Pero se produce el apagón que acarrea un momento mágico, la gran epifanía de la novela.


Mr. Frankie con su guitarra rasga los primeros acordes de «Just your friends». El batería acompaña esa voz de gato callejero mientras el cantante del grupo calla respetuosamente. Francis se acompaña con su armónica, un instrumento que lleva en el bolsillo ya más como amuleto. Canta «porque sí, porque hay un lugar donde alguien vive canciones y luego las toca y las canta para regresar al primer instante y el resto, todo lo demás, no importa. Al menos no para Francis» (en estas frases resuena el Johnny Carter de «El perseguidor»). 


Cuando acaba la canción, quizá rehabilitado consigo mismo tras ese genuino momento, Mr. Frankie deja el escenario y sale a una calle fría y abandonada que recuerda al callejón de la basura al que daba la puerta trasera del Gaslight club, en la irrepetible película de los hermanos Coen «A propósito de Llewyn Davis».


Antes de esos conciertos –el de 1989 y 1993– que pautan dos épocas del protagonista, un rosario de recuerdos muy personales repartidos por las páginas de la novela define tanto su tortuosa personalidad como la errante trayectoria por él llevada. Cito algunos. Un viejo disco de Patti Smith; el primero de los Pretenders con aquella Chrissie Hynde que para Francis hubiera sido la novia / amiga perfecta; una montaña de casetes grabados por sus colegas que va desde Gene Vincent a Parálisis Permanente, pasando por los Stones de «Some girls»; las arrogantes fotografías de Johnny Thunders «esas fotos de ángel caído, de yonqui sensible, hijo de puta».


Desde su destruido presente Francis convoca a sus novias, a Ona, pero sobre todo a la loca del pelo rojo –Liz, su primer amor–, aunque sin querer olvidar al resto, un bloque de mujeres que por mucho que se esfuerza no es capaz de individualizar y que solo ahora le hace comprender en qué se traduce el éxito: en su intrínseca soledad.

En 1986, en el Caribou, fastuoso local de la playa de Sant Boi que él elije para plantar a Ona se siente el amo de la barraca. Así le ven:

«Frankie es diferente a cualquier otro. Y eso hace que todo encaje en el último minuto. Es una estrella y lo será mucho más. Fijo. Es un puto cohete. Un superhéroe venido de un planeta a años luz de la tierra. Con superpoderes que le evitarán engancharse, reponerse de todos los golpes, de todas las caídas en este mundo de azoteas, mánagers y supercanciones».


Esas cumbres conquistadas por el talento y con ayuda de las drogas duran poco y por ello resulta feroz el choque con el presente («Yo fui Johnny Thunders» se desarrolla durante el gobierno de Artur Mas en la Generalitat –2010-2016– aunque soy incapaz de concretar el año); ese presente real, de alas rotas y que no tolera espejismos, conduce entre otras cosas al regreso a la casa de un padre a quien el guitarrista detesta. 

Retornar al barrio sacudido por la vida y no poder pensar en cosa distinta que en la imperiosa necesidad de desengancharse no hace feliz a nadie... Cruel panorama el que presenta Zanón. Un padre y un hijo derrotados, ambos desdentados, con sus dentaduras postizas que llagan las encías alineadas sobre el lavabo: ¡qué implacable metáfora del desgaste! Frente al espejo del baño está un irreconocible Francis, fondón de tanto comer y beber alcohol para atenuar el mono, sin un solo traje que le entre para ir al juzgado... Y el autor no tiene misericordia:

«…recuerda la de caricias, golpes y pinchazos que han tenido lugar en este su cuerpo. Ese paisaje de labios, pellizcos y roces, pelos, y metal, un envase ahora vacío que un día escondió algo, un yo, un no sé qué que en las canciones él llamaba alma o rabia».


Resulta frecuente que Mr. Frankie amoneste o aconseje a Francis en segunda persona: «Todo irá bien, le confió Mr. Frankie a Francis. De hecho, aún no has hecho nada que pueda joderte la vida. Robar cuarenta euros es casi una estupidez». Este recurso, el diálogo del hombre arrastrado con la conciencia de sus mejores tiempos, está magistralmente plasmado.


Es esta una novela en la que las referencias musicales abundan. Así sus 4 partes vienen encabezadas por otras tantas canciones («The great pretender» de The Platters; «Come and go with me» de The del-Vikings; «I wonder why» de Dion & The Belmonts y «Love poison nº9» de The Searchers), pero muchos de sus capítulos están asimismo condimentados con títulos como «King creole» interpretada por Elvis Presley, «Just your friends» de Mink DeVille o por esa canción que tiene capital importancia para la relación de Francis con su hijo mayor: «Live and die» de The Avett Brothers.

                                                              The Avett Brothers


Sin embargo, aun reconociendo la importancia de la música, hay que avisar que esta obra no es la biografía –ni menos autobiografía– de un rockero maldito. ¿Entonces? Para mí «Yo fui Johnny Thunders» resulta ser la crónica certificada de unos personajes rotos tirándose a tumba abierta sobre un puerto rebasado de curvas y cunetas con doble intención para así tratar de resurgir de sus cenizas. 


Hay crímenes, desde luego, y robos de todo tipo; sucesos estos que incluyen a esta novela, –quizá a su pesar–, en el género negro.


Pero «Yo fui Johnny Thunders» no se queda ahí.


En efecto, en este libro encuentro inútiles intentos por salirse de la droga, topo con pederastas convertidos en ancianos arrinconados por su tara, me perturba una belleza sin domesticar –Marisol– nacida de una prostituta, la cual, por su mala cabeza, acaba recibiendo la ducha de ácido sulfúrico que le enjareta un moro celoso, tiemblo con el dueño del bingo Verneda, ese sórdido amante de Marisol, «enviagrado» sin descanso y con vocación gansteril, que planifica el asalto a una furgoneta cargada de cocaína (con cuya parte espera Francis ponerse al día con las pensiones que debe a sus hijos), o doy con ese novio de Marisol que no se porta nada bien al dejarla pronto de visitar en el hospital Vall d’ Hebron.


La Barcelona de los 80, 90, y la Barcelona actual, son las épocas en que se desarrolla la novela. Para su ambientación el autor ha elegido Horta-Guinardó –escenario de la juventud de Francis–, pueblo-ciudad dormitorio con puticlubs («putas bizcas y clientes tarados en un mundo de caspa y terciopelo rojo, abrasado de manchas de licor y semen triste»); deprimentes bingos; carreteras apocalípticas; mensajerías como Dit i Fet, tapadera para turbios planes. Incluso los locales en donde Mr. Frankie toca resultan ser antros que sufren apagones y con urinarios superpoblados por zombis recién colocados. Y es que todo el libro no pasa de ser una gigantesca jaula con barrotes kilométricos rebozados en polvo blanco sobre los que sus ciegos prisioneros tropiezan –una y otra vez– sin propósito de enmienda.


En fin, esta novela respira al ritmo seco de un tiro de cocaína o, mejor, al más alambicado del chute de caballo, y debido a ello ofrece poderosísimas imágenes capaces de ser creadas solo por un genio. Grande, muy grande Zanón.


Para los que aún no hayan leído «Yo fui Johnny Thunders» (¡qué envidia!) si mientras lo hacen escuchan las canciones seleccionadas, les aseguro que la experiencia resulta flipante. Más que eso. Imperecedera.


«Las drogas se le habían llevado un montón de hermosos residuos cada vez que arrastraban las redes por el suelo de su cabeza y de su corazón. Y con esas redes, canciones, recuerdos, nombres».


ENTREVISTA CON CARLOS ZANÓN:


1. Cartografía de la derrota

En «Yo fui Johnny Thunders» no puede decirse que te apiades de tus personajes. Un procedimiento para caracterizarlos es transmitir sus estados anímicos a través de las miradas de gente cercana a ellos que generan certeros juicios de valor sobre su situación. Así sobre Paco –el padre de Francis–, un viudo denunciado por abusos, cae una capa de desprecio cuando Francis llega a su casa y lo encuentra solo y viejo. Pero aún es peor cuando lo descubre disputando con los indigentes yogures desechados por un supermercado… Estas miradas del hijo encuentran rápido correlato en las que Paco posa sobre él. Convencido de que vuelve porque está sin un duro, nunca por afecto, al entrar por la puerta del salón, gordo y con esa barba negra y cana, a su padre lo invaden funestos presentimientos.

Carlos, ¿te costó dar con esta forma hábil y precisa para caracterizar a tus protagonistas?


Muchísimas gracias por tus palabras. Escribir tiene, al menos para mí, algo misterioso, muy intuitivo: simplemente haces eso, colocas eso de esa manera. Mi forma de acercarme a los personajes siempre es cinematográfica desde los detalles que nos dicen cómo son. Y por otro lado creo que la literatura es amoral, no ha de moverse sino en la ambigüedad moral, no verter moralina nunca. Enfocar desde un lado esquinado te permite jugar con las sombras alrededor de lo que los personajes hacen y piensan o quieren hacer y no pueden.


Marisol, la víctima más doliente de «Yo fui Johnny Thunders», resulta convincente tanto en su papel de adolescente abusada como luego, en el de joven alocada que acaba mal. Al convocar a personajes secundarios como puedan ser Xavi; Niño Mutante –el dealer de Francis–; o el hijo mayor –Víctor– siento que me han dejado tanto poso como los protagonistas, que la fauna de «Yo fui Johnny Thunders», en su conjunto, sigue removiéndome de forma visceral.

¿De dónde procederá ese caudal tuyo a la hora de re(crear) existencias tan vencidas y al límite?


Yo he estado en cierto modo ahí, no he sido uno de ellos pero era gente de mi barrio, gente de derrota, no depresiva pero que sabe que lo mejor de su vida es no perder lo que tienes. Vengo de esos sitios y la redención es salir, querer salir. Hay muchos escritores que juegan a ser truculentos o a hacerse una paja con los matones. Pero la literatura no va de eso. La literatura va de trascender, de no querer estar dónde estás. No puedo escribir sobre gente que puede saltar sabiendo que hay una red abajo. No puedo porque no sé qué es eso. Y los personajes han de ser verosímiles no con la ficción, no basta con hacer fotocopias de la realidad.


Creo que Víctor, el hijo mayor de Francis, es la gran, por no decir única, esperanza de «Yo fui Johnny Thunders». Haberle dado un papel así a este chaval que escucha canciones admirables como «Live and die» presta a tu novela un margen razonable de esperanza.

¿Estás de acuerdo a la hora de esperarlo todo de adolescentes como Víctor?


Víctor es lo único puro de Francis, lo que aún no ha estropeado. Por eso, el final, por eso «Live and die» escuchado a la vez.


2. La novela. 

He hablado de esos «diálogos» entre Francis y Mr. Frankie –en segunda persona–: el sórdido presente y el esplendoroso pasado de la estrella rockera frente a frente. Y también de ese perspectivismo en tercera persona que usas para que tus personajes se definan. Ahora quiero decir que he gozado muchísimo con los flashbacks de «Yo fui Johnny Thunders», dos de ellos magistrales: los que corresponden a esos conciertos en diferentes épocas de Mr. Frankie.

Al hilo de todo esto, no puedo dejar de preguntarte: ¿Cómo teniendo Johnny Thunders tan escasa importancia presencial tomas su nombre para titular la novela?


Bueno, Thunders era una leyenda. En el barrio siempre había aquel que decía que había ido al cole con Loquillo, que había hecho la mili con un futbolista del Barça o que le robó la novia a aquel. Esa noche, un Don Nadie fue Dios. Además trato de cuidar todos los aspectos de un libro y el título es muy importante. El libro se llamó durante mucho tiempo CHIEN ANDALUSIA por los Pixies y mi editorial me propuso PUTA BUENA MALA SUERTE. Molaban los dos pero creo que el que quedó es el mejor.


¿Tuviste claro desde el principio no hacer una ficción autobiográfica?

Todos los libros son autobiográficos en lo importante, en los fantasmas y obsesiones. Pero me gusta mucho disfrazarlos con ficción. 


La novela está narrada en tercera persona (salvo esos ratos que conversan Mr. Frankie y Francis). Sin embargo en «Carvalho: problemas de identidad» has preferido la primera persona (cuando todas las novelas del ciclo de Vázquez Montalbán venían escritas en tercera persona).

No he leído la totalidad de tu obra (dame tiempo), por lo que no sé si escribes más en tercera o en primera persona. ¿Tienes claro al empezar cada libro si a lo que vas a contar sienta mejor una u otra?


Sí, pero a veces has de recular y volver a empezar con otra persona diferente. Es una cuestión técnica. Mi favorita es una tercera persona «tramposa», es decir, que si quiero me meto en la cabeza de los personajes y la tercera muta en primera.


Creo que transfusiones como «Yo fui Johnny Thunders» son las que hacen revivir a un género tan poco dado a la sorpresa como es, por lo menos en España, el noir. Es necesaria –y con urgencia– literatura de sangre, sudor, y que huela a cloaca… Con tu Carvalho te la has querido jugar entrando de lleno en la temática de investigación y, encima, con detective prestado. Todo ello era para echarse las manos a la cabeza…, pero «Carvalho: problemas de identidad» ha resultado ser una novela policíaca con planteamientos absolutamente inéditos por aquí y, de paso, un alivio para quienes temíamos verte naufragar en el intento.

¿No te parece superpoblada la nómina de autores interesada en resolver crímenes, sobre todo si la comparamos con la casi testimonial que formáis tú, Paco Gómez Escribano, Rosa Ribas, Jon Arretxe o Marc Moreno, los poquísimos preocupados porque el género despierte?


Cada uno ha de encontrar su manera de explicarse. Muy pocas novelas procedimentales me entusiasman. Me suele dar igual quién mato a quién. El por qué, el mundo alrededor de la violencia, la soledad, la rabia me interesan más.


He citado nombres que voy descubriendo. ¿Podrías decir para los lectores de Salamandra Negra, desde tu extensísimo conocimiento, autores negros (nacionales y extranjeros) «de cabecera»?

Hay muchos y algunos por unas cosas y otros por otras. A mí me encanta la solvencia y el rigor de Lorenzo Silva por ejemplo o el tono que siempre mete Alicia Giménez Barlett, o la facilidad de encontrar temas de Andreu Martín. Siento debilidad absoluta por Julián Ibáñez. Y por Francisco Ledesma, Toni Hill, Rosa Ribas, Nieves Abarca y Vicente Garrido, Domingo Villar. El último de Ramón Palomar me ha parecido cojonudo. De los de fuera, Jean-Patrik Manchette, Chester Himes, Tana French, Dennis Lehane, Jim Thompson, James Ellroy, Claudia Piñeiro, Leonardo Oyola, Kike Ferrari o Massimo Carlotto. Y seguro que me olvido mil.


Quiero saber algo de tus proyectos. ¿Habrá más casos de este Carvalho tuyo que tan gratísimo gusto ha dejado en la afición (y en la crítica)?


No lo sé. Ahora estoy en blanco. Igual no hay más. A veces se me pasa por la cabeza. Igual ya está y habrá estado bien.


3. La música.

Sorprende cómo para unas tramas que acontecen durante las décadas de los 80, 90, y la actual, no hayas tirado de grupos combativos como los que abundaron en aquellas épocas de ruptura generalizada. En vez de eso, optas por encabezar cada parte de tu libro con melodías norteamericanas doo-wop de los años 50 o, ya más «rompedor», por los melódicos The Searchers, grupo británico de comienzos de los 60 a cuyo lado The Beatles parecen Iron Maiden.

Dime, ¿eres consciente del profundo contraste existente entre esta música y las tramas a las que acompaña? Pasados 7 años, ¿estas satisfecho del resultado logrado o cambiarías algún tema?


Mi propósito era que la música fuera orgánica, no una banda sonora. Esa música que se siente en las tripas, que te trasciende, no la que te pones para limpiar la casa. La música que te hace creer que puedes escapar. Las canciones que están molan.


Carlos Zanón no solo ha usado canciones para pautar las partes de su libro, hay otras más que «suenan» a lo largo de 47 capítulos. Está, por ejemplo, Elvis Presley con su «King creole»; pero destaco dos títulos fundamentales en «Yo fui Johnny Thunders». El primero es «Just your friends», soberbio tema de Mink DeVille grabado en 1978. El capítulo 32 jamás hubiera alcanzado tan altas cotas de desconcierto sin la rasposa versión que Mr. Frankie hace de él.

Desconocía a Mink DeVille y haberla descubierto es otra de las cosas que debo a tu libro. ¿Es esta banda californiana (y su líder y cantante Will DeVille) una de tus favoritas?


Mink DeVille fueron una barbaridad de banda. Te corrijo. Eran de Nueva York. Hace mil años le robé un disco al hermano mayor de una amiga. Escribí una biografía y todo. Lo conocí. El puto Rey Pachuco.

The Avett Brothers y su excepcional «Live and die», esa canción que Víctor, el hijo mayor, descubre a su padre y logra que su relación se deshiele… ¿Cómo llegaste a ella? 


Me tropecé con ella y me enloqueció. Estaba muy, muy jodido y zas, apareció. Me salvó y salvó la novela.


4. Final

Para terminar mi colaboración, decir que es esta una novela que, desde hace 7 años, no deja de ganar lectores.

Dime Carlos: ¿qué lugar en importancia ocuparía «Yo fui Johnny Thunders» en el conjunto de tu obra? ¿No cuesta un esfuerzo sobrehumano empezar otro libro tras haber publicado algo tan descomunal? 


Sí, pero yo tampoco supe que iba a tener esa trascendencia. La haces. Creo que puedo hacer otras obras. Creo que Taxi es más ambiciosa aunque más compleja y menos directa que Thunders. Y Carvalho tiene su punto.



sábado, 24 de abril de 2021

Los que merecen morir, de Carlos Salem. Nadie mata a los culpables

Maya Velasco


Los que merecen morir de Carlos Salem es la primera novela que leo del autor, pero no la última. Me ha gustado mucho, me ha atrapado, me ha divertido, me ha intrigado. Vamos, que lo tiene todo para ser una gran novela.

¿La trama? Un misterioso asesino que se autodenomina Nadie, está matando a personas inmersas en algún tipo de corrupción o culpables de un delito que no han pagado. El Gobierno decide crear una Brigada suicida, ya que no esperan que el caso se resuelva y necesitan poder arrastrar por el fango a algún responsable:

“¿Te das cuenta lo que supone esta serie de muertes? No está matando a personas, está matando estereotipos. ¡El tal Nadie está ejecutando gente que, a los ojos del populacho, merecían morir¡”

El protagonista, Severo Justo, (el nombre ya lo dice todo), se convierte en un policía de éxito, tras dejar el sacerdocio. La muerte de su esposa y su hija, atropelladas, le volvió loco y si cabe, más estricto en su trabajo. Así que le apartaron a Bruselas para quitárselo de encima.

Su antagonista, Nadie, un personaje desconocido hasta el mismo final de la novela, inteligente, preparado, concienzudo. Nadie se cree un dios que controla la vida de los demás y decide quién vive y quién muere. Pero juega con ventaja porque primero estudia con paciencia de hormiga a todos sus objetivos. Y ahora Severo, Dalia y los demás componentes de su brigada, están en su punto de mira.

Dalia es un personaje de muchísima fuerza. Fue la psicóloga de Severo y lleva una vida de lo más extraña. Una mujer de bandera podríamos decir: competente, conocedora de técnicas de lucha, muy inteligente, promiscua y mucho más.

Para dar un toque más cómico a esta historia, el hacker elegido por la Brigada es la abuela de uno de los policías, que lo mismo descubre secretos indescifrables de las redes como les prepara croquetas de boletus.

Como en las novelas de Agatha Christie, iremos poniendo nombre a Nadie, hasta que se demuestra que ese personaje no es Nadie. Porque vamos sospechando de unos y de otros. Y sí, efectivamente, Nadie está en la baraja de personajes que se nos presenta.

El juego casi poético del poeta Salem, con el nombre del asesino Nadie, y las frases en que se utiliza la palabra nadie, resulta muy atractivo y hasta divertido según vas avanzando en la novela.

“Nadie está furioso. El tiempo se mueve de un modo torpe. Humano, adecuado a las necesidades de los que no hacen con él más que dejarlo ir, Nadie tiene un plan porque durante años lo estuvo amasando en la mente, un juego de la imaginación, la coartada de convencerse que era solo un ejercicio intelectual, aunque siempre supo que acabaría por hacerlo, un castigo metódico y justo contra una sociedad enferma y sin capacidad para entender la belleza”

A lo largo de la novela Carlos Salem va creando historias secundarias que de alguna forma son ramificaciones de la principal de forma que la intriga se va ampliando más y más. El lector no puede dejar de leer, ¿Quién es Nadie? ¿Realmente es un justiciero de una sociedad depravada? ¿Quién es Olga? ¿Qué esconde Dalia? ¿Quién será al próximo?

Ojalá esta sea  la primera parte de la saga de la Brigada de Severo Justo.



viernes, 23 de abril de 2021

Las Salamandras negras os desean feliz Día del libro y os recomiendan algunos...

Almudena Natalías.

Es complicado elegir un solo libro para regalar, o para regalarnos, en el Día del libro, así que os voy a recomendar dos.

El primero que os diría que leyerais es la novela de nuestro compañero Manu López Marañón y, a pesar de que os la hemos recomendado ya muchas veces, aprovecho para recordaros que Alcohol de 99ª es una novela de iniciación, una novela picaresca, una novela de barrio, pero principalmente es una novela que refleja la lucha de dos perdedores que, rodeados de otros perdedores, emprenden un viaje para buscar una vida mejor. Pero la mala suerte persigue a Artur y a Asís. Una tragedia griega en los años 80 y ya se sabe que en los 80 todo era posible.

Por otro lado, quiero recomendaros Panza de burro de Andrea Abreu. Es también una novela de iniciación, en este caso dos chicas que pasan un largo verano en un pueblito de Tenerife. Una historia de una amistad que es todo menos idílica, una historia de dominio y sumisión, una historia de amor enmarcada por las nubes bajas en una isla que es casi un paraíso. Es una novela que me ha recordado la literatura chicana del siglo XX, como Y no se lo tragó la tierra, de Tomás Rivera o la obra de  Rolando Hinojosa-Smith. Novelas que casi pertenecen a la literatura oral, que reivindican una manera de ser, una manera de ver la vida, un lenguaje propio, novelas que tenemos que leer…

Maya Velasco.

Entre mis recomendaciones para el día del libro de 2021, no puede faltar Alcohol de 99º de nuestro compañero Manu López Marañón, ya mencionado por Almudena.

De mis últimas lecturas, recomiendo Vais a decir que estoy loco de Andreu Martín. Una gran novela donde confundimos los desvaríos del protagonista con la realidad, donde nada es lo que parece. Divertida, triste, alucinante, realista... lo tiene todo.

En cuanto a novela histórica, Tierra de esperanza de Juan Antonio Rodríguez, una novela ambiciosa que desgrana la historia de Irlanda y de Estados Unidos a través de una familia.

Y como novedad, la última novela de Sonia Rico Trujillo, Amar a un hombre que mata, un thriller psicológico que nos plantea una pregunta: ¿Puede una mujer enamorarse de un asesino encarcelado? Para saberlo, nada mejor que leer esta novela.

Felices lecturas

Manu López Marañón.

Para este día del libro quiero recomendar "Los buenos hijos", la novela de Rosa Ribas recién publicada por Tusquets. Tiene como protagonista a una peculiar familia de detectives, los Hernández. Varios casos nos muestran el día a día de una agencia de detectives. Rosa Ribas aprovecha estas investigaciones llevadas a cabo por los miembros de la familia para profundizar en sus personalidades; sobre todo en la de las hijas (Nora y Amalia) y el hijo Marc, a cada cual más compleja en recuerdos y motivaciones. El suicidio de una adolescente acaba complicándose y requerirá, para su solución, la participación de toda la familia y sus colaboradores. Con esta novela compleja y maravillosamente narrada, Rosa Ribas vuelve a dar en la diana y hace entrar al género policíaco por la puerta grande de la literatura. Un regalo inolvidable.


viernes, 16 de abril de 2021

En lo profundo de la noche, de J.A. Beckett y Daniel L. Hawk. El tratamiento modélico de la violencia

Manu López Marañón.

La coyunda autoral entre el filósofo y escritor J.A. Beckett (Granada, 1968) con el disc jockey, diseñador gráfico y miembro de un gabinete jurídico, Daniel L. Hawk (Sevilla, 1969), ha incrementado su prole literaria. Protagonizada por el detective David Abaco, bebedor compulsivo y amante del blues como primera seña de identidad, y desnortado sin remedio («siempre perdido, buscando una salida en ese mundo oscuro y vacío») como segunda, esta saga de thrillers con elementos policíacos atraviesa su gran momento. A «Entre las hojas muertas» y «Loft. La muerte sabe a Blues», se añadió, hace un par de años, «Perdición: el asesino de la Polaroid» (editada por PG editores –y ya reseñada en Salamandra Negra–). Con la cuarta entrega, «En lo más profundo de la noche», mis autores noir favoritos desembarcan en la Colección Solo Novela Negra, de igual nombre que la revista que ambos dirigen: Solo Novela Negra.


Para que el lector no se fatigue con la incesante presencia de un detective desmadejando un asesinato se requiere de aquel una personalidad capaz de superar el creciente tedio de las visitas, los interrogatorios y las decepciones que, habitualmente, suelen surgir de un misterio que termina siendo mediocre. Todo esto vuelven a superarlo, y con creces, Beckett y Hawk en «En lo más profundo de la noche».


Su detective David Abaco se nos presenta rodado y con una personalidad configurada. Vuelve a hechizar a sus lectores con su efectiva mezcla de impúdico pesimismo y férrea voluntad por salir adelante en esa vida –más bien perra– que arrastra, y de la que no parece poder (¿querer?) salir. Ejemplos del primer ingrediente de la mixtura los tenemos en varias perlas negras, confituradas a lo largo de la novela. Esta misma puede valer:


«Odio. Odio todo lo que soy, odio todo lo que de humano invade mi vida. Odio porque la tierra no merece tener a un solo hombre sobre ella, porque lo mejor que le puede pasar a este universo es que desaparezcamos en la nada más absoluta, que dejemos de ser lo que somos para convertirnos en fósiles, antiguos restos de una vida que nadie pueda conseguir rescatar del olvido».


El segundo ingrediente, su arrojo a prueba de balazos a quemarropa y afilados cuchillos, es el que Abaco despliega para demostrar su inocencia en el crimen cometido sobre la persona de Dana, una escort rubia de altos tacones y falda estrecha que aparece, cual lasciva epifanía, en el Perdición: local favorito del detective, casi su omphalos (ombligo o lugar de nacimiento, pero también centro cósmico). Un pub en el que, ya sabemos por otras novelas de la saga, él colma su doble e insaciable sed: la del blues y la más tóxica del bourbon.


«La guitarra elevaba las notas impregnando cada rincón del Perdición de una tristeza infinita. Esa tristeza que despierta la vida y que te ayuda a pensar lo solo y perdido que te encuentras en las noches profundas como aquella».


Tras ese impensable ligue con la rubia cañón (hasta dudamos sea producto de alguna alucinación), al despertar tras una noche apasionada, Abaco la encuentra en su bañera, salpicada de sangre, convirtiéndose en el único sospechoso de esa muerte por hallarse el apartamento cerrado desde dentro.


En «En lo más profundo de la noche» David Abaco vuelve a interesarnos con la fuerza que lo logran los héroes chandlerianos o hammettianos. De ambos toma rasgos: al pesimismo y voluntad ya apuntados se añade su despreocupada, en ocasiones temeraria –casi suicida– actitud a la hora de investigar…, además de beber en cantidad parecida a la del Nick Charles en The thin man. Con semejantes aditamentos el protagonista de la saga de Beckett y Hawk entra en el ranking de la escuela americana de la novela policial.


Las novelas paridas por este insólito tándem de escritores andaluces ofrecen un premio añadido al «pagar» a sus lectores horas de turismo en ignotas ciudades, de no gran tamaño, norteamericanas. No es poco conocer de primera mano el ritmo de vida, las aficiones y manías, los horizontes de los americanos, aquí mayoritariamente de clase media. Gracias a este paisanaje magistralmente descrito y movido, el lector reposa, a ratos, de la ansiedad del «¿quién fue?» fomentada por unos siempre vibrantes montajes narrativos. En este caso, las figuras de médicos, enfermeras, escorts o sacerdotes –por no hablar del equipo de investigación (junto a David Abaco repiten el teniente Porto y el sargento Lister)–; toda esta galería de un mundo bien lejano (pero reconocible gracias a la literatura y el cine) proporciona a «En lo más profundo de la noche» buenas dosis de desahogo y legítimo entretenimiento.

                                      La revista que codirigen los autores Daniel L. Hawk y J.A. Beckett

Con los crímenes rituales de familias enteras, cometidos por un psicópata convencido de encarnar a un ángel vengador para realizar la misión de Dios en la Tierra, la cuarta entrega de la saga de David Abaco entra en una imparable dinámica en la que brilla la capacidad de sacrificio, llevada al límite, de nuestro arrojado detective. Con menos protagonismo que en «Perdición: el asesino de la Polaroid», Porto y Lister aguantan bien un segundo plano, matizados por el cegador duelo –de proporciones épicas– que van a protagonizar Abaco y el inductor de las matanzas, un viejo conocido del detective (y también de quienes seguimos la saga).


Cada uno tiene sus referencias lectoras, y a mí, por intensidad y violencia, este inolvidable téte à téte, con vencedor y vencido, que arranca en el capítulo [22] (impresionante, se lee con el aliento entrecortado: lo mejor del libro) y finaliza en el [32], a bordo de un barco, me retrotrae al enfrentamiento entre dos personajes míticos de la literatura universal: Sherlock Holmes y su antagonista, el ex catedrático de matemáticas James Moriarty. Una prolongada brega la suya a lo largo del tiempo cuyo desenlace sigue dejándonos helados. No tan alargada temporalmente, más concentrada también en el espacio, Abaco y su enconado rival pelean compitiendo en odio y usando todos los medios disponibles a su alcance.


Quedan dos capítulos (el [33] y el [34]) para atar los cabos de «En lo más profundo de la noche», algo que Beckett y Hawk realizan con su solvencia habitual. La que viene siendo una grandísima saga que revitaliza el mustio thriller nacional ha quedado limpia de polvo y paja para su nueva –y ya esperadísima– nueva entrega.


«Todos tenemos una noche en la que nos sentimos perdidos. Todos tenemos una noche en la que los lobos de la vida nos devoran poco a poco, donde no hay piedad ni perdón para el perdedor. Todos hemos pasado por ese camino plagado de espinas que acaban clavándose en el corazón».


ENTREVISTA CON DANIEL L. HAWK y J.A. BECKETT:


En «En lo más profundo de la noche» David Abaco entra en escena rodado y con una personalidad sugestiva y bien trazada tras protagonizar vuestras anteriores novelas. Creo que esta cuarta será recordada por un duelo que abarca 10 capítulos y que a mí me ha parecido, hasta el momento, lo mejor de vuestra saga. Arriesgáis mucho, y salís victoriosos, en ese estremecedor encuentro que se produce en el pub Perdición durante el capítulo [22]


¿Suscitó muchas controversias decidiros por este arriesgado cruce, a la vista de todo el mundo, a pie de una barra de bar, entre dos enemigos irreconciliables que pelearán a muerte hasta el final?


DANIEL L. HAWK: Es una escena que tenía clarísimo que debíamos afrontar. La tensión que se genera cuando dos enemigos mortales se encuentran en un lugar «sagrado» donde ninguno puede ejercer la violencia sin generar daños colaterales, nos parece simplemente de lo más excitante. Lo hemos visto en otras ocasiones, en mi caso se me quedo grabado como en «Los inmortales» de Russell Mulcahy, los guerreros tienen prohibido luchar en terrenos sagrados, como iglesias y cementerios, me pareció un recurso genial.


J.A. BECKETT: Pensé que era una escena necesaria. Había que enfrentar a los protagonistas, con esa batalla de palabras, de personalidades, reconociéndose uno en el otro, sabiendo y sintiéndose muy lejos, pero también muy cerca. Porque nuestro enemigo o nuestro rival es aquel que siempre acaba colándose dentro de nosotros, le abrimos la puerta a nuestro interior. Y es que nuestro enemigo es importante porque ha conseguido algo, ha conseguido invadir nuestro pensamiento y este es el principio de una derrota.


El tratamiento de la violencia en esta nueva entrega de la saga vuelve a ser modélico. Por su brutalidad y espectacularidad habéis ideado algunas maneras de morir que, por extraño que parezca, todavía resultan nuevas. Pero uno no puede evitar pensar que se os haya podido agotar el filón.


¿Os quedan nuevas maneras de acabar con vuestros personajes?


DLH: Con imaginación todo es posible. Está claro que cada vez cuesta más innovar, que parece que ya esté todo inventado, pero a veces se te enciende esa bombillita de pequeña originalidad. Tengo que reconocer que algunas de ellas son escenas cinematografías grabadas en mi subconsciente que me marcaron y a las que les doy una vuelta y que a veces actúan casi como un homenaje.


JAB: La muerte es una, pero los caminos que conducen a ella son innumerables. Solo intentamos profundizar en la escena, buscamos que la muerte tenga siempre un sentido, una explicación, una génesis, un contexto. En nuestro libro nada es circunstancial, cada escena pretende explicar algo, pretende profundizar en alguien. En el caso de la muerte, esta siempre nos indica la ventana que tenemos que abrir o la puerta que tenemos que cerrar. La muerte siempre nos habla de aquel que muere y de aquel que mata.


Por su forma adusta y cínica de ser, y también por razones laborales, David Abaco parece estar irremediablemente condenado a amores venales. En esta novela el aparentemente blindado corazón de Abaco se resquebraja. Al principio con Dana, y al final con Carmen. Ambas mujeres, rubia y morena, descritas sin dejar nada de la iconografía noir, resultan ser escorts…


¿Os planteáis poner algún día en solfa la soltería de vuestro protagonista con, por ejemplo, alguna mujer amante del orden y las virtudes domésticas?


DLH: No veo a ninguna mujer capaz de sentirse arrastrada al continuo desaliento y falta de confianza en su futuro y en sí mismo, como para no caer en depresión a la semana siguiente de la boda. No, creo que Abaco tras el enamoramiento inicial tampoco se sentiría a gusto atado a una sola mujer.


JAB: Abaco es un solitario, un apátrida del corazón, no pertenece a nada ni a nadie. Pero se deja llevar siempre por la emoción del momento, por los sentimientos impetuosos, vive por y para el ahora. Por eso, sin duda, sería difícil encontrarle un acomodo en brazos de una mujer. 


El maridaje entre thriller y policíaco os resulta de una gran efectividad. En «En lo más profundo de la noche» ambos territorios narrativos vuelven a fundirse de forma silenciosa, casi imperceptible.


¿Os ha costado más en esta entrega llegar a una fusión tan natural entre ambos géneros?


DLH: La verdad es que ni siquiera lo pensamos, al ser dos, eso surge con espontaneidad. En mi caso soy «más thriller» mientras que Jota, tiene un alma más oscura y negra a la hora de escribir. Eso hace que nos complementemos sin apenas esfuerzo. En mi caso, intento vestir de oscuridad esa parte de thriller intenso y Jota, le da ese toque especial, sobre todo filosófico, que creo que le da esa alma especial que tienen nuestras novelas.


JAB: Es cierto, es una mezcla que pretende sobre todo hacer que el lector pase un buen rato. Nos apropiamos de las técnicas narrativas y argumentales de estos dos géneros para crear una manera de explicar las cosas, una manera de escribir, una manera de narrar.


La figura del pobre hombre que enloquece creyéndose un ángel vengador que ejecuta órdenes divinas es ya un lugar común en thrillers tanto literarios como cinematográficos. Nos habéis ahorrado que Peter, vuestro enfermero de urgencias, se sepa de memoria la Biblia, pero, salvo esto, sigue un patrón de comportamiento que me resulta lo menos original de la novela.


¿Habéis construido a este secundario con mimbres reconocibles porque no deja de ser un medio para llegar cuanto antes a ese cura que lo maneja como un títere; un cura que –para mí– es el gran personaje de «En lo más profundo de la noche»?


DLH: Peter es un personaje secundario, y sí, con un perfil muy reconocible, los cinéfilos pueden que se acuerden de Silas, de «El código da Vinci» de Dan Brown. Un personaje que me encantó y que me sirvió de inspiración. Además, no podía ser un personaje muy fuerte, no pretendíamos que hiciera sombra a nuestro asesino. Era solo un naipe en nuestra baraja, y que sabíamos que íbamos a descartar.


JAB: Es un personaje secundario, pero necesario. Me interesaba explicar cómo se puede manipular a la gente, como se puede influir utilizando herramientas persuasivas, como se puede modificar el comportamiento de una persona simplemente con cambiarle su manera de pensar. La inteligencia es un arma muy poderosa y se imponen siempre escarbando en el alma de aquel a quién quiere esclavizar. Nuestro «ángel vengador» no duda, no piensa, no razona, solo actúa y ese es su gran error.

«Cuanto más conseguido esté el malo mejor es la película», dijo Alfred Hitchcock. Tenéis un malo insuperable, lleno de encanto en su perfidia. En la reseña apunto que, por su capacidad de manipulación y su ubicuidad,  me recuerda no poco a James Moriarty…


¿Qué sería de vuestra saga sin este inolvidable sujeto?


DLH: Eso mismo me pregunto yo, siempre decimos que el antagonista del héroe ha de ser más potente que el propio héroe. En nuestro caso, creo que la relación entre ambos ha casado perfectamente, dos seres inteligentes y sarcásticos, constantemente en lucha. Una lucha a muerte. James Moriarty ha sido uno de los grandes «malos» de la historia, como puede ser Hannibal Lecter del «El silencio de los corderos», son personajes que se graban en tu subconsciente, si quieres un «malo» potente, estudia como es este último. Roza la perfección, siempre a mi parecer, claro.


JAB: Desde mi punto de vista, si es importante tener un buen protagonista, más importante aún es tener un muy buen antagonista. Creo que en una novela como la nuestra hemos buscado la presencia de esos dos mundos tan distantes. Creemos, y esa ha sido siempre mi teoría, que hay que contar con un malo con mucha presencia, un personaje muy rico que pueda equilibrar la balanza, que pueda enseñarnos que en los libros como en la vida siempre hay donde elegir.

 

Para terminar esta entrevista.

¿Podéis adelantarnos algo de la nueva entrega de la saga de David Abaco?

¿La tenéis adelantada?

Si algún día la dais por acabada esta saga, ¿entra en vuestros planes cambiar de género u os veis explorando nuevos territorios dentro del thriller?


DLH: En estos momentos, estamos trabajando en la reedición de «Entre las hojas muertas», hemos recuperado los derechos y no sé si por suerte o por desgracia, una editorial, que nos la jugó a base de bien, se la quedó, firmada, para casi guardarla en un cajón. Es una historia muy potente, y ahora que ya tenemos un pequeño grupo de lectores fieles, queremos hacérsela llegar. Porque creemos que vale la pena… También basada en hechos reales como «LOFT – La muerte sabe a blues», pero esta vez, con la historia de fondo de los represaliados de la dictadura chilena. Además, tenemos en mente, otro par de proyectos a cuál más loco, una obra de teatro y una idea de Jota que nos adentraría en la ciencia ficción. Retos tenemos, tiempo, ya no tanto. Poco a poco. Finalmente, agradecer a Manu sus impecables reseñas, no solo las nuestras, si no las que ejecuta con mano de bisturí en Bajo la doble lupa de… para nuestra revista, con la compañía de Anna Miralles (a la que también sumamos el agradecimiento) y que son siempre espectaculares y le dan un toque de calidad a Solo Novela Negra.

JAB: NO quisiera terminar sin agradecer a Manu López Marañón esta entrevista. Es un honor para nosotros poder dialogar contigo. Y en cuanto a la pregunta, decirte que a la vida hay que nutrirla de proyectos, hay que tener ilusiones y sueños para seguir avanzando, para seguir creciendo, para dotarla de sentido, y por muchas veces que besemos la lona siempre habrá una voz que te dice: «levántate». Por eso nuestras alforjas van cargadas de proyectos, esos proyectos de los que ha hablado Dani y a los que yo solo tengo que sumarme.