viernes, 26 de noviembre de 2021

Maya Velasco presenta Amar a un hombre que mata, de Sonia Rico







El pasado 19 de noviembre nuestra colaboradora Maya Velasco presentó en Madrid la última novela publicada por Sonia Rico, Amar a un hombre que mata.


La presentación se realizó en la librería La buena vida, una librería en el centro de Madrid, en la calle Vergara, 15, que os recomendamos que visitéis ya que es una de las pocas librerías que organizan  presentaciones, debates, talleres y que fue ganadora del Premio Librería Cultural 2018 que conceden las asociaciones de libreros de España (CEGAL)


Fue estupendo volver a asistir a una presentación presencial y poder tomarnos un vino con ya viejos conocidos, asistió mucha gente, en un espacio que olía a libros y a curiosidad.


Tuvimos ocasión de preguntar a Sonia. Nos explicó el proceso de documentación que tuvo que realizar para escribir Amar a un hombre que mata  ya que desconocía aspectos de la vida carcelaria y cómo tantas mujeres podían enamorarse, incluso hipotecar su vida, por personas encarceladas. Lo más interesante de esta conversación fue la importancia que Sonia Rico da a la construcción de sus personajes y a que siempre quiere comprender por qué actúan como actúan. Recalcó el proceso que la protagonista tiene a lo largo de la novela.

Esperamos repetir pronto










viernes, 19 de noviembre de 2021

Somos comunión, de Inigo Bolinaga. Una comunión entre sometidos y vividores en un paisaje idílico

Manu López Marañón.

SOMOS COMUNIÓN. Iñigo Bolinaga. Txertoa (2021)

Iñigo Bolinaga (Elorrio, Bizkaia, 1974) autor de «Somos comunión», que hoy reseño para SALAMANDRANEGRA.COM, es un licenciado en Historia Contemporánea, máster de Periodismo y máster de Estudios Vascos que ha publicado con anterioridad ensayos, entre los que destacan «Breve Historia del fascismo», «Breve Historia de la Guerra Civil Española» y «Breve Historia de la Revolución Rusa», así como el estudio político-sociológico «La Gran Utopía». La editorial donostiarra Txertoa ha publicado también su primera novela de corte histórico, «Sinfonía guerrera» (2013), donde recrea la derrota napoleónica a manos del ejército de Wellington.


En «Los santos inocentes», obra maestra de Miguel Delibes, se retrata la vida del mundo rural en los años sesenta del pasado siglo. En un cortijo extremeño se presentan dos realidades enfrentadas: la de los señoritos y la de sus sirvientes. Los primeros tratan a los segundos sin la menor consideración y los hacen víctimas de sus caprichos. Los segundos, ignorantes, analfabetos, sumisos, arrastran una vida que apenas merece ser vivida.


A la hora de plasmar la realidad del campesinado vasco a finales del siglo XIX, Iñigo Bolinaga crea a la elorriana familia Eguíluz, arrendatarios de uno de los caseríos cuya titularidad ostentan los Luna (Héctor, Elvira y sus dos hijos), bilbaínos adinerados, rentistas gracias a esos tributos recibidos de los caseros. Las condiciones precarias de la vida rural; el trabajo en jornadas sin descanso; el analfabetismo; la falta de higiene; la resignación de esos depauperados vizcaínos (abuelos, padres e hijos) está dialécticamente confrontada con el privilegiado pasar de los Luna, que, si no muestran interés por sus propiedades, menos aún lo sienten por quienes las habitan. Viven solo pendientes de lo que renten sus bienes raíces (también recaudan bienes en especie), y –en cuanto pueden– de subir los arrendamientos con contratos de corta duración para incrementar los pagos sin mucha espera.


 

Caserío vasco

Los señoritos de ciudad, incapaces de entender a sus campesinos (más santos e inocentes que los de Delibes), son obligadamente ignorados por ellos: debido a su absentismo extremo les parecen fantasmas, seres de otra dimensión. Semejante desconocimiento mutuo (buscado uno, impuesto el otro), mantenido durante décadas, acaba generando desprecios que llevan dentro la semilla del racismo.


Con «Somos comunión» se entra en una literatura de realismo acompañada por esa nostalgia provinciana desde cuyo cénit el escritor define la psicología de los sometidos –los campesinos– y la de los vividores –los urbanos–. El tiempo del narrador y el tiempo narrado coinciden en esta obra. Además, en una decisión más trascendente (de la que, en lo literario –que es lo que aquí importa–, sale triunfante) Bolinaga ha descartado la posibilidad de un narrador pretendidamente objetivo, buscando involucrar en sus tramas al narrador-testigo de su novela. No solo eso: esa potente voz, desde dentro –y decididamente–, toma descarado partido por la permanencia del ruralismo antañón, confinado en sus propias limitaciones y en constante puja por sobrevivir. Y desde luego, con tracciones distintas a las que otro autor, usando la tercera persona de manera no tan subjetiva, hubiera insuflado al texto.


Se opta por el dolor puro extraído del coro de campesinos elegido. Para Bolinaga los caseros mantienen su comunión con la naturaleza y llevan impreso en su carácter genético el antiguo orden de cosas que, «a la larga, está destinado a recomponer la legitimidad perdida»… Pero mientras, la diaria existencia de estos oprimidos resulta un drama del que ellos mismos, en su callada y prolongada resignación anterior a la batalla, son apenas conscientes.

 

                                                   Emblema carlista: el aspa de Borgoña 
                                                   con el Sagrado Corazón de Jesús


El narrador describe sin contemplación una familia vasca arquetípica de la época –los Eguíluz– a veces con brutalidad, incidiendo en su incultura, suciedad y acomplejamiento. Martín y Magdalena, los padres, son un matrimonio que lleva trabajando para los señores Luna desde que nacieron. Analfabetos ambos, ni siquiera albergan deseos de que sus hijos escapen de esa realidad: Martín padre, deslomándose con la laya suspira porque su feble primogénito supere pronto sus fatigas crónicas y continúe la recia tradición familiar… La honestidad de «Somos comunión» queda fuera de duda. Es un libro lleno de sonido y de furia, pero, desde luego, no viene contado por ningún idiota.

Sus lectores acceden a un mundo al que algunos –entre los que me incluyo– no solo eran ajenos, también desdeñosos: esos mismos que, tras concluir apasionadamente la novela, lo encontramos cercano, entendible; de repente (por mucho que seamos ciudadanos modernos alejados del agro y sus vicisitudes) casi propio. La buena literatura obra estos prodigios, algo que la historia (la cuente quien la cuente) no.  


Iñigo Bolinaga trabaja en su obra de modo libre, desligándose de cualquier traba. Puede maltratar a los campesinos, acusar severamente a los bilbaínos, sin por ello ceder ante las convenciones del campo o de la ciudad. Es en lo privado donde su voz narradora se empeña en mostrar las contradicciones, las angustias, las prepotencias y remordimientos de unos y otros. Un empacho de razones y pretextos a la búsqueda de un equilibrio complicado que solo los valientes afrontan.


La casa y el mundo de los Eguíluz queda ajustado en este párrafo extraído del cuarto capítulo de la primera parte:


«Volvieron sus pasos hacia esa casa miserable, tan necesitada de arreglo y tan cargada de malos remaches que hacía las veces de hogar, de granja, huerto, almacén, fábrica de ropa, de cerámica, era, lagar, bodega, confesionario… Su mundo. Su único mundo, a excepción de las contadas ocasiones en las que bajaban al pueblo a vender algún pequeño excedente o a oír misa, o a las fiestas, que también tiempo de divertirse había, aunque escaso y siempre guardando las apariencias que la rígida moralidad exigía».


La idealización de lo real surge con los relatos de la Primera Guerra Carlista (1833-1839) que divulgan campesinos como Melitón, y que suenan, incluso a quienes tomaron parte en ella (así, Martín Eguíluz padre), a cuentos de hadas que, a la larga, dañan a una Causa que se pretende avivar con no desfalleciente constancia. Y es que frente a la conciencia variable y golpeada del señorito de ciudad (bajo una educada fachada Héctor Luna oculta un torrente de lujuria; a su mujer Elvira, cosificada y anulada, le asaltan fuertes melancolías), la del casero permanece opaca, quizás insignificante, pero perdurable.

                                La Última Guerra Carlista (1872-1876) vertebra «Somos comunión». 


De las iniciales y desharrapadas partidas guerrilleras se pasa a unos batallones con instrucción militar, uniformados y que reciben apoyo de la reacción europea. El ejército regular carlista combate de tú a tú contra el liberal, siempre más numeroso (su leva dispone de casi la totalidad del territorio español), equipado con armas modernas y buena artillería, además del apoyo de la Marina.


En paralelo al conflicto, las cuatro aguerridas provincias forales (a través de sus Diputaciones) arman el embrión del Estado Carlista, intento de organización político-administrativa cuyos ministerios –Guerra, Gracia y Justicia, Negocios Extranjeros, Estado y Hacienda–, así como el Tribunal Supremo de Justicia, tienen su sede en la navarra localidad de Estella.

Frente a esa superioridad del ejército liberal, el contacto con una experiencia directa de lo sagrado da la ventaja, no pequeña, proveniente de haber construido un mito sobre la creación del mundo. El tradicionalismo, Dios, los fueros –la ley vieja, en definitiva–, alzan en armas al pueblo contra la ciudad: apoyar al pretendiente Carlos VII a reinar en España despierta el valor de tanto campesino vasco y navarro. Al estatismo de unos meses perdidos tras la frustrante derrota de Oroquieta (mayo de 1872) sigue la pulsión de los héroes épicos, de nuevo puestos en pie por esa asonada general que sigue a la promulgación de la Primera República Española (abril de 1873).  


En esta guerra Bolinaga alaba el valor, la resistencia del soldado carlista. Fervor y arrojo ante episodios dramáticos brotan en cada encuentro con las tropas liberales (pronto alfonsinas), no pocas veces derivando a situaciones surrealistas, chuscas, algo por otra parte típico de cualquier enfrentamiento militar. Pero arrojo y durabilidad resultan insuficientes para ganar una guerra, en todo caso servirán para hacer «provechosa» la derrota. Tras el levantamiento del sitio de Bilbao por el general liberal Concha, las contundentes derrotas en Vitoria y Estella –y el subsiguiente final de la guerra–, el fracaso de la legitimidad del pretendiente carlista acelera en los vencidos una maldición y condenación que afecta de lleno a los Eguíluz.

 

De la segunda batalla librada en Somorrostro (25 de marzo de 1874), un pueblo cercano a la capital vizcaína (en otro intento de acercamiento a un Bilbao sitiado por las bombas del ejército carlista –Villa a la que este en ninguna guerra logra traspasar–), destaco este párrafo del capítulo décimo de la segunda parte en el que se aprecia la fiereza de la lucha:

«Aún recuerdo cómo caían compañeros y contrarios al suelo a mi alrededor, en medio de la pelea, como títeres a los que acaban de cortar los hilos, repentinamente desplegados. Y yo seguía disparando, golpeando con la culata de mi fusil, ensartando a la bayoneta a troche y moche sumido en un mundo paralelo, un tanto onírico, en el que solo cabía matar para sobrevivir».

Adrián Eguíluz, el segundogénito, infatigable soldado carlista, el hermano más intenso, da una insuperable dimensión a su personaje (aunque el primogénito Martín y la hermana Gracia estén asimismo llenos de vida y resulten muy atractivos). Adrián, durante su errático viaje a lo largo de la historia, consigue que de su interior fluya la insaciable necesidad de encontrarse en ese enloquecedor movimiento que da la huida sin pausa.

La pérdida de la legitimidad antigua frente a la nueva, –victoriosa–, conduce a la unidad constitucional de la Monarquía española y a la abolición de la ley foral. Como realista –y desencantadamente– reconoce Martín Eguíluz hijo:

«Con el triunfo de los alfonsinos retornó la privación de los comunales, el predominio del dinero y del interés individual sobre el colectivo, la desprotección sobrevenida por la desaparición de nuestros fueros y la imposición de un sistema político y económico puramente competitivo».


«Somos comunión» es novela de ideas enfrentadas. El hecho de que la voz narradora se decante por el mundo antiguo no resta un ápice de interés y verosimilitud; al contrario. Hay intensas aventuras, extraordinarias escenas de guerra; personajes, en ambos bandos, que pelean con razón por sus idearios.


Partidarios de la vida urbana y acérrimos defensores del arcádico caserío son ofrecidos al disfrute lector en esta espléndida obra de Iñigo Bolinaga, a quien hay que felicitar por su esforzado trabajo para, por encima de todo, desvelar muchos de los entresijos de la ideología carlista (tanto en momentos de esplendor como de derrumbe). Un estado de las cosas aquel que, a tenor del rostro inhumano y materialista mostrado por esta igualitaria sociedad que muchos nos hemos empeñado en levantar, no pocos vascos –sin tener muy claros los motivos– añoran. «Somos comunión» ayuda a entenderlos.


«Nunca fuimos un partido político, sino una comunión de almas entrelazadas por el misterio místico del mismo Dios. Por eso venceremos. Pasaremos por muchas pruebas y lo haremos por generaciones, pero si somos capaces de no alejarnos del camino trazado y con la ayuda de Dios, al final venceremos».


 

El pretendiente carlista al trono español: 

                                                   Carlos María de Borbón, Carlos VII

ENTREVISTA CON IÑIGO BOLINAGA:


En «Somos comunión» eliges la primera persona para los cuatro hermanos (Martín, Adrián, Gracia y Leonardo Eguíluz) alternándola con la tercera para la voz narradora. Con cinco puntos de vista completas un eficaz mosaico de la época, tanto cuando la historia se desarrolla en el caserío familiar como –en menor medida, pero no menos intensamente– al desplazarse a la casa bilbaína donde Gracia sirve de doméstica. Igualmente útil te resulta el perspectivismo para contar las vicisitudes de la Última Guerra Carlista y las que, en paralelo y durante el conflicto, genera la constitución del Estado Carlista.

¿Cómo llegas a esta decisión técnica, tan fragmentada, para tu novela?

Si uno no anda con cuidado, la decisión de adoptar un narrador coral, alternando el clásico omnisciente con quienes vivieron los hechos en primera persona, puede ser peligrosa. Sin embargo, bien planteada, enriquece mucho a una novela, ya que muestra una misma situación desde perspectivas muy diversas, lo que aporta una profundidad psicológica que en sí misma incrementa el valor de la narración. Al hacerlo, asumí el riesgo, y este es el resultado. 


La voz narradora toma partido por la vida campesina y luego, ya en guerra, por el bando tradicionalista. «Somos comunión» está contada por un carlista. Literariamente esto da excelentes resultados. Sin embargo, habrá quien eche de menos cómo, si no el narrador, por lo menos algún personaje tuyo hubiera manifestado su aprobación al modo urbano de vida o que luchase con el ejército liberal contando su experiencia… Históricamente tu novela no es un dechado de imparcialidad hacia los mundos que contrapones. 

¿Tuviste en cuenta esta «pega» (no literaria, insisto) y que la decisión de narrar partidistamente puede desconcertar a lectores de hoy en día?

La obra no busca en ningún momento ofrecer una visión mesurada y desapasionada de la guerra carlista, porque eso le haría perder la intensidad psicológica que quería imprimir a la novela. Sin embargo, los hechos históricos que aparecen reflejados en la novela son objetivamente neutros, ciertos y contrastables, pero las razones y circunstancias  están repletas de pasión. Un protagonista que vive una situación concreta no puede ser neutral, de manera que mis personajes, forzosamente han de tener una carga subjetiva en sus declaraciones. A mí a quienes me interesa dar voz es a esos caseros vascos decimonónicos, poco o nada alfabetizados, dotados de tanta sabiduría popular como ignorancia académica, que no pueden sino reaccionar con las tripas ante una situación que les desborda y ante la cual muchos de ellos no ven otra salida que alistarse en las filas de don Carlos.  En este sentido, la novela sigue el argumentario de los carlistas vascos, quienes señalaban al liberalismo.como el principal responsable de la transformación de un mundo que comprendían, el tradicional, por uno en el que no encajaban. Este cambio había llevado a muchos campesinos a la ruina, y a una mercantilizacion de la vida que para ellos era sinónimo de desastre. Es lógico, pues, que los liberales aparezcan retratados como el alter ego social negativo de esta historia, lo cual me parece refescante en cuanto que habitualmente suele presentárselos al revés. Aquí se da voz a quienes en demasidas ocasiones se les ha tachado en los libros de historia como los defensores a ultranza de los derechos feudales, de la soberanía del rey sobre la nacional, de la religión católica en su versión más rancia y de la antimodernidad por definición, lo cual les ha convertido en el imaginario popular en malos o incluso tontos en cuanto que sin saberlo estaban defendiendo posiciones retrógradas y contrarias a sus propios intereses. Esta idea es profundamente injusta. Por eso, en la novela se explican sus razones, son ellos quienes hablan, y ellos no eran tontos, ni malos, ni trabajaban en contra de sus intereses. Simplemente reaccionaban contra un sistema liberal que verdaderamente les estaba perjudicando. Por eso he creído necesario darles voz, dejarles un espacio para que al margen de si tuvieran o no razón, puedan explicarse, y no así a los liberales, cuyas razones ya han sido ampliamente difundidas. 


Soy un vasco de ciudad integrado en las comodidades de vivir en este Bilbao. Antes de ponerme ante tu novela, desde un punto de vista biográfico y vivencial, al mundo rural y sus campesinos no podía sentirlo más ajeno (no he visto un caserío ni de lejos). Que el casero vasco diese un juego novelesco similar al que los mujiks prestan a Fedor Dostoievski o al que los negros del Sur ofrecen a William Faulkner no pasaba en mí de la especulación.

La lectura de «Somos comunión», aparte de meterme de lleno en el caserío Arriaga y hacerme padecer, e indignarme, con su injusto régimen de explotación, me lleva, seguramente por eso mismo, a estar del lado carlista durante la guerra. Decir que una ficción logra que sus lectores comulguen de tan entrañable manera con sus protagonistas significa que el talento logró veracidad. Y eso cualquier escritor lo persigue.

¿Consideras que estas simpatías ante el carlismo hubieran logrado similar calado tras, por ejemplo, leer un ensayo que, ya con las neutrales metodologías de la labor histórica, analizase cómo era la vida, durante el último tercio del siglo XIX, en el País Vasco?

Habría que diferenciar entre el carlismo y los carlistas decimonónicos de caserío. Es en ellos en quienes se posa la simpatía, y no necesariamente en los ideólogos del carlismo, los grandes líderes y demás. Dentro de ese conjunto que denominamos carlismo hubo mucha gente y de todo tipo, cada cual con sus propias razones. Dicho esto, creo sinceramente en la máxima de que los vencedores son quienes escriben la Historia, la grande, la de letras mayúsculas. Vivimos en un mundo en el que han triunfado las ideas liberales, razón por la cual la historiografía, por muy neutral que pretenda ser, ha juzgado siempre estos hechos desde el prejuicio de asumir como progreso la revolución liberal y retraso o privilegio el mundo tradicional, donde se hallaban insertos los fueros vascos.   


Los personajes son la gran apuesta de una novela. En la tuya dudo a la hora de quedarme con uno. Pese a mi identificación con Martín hijo (su delicada constitución física y su acceso a la cultura me es próximo), la empática comprensión hacia la hermana, Gracia, víctima del acoso de un señorito, o la admiración por el hermano más vivales, el benjamín Leonardo, acabo eligiendo el vitalismo irracional «a lo Mitia Karamazov» de Adrián Eguíluz (desbordante de energía e irreductibles ganas de lucha).

¿Con cuál de los cuatro hermanos se identifica más el autor, y de ellos cuál fue el que más problemas dio para su creación?

Todos los personajes tienen algo de mí, otro tanto de personas cercanas o que he conocido y una tercera parte de creación literaria. Esta es la razón por la que soy capaz de identificarme con todos ellos, aunque no especialmente con ninguno. Cada uno de ellos me sirve como excusa para mostrar diferentes mundos dentro de la misma circunstancia histórica: Martín vehicula las tripas del entramado administrativo carlista y del estado alternativo que se crea en torno a él; Adrián me sirve para relatar la forma de vida en el Ejército Regular Carlista y las batallas; Gracia para hablar de Bilbao y del mundo liberal, aunque siempre desde su perspectiva propia, así como para describir el sitio de la ciudad; y Adrián es un hombre que comulga con las ideas carlistas pero muestra un sentimiento tan humano como es el miedo a morir. Todos los personajes tienen una complejidad propia que les hace únicos, aunque si tengo que dar un nombre creo que el más complejo de todos es Martín hijo, cuyos daños y complejos internos piden mayor trabajo para hacer veraz su figura.    


El director de cine Julio Medem, en su película «Vacas» (1992), tras retratar con acierto la misma guerra carlista de la que tú te ocupas, traslada las vicisitudes de sus Iriguibel y Mendiluce a la Guerra Civil Española (1936-39). En cine quizá no resulte tan enrevesado exponer el sindiós ideológico que en esa contienda se dio aquí, pero, a la hora de llevarlo al papel lo veo complejísimo. Resumo: gudaris vascos católicos apoyando (porque defiende el primer Estatuto Vasco de 1936) al ateo ejército republicano y en fiera lucha contra los requetés navarros, acérrimos carlistas integrados en el ejército nacional para preservar los valores del tradicionalismo y la santa religión…

¿Serías capaz de desenvolverte, literariamente hablando, durante ese conflicto (bastante más reciente que cualquier guerra carlista) introduciendo en él a una cuarta generación de los Eguíluz?

La Guerra del 36 es uno de los procesos bélicos más interesantes de todo el siglo XX, precisamente por tratarse de una guerra ideológica en la que se entremezclan opciones políticas diversas. Sería muy interesante hacer esa continuidad histórico-familiar que propones, ya que descubriría la evolución política del País Vasco desde el final del periodo foral clásico hasta 1936.  


Dejemos aparte por un momento la siempre atractiva y conflictiva historia de nuestro país. Centrémonos en su literatura:

¿Cómo ves la literatura vasca actual, tanto como en euskera en castellano?

Creo que hay mucho talento, pero pocas facilidades. El mercado vasco es muy exiguo y no da para mucho. 


¿Qué escritores vascos son tus favoritos y cuáles resaltarías del resto del Estado y el extranjero, tanto por posibles influencias sobre tu obra como por tus aficiones lectoras?

Leonardo Padura por su tensión narrativa, Carlos Aurensanz porque en su trilogía de Banu Qasi hizo fácil lo difícil, Max Gallo como maestro y guía de novelística histórica, y Ángeles de Irisarri porque logra hacer cercanos a los personajes sin hipotecar un ápice el sabor histórico de sus textos.    

¿Podrías darme el nombre de tu historiador de cabecera?

Hay tantos… aunque sin duda quienes entrarían en todas mis listas son Paul Preston y Stanley G. Payne, dos hispanistas de primera fila a pesar de su diversa adscripción ideológica. 


Por último y para cerrar la entrevista: 

¿Puedes adelantar para SALAMANDRANEGRA.COM cualquier cosa de tu próximo proyecto? ¿Seguirás alternando libros de carácter histórico con otros más literarios o, por el contrario, pretendes decidirte por una de tales modalidades?

La idea es seguir alternando ensayo histórico divulgativo con novela histórica. Aunque en este momento me estoy centrando algo más en el ensayo, tengo prevista otra novela histórica.  

                                                                       Iñigo Bolinaga

viernes, 12 de noviembre de 2021

Besos usados en hilera, de Maripau González. Doce relatos breves que forman un libro inolvidable

Manu López Marañón


BESOS USADOS EN HILERA Maripau González. Letra Minúscula (2021)

Maripau González, autora de Besos usados en hilera nació en Madrid pero lleva muchos años residiendo en Reus. Escritora de microrrelatos desde 2010, ha quedado finalista de concursos importantes, como Premis Literaris Constantí (2016) y Premis Literaris de Relatos de Nou Barris (2017). Ha publicado relatos para el taller «El Vici Solitari» y en 2018 participa, de manera grupal, en el libro solidario Pasión por la escritura. Maripau González tiene un blog personal de narrativa, Micro-Regalos. En él comparte poemas, microrrelatos, reflexiones y, de vez en cuando, redacta unas maravillosas reseñas sobre libros que le han llegado al corazón.

Julio Cortázar da una definición de relato que debería ser interiorizada por cualquier autor de cuentos: «Género de difícil definición, tan huidizo en sus múltiples y antagónicos aspectos, y en última instancia tan secreto y replegado en sí mismo, caracol del lenguaje, hermano misterioso de la poesía en otra dimensión del tiempo literario». Añade Cortázar, en el ensayo que sigue a este enunciado, tres características principales del relato que resumo para los lectores de SalamandraNegra.com.

En primer lugar está la significación. Un cuento es significativo cuando sabe quebrar sus límites con una explosión de energía espiritual que ilumina bruscamente algo que va más allá de la anécdota (por el tamaño, generalmente pequeña) que expone. Aquí se produce una criba inicial entre buenos y malos cuentistas.

Sigue la excepcionalidad. El tema del que sale un buen cuento busca siempre ser excepcional, pero ello no quiere decir que sea algo extraordinario, fuera de lo común. Muy al contrario, puede tratarse de una anécdota cotidiana. Lo excepcional en el tema es ser capaz de imantar al lector, atraerlo a un sistema de relaciones conexas, a una cantidad de nociones, visiones y sentimientos que flotan en la memoria o en la sensibilidad del autor y calan, después, en sus lectores. En este tramo naufragan ya muchos.

La tercera característica para Cortázar es la intensidad. Significación y excepcionalidad carecen de sentido si no las ponemos en contacto con los conceptos de intensidad y tensión, que no se refieren solo al tema sino a su tratamiento literario, a la técnica para desarrollarlo. La intensidad elimina ideas o situaciones intermedias, los rellenos o fases de transición que la novela permite e incluso exige. En el cuento la intensidad busca convertirse en tensión pura y el autor la logra cuando sabe acercarnos, con su ritmo requerido, a lo narrado. Lejos de saber qué va a ocurrir en el cuento, sin embargo, los lectores no podemos sustraernos a su atmósfera. En unos relatos los hechos, despojados de toda preparación, saltan sobre nosotros atrapándonos. En otros, más demorados, sentimos que los hechos en sí carecen de importancia, que lo bueno viene en las fuerzas que los desencadenan, en aquello que los precede y acompaña. Saber aplicar grados diferentes de intensidad en su acción, dar con la tensión interna del cuento son cualidades producto de escritores –pocos, y a quienes llamamos maestros– con amplio dominio del oficio.

Doce son los relatos que Maripau González regala en Besos usados en hilera. Siguiendo el itinerario cortazariano, hay que decir que iluminación, magnetismo y tensión definen a todos los cuentos de esta gran autora. En efecto, con su libro, la escritora de Reus consigue ponerse a la altura de los grandísimos escritores de cuentos que en nuestro país no cesan de aparecer (por desgracia, de silenciosa manera y con lamentable escasa repercusión). Será cuestión de predisposición, más que de suerte, pero no hay volumen de relatos que caiga en estas manos que no despierte el mayor de mis entusiasmos literarios. El año pasado fueron los del bilbaíno Oskar Bilbao (Historias de la chusma, Kuletxov Factory, 2016) y la madrileña María Jesús Mena (Relatos monocromáticos, Olé Libros, 2020). En este 2021 Maripau González pone altísimo el listón para los que vengan después.

Cabe definir a Besos usados en hilera como un libro donde el amor triunfante, no sin pocas complicaciones –a veces bizantinas– logra protagonismo estelar. En efecto, hasta en ocho cuentos Maripau ofrece sus visiones, de un matizado optimismo, sobre este capital sentimiento humano. 

Más allá de la soledad, más allá de la vida, más allá del sueño, más allá del tiempo, más allá del azar, más allá de las desgracias físicas, e, incluso, más allá de la ausencia –en efecto– el amor para Maripau González nace, se encuentra, resurge y resucita. Solo la violencia deja de ser una dificultad superable. Ella lo deja clarísimo en su noveno relato, de una extrema dureza pero muy necesario si se busca una completa radiografía del sentimiento amoroso durante estos tiempos actuales.

En Geranios en azul Aníbal, un solitario feo, gordo y sentimental conoce en un recital de poesía a Eva, una culta mujer llena de inquietudes culturales incomprendida por su recio marido. La fuerza del amor cuenta cómo Alfonso, muerto hace 10 años, regresa del más allá para un encuentro con la chica asmática que fue su gran amor. En Mujer de blanco varios encuentros en Barcelona de Lope y Lola, a mitad de camino entre lo onírico y lo real, van urdiendo el clima propicio para superar cualquier tipo de interferencia y obstáculos. Las infidelidades que dos cónyuges se provocan articulan Paula y los caprichos del azar, un relato plagado de matices y recovecos sobre el sentimiento amoroso, a cuyo desenlace colabora una imprevista figura del pasado. En Cita a ciegas, verdadera cita a ciegas entre el varón experimentado y trotado y la señora acostumbrada a saber defenderse en un mundo hostil, un zapato sin tacón y una función teatral se alían para soplar a favor de este complejo romance. En Eulalia se reinventa, la protagonista, arquetípica madre de familia aburrida sin demasiado horizonte, y Daniel, bohemio pianista de jazz, se encuentran en un vagón de tren y acaban liándose; el imprevisto embarazo de Eulalia les abrirá nuevas perspectivas vitales. Natalia y su Ulises narra la historia entre el feo Josep, amante de las focas monje, y Natalia, arquitecta; la descubierta pasión común por la Odisea de Homero pone en bandeja lo que parecía una dispar relación. En Besos con caracola una caracola portadora de miles de besos acaba siendo el instrumento conductor (y benefactor) para esta muy cortazariana historia donde se mezclan espacialmente planos reales e imaginarios. 

Como he avisado, al margen de estos ocho relatos, pero sin desgajarlo del grupo, como tremendo reverso de su optimismo imperante, encuentro, como punzante recordatorio, Pero eso ya es historia. La convivencia del matrimonio formado por Miriam y Lucas consigue realmente acongojar a los lectores por los malos tratos («solo» psicológicos al principio, físicos más tarde) infligidos por él hacia ella. El inevitable divorcio de esta pareja no será el fin de tantos tormentos infernales para Miriam, por desgracia.

Independizados del grupo principal, mostrando personalidad propia, encuentro tres estupendos cuentos más en Besos usados en hilera. Haciendo de atractivo contrapunto al otro grupo, desde un humor muy británico, están protagonizados por oficios muy variados entre ellos. Desde su diferencia se asiste, gracias a quienes deciden ponerlos en práctica, a diferentes riesgos profesionales que incorpora su desempeño cotidiano.

Barbero vocacional, con un sarcasmo saludable e irresistible, relata la  inopinada tentación sentida por un barbero de rebanar el cuello a su bellísimo cliente. En La mujer escultural de Daniel un joven mago frustrado reconvertido en esforzado escultor, modela en arcilla, con paciencia y fervor dignos de encomio, una estatua femenina que va a terminar con él en una clínica. Y en Escritor a tiempo completo un hombre que decide dejar trabajo y mujer para tratar de ganar el premio Planeta descubrirá la profunda soledad del oficio de escribir desde ese desangelado apartamento que le presta un conocido, en una Costa Dorada fuera de temporada y particularmente desangelada.

Una escritora capaz de lograr magistrales relatos como «Mujer de blanco» y «Pero eso ya es historia» presenta sus credenciales de cuentista grande que, desde ahora, va a requerir mi especial seguimiento. 

Recomiendo a Maripau González con el júbilo de quien es un ferviente convencido en el porvenir de un género aún tan joven y disponible como es el cuento en este país. Un porvenir que veo esgrimido aquí, en este libro inolvidable que ha resultado ser Besos usados en hilera, por una mano repetidamente certera que logra debutar con maestría en la publicación. 


ENTREVISTA CON MARIPAU GONZÁLEZ:


De ser una experimentada escritora de microrrelatos, para tu primer libro publicado eliges al cuento como género para debutar. ¿Te ha resultado complicado dar el salto?

No, en realidad eran textos que por su extensión hacían imposible su publicación en el blog. Eso no es óbice para que dos de ellos ya los hubiera publicado. Los quise rescatar porque disfruté mucho con ellos. 


Aparte de la diferente extensión, ¿qué otras diferencias encuentras entre microrrelato y relato a la hora de crearlos?

El microrrelato es casi una instantánea, algo así como un paréntesis acotado, sobre algo en particular, donde el principio y el desenlace son muy abiertos. En el relato intento que la raíz da la trama y su desenlace, más o menos, se perciban. Los doce cuentos peregrinos de García Márquez podrían dar para una novela, pero su elección me parece magistral. En parte porque cuento y novela pueden ir de la mano. 


¿Quedas igualmente satisfecha, como autora, con los resultados que consigues en ambos formatos de relato breve?

En el blog uso formatos muy pequeños, a veces con menos de cien palabras y casi siempre quedo satisfecha con lo que plasmé, porque recoge lo que quería mostrar. En estos relatos optimistas también creo haber plasmado esa historia de la manera que imaginé, porque para escribir, yo imagino, casi siempre poniéndome en el lugar de los protagonistas. 


He definido Besos usados en hilera como un libro donde triunfa el amor. En ocho de sus doce relatos, el amor, tras superar diversas pruebas y obstáculos, vence. ¿Consideras que en la vida real un sentimiento humano tan capital como es el amor prevalece?

Rara vez, pero es muy deseable. Por eso se llama «besos usados», porque he conocido más relaciones que no llegan a buen puerto que con final feliz, pero para eso están las nuevas oportunidades, en esa búsqueda del amor. Que nunca llega tarde, y que es eterno mientras dura, como dice Sabina.


¿Cómo escritora, qué te lleva a estar tan esperanzada?

Precisamente esa capacidad del ser humano de seguir persiguiendo un sueño tal vez. Esa inmunidad al desaliento. Ese no renunciar a los anhelos, (que en parte nos vendieron con el «y comieron perdices». Bien es cierto que el cuento acaba donde empieza la convivencia, así que nos quedamos sin saber el final) 


Se ha repetido infinidad de veces que los finales felices resultan poco estimulantes desde un punto de vista literario… Besos usados en hilera, en su conjunto, viene a demostrar lo contrario. ¿Te has propuesto con este libro acallar esas bocas contrarias al happy end?

Salvo en el texto del maltrato, basado en una noticia de hace un año, sobre dos cuerpecitos en Medicina Forense, porque el marido quiso hacer daño su ex, creo que hay que dar una oportunidad a la vida. Que por muchas vueltas que dé, puede traer un renacer tras cada fracaso.


El relato «Pero eso ya es historia» da un contrapunto tremendo a los otros ocho relatos amorosos. En su brutalidad, a mí me parece uno de los mejores cuentos de tu libro. ¿Consideras que la violencia de género es una barrera insalvable, quizá la única, en cualquier relación amorosa?

La violencia, da igual de quién, no puede darse en una relación amorosa. Entre homosexuales también la hay y es igual de penosa que si ocurre de una mujer hacia un hombre. Es una línea roja.


La pregunta valdría para cualquiera de los doce relatos de Besos usados en hilera pero quiero hacértela sobre este cuento tan desabrido. ¿La labor de documentación te ha llevado mucho tiempo? ¿Te has entrevistado, por ejemplo, con mujeres maltratadas? 

No me he documentado casi nada. Eran textos casi locales, ubicados en Barcelona o Tarragona, y sobre temas muy universales. 


Todos tus relatos dan sensación de vividos, de estar ahí, de ser una privilegiada testigo de los acontecimientos. ¿Cómo logras transmitir de manera tan eficaz tu cercanía con lo narrado y en tan distintos niveles? 

Es ponerse en la piel, no hay más misterio. Ahora ando con una escritora de novela romántica que se transforma al extremo de escribir novela negra, porque se muda a un edifico de Barcelona con mucha historia, secretos y un inquilino que acaban por asesinar entre tres de los ocho vecinos.  


A todos los autores de cuentos os preguntan lo mismo, algo que, supongo, llevaréis con resignación. Yo, lo siento, no voy a ser la excepción. ¿Te planteas dar el salto a la novela? 

Ando con los pañales de esa novela que te digo, de esa escritora, en cómo se transforma, o evoluciona, de cajera de supermercado a novelista imitadora de Las Sombras de Grey para verse envuelta en una casualidad que parece confabulación para matar a un impresentable. La trama pide diferentes personajes, con historias variopintas, que confluyen. Sería imposible abarcar lo que quiero plasmar, la evolución de una mujer que acaba siendo escritora, sin ese formato largo. Borges no escribió ninguna novela, les recuerdo a veces a quienes menosprecian relatos o cuentos. 


Para terminar esta entrevista me gustaría que dijeras a los lectores de SalamandraNegra,com qué autores de cuentos han podido influir más sobre tu actividad creadora. También saber alguno de tus escritores favoritos, con independencia de que hagan relatos.

Influir no sé, porque cuando escribo algo que me suena a otro, lo modifico. Favoritos tengo bastantes. Leonardo Padura, con su personaje Mario Conde, es una maravilla cubana.  De Cortázar me gusta todo. Su imaginación en primer lugar. De Gabo me apasiona cómo describe lo más onírico como cotidiano, por ejemplo. Tony Hill me encanta también. Eduardo Sacheri me resulta refrescante. John Vernon me deja siempre maravillada por la personalidad en su Dave Gurney. Pero Almudena Grandes ahora, con sus episodios de una guerra interminable me ha resultado el prototipo del escritor que yo aspiraría a ser.


                                                                    Maripau González

viernes, 5 de noviembre de 2021

Dostoievski en la hierba, de Mar Aísa Poderoso. Una novela negra fuera del estereotipo

DOSTOIEVSKI EN LA HIERBA. Mar Aísa Poderoso. Editorial Siníndice (2018)

Manu López Marañón

Mar Aísa Poderoso (Zaragoza, 1967), autora de «Dostoievski en la hierba» que hoy reseño para SALAMANDRANEGRA.COM, está de actualidad por haber publicado el pasado junio «¿Quién ha visto a una sirena?» (Bohodon Ediciones, 2021). Ambas novelas constituyen, de momento, el corpus literario de esta licenciada en Filosofía y Letras. Residente en Logroño desde 1995, ejerce allí como profesora de Geografía e Historia y Filosofía. Mar alterna la docencia con labores de formación del profesorado.

Cuando, tras prolijas gestiones, adquirí el que debió de ser último ejemplar de la edición de «Dostoievski en la hierba» (una tan esforzada como amable librera de la Casa del Libro de Bilbao removió Roma con Santiago para conseguírmelo), lejos estaba de imaginar que iba a leer una ficción criminal en clave de novela de detectives... «Otra más», me dije al descubrirlo, no demasiado animado. Aunque haya reducido drásticamente mi afección a esta rama del noir, el empacho de hace unos años, cuando si no a todos (imposible dada su proliferación) leí a muchos de sus autores españoles, aún me dura.

Pero reconozco que mis ahora esporádicas incursiones en la investigación criminal suelen saldarse con notables éxitos. Así, enterado el pasado año del excelente estado de salud que goza la saga de Belvilaqua y Chamorro, creada en aquel lejano 1998 por Lorenzo Silva (publicada en 2020, «El mal de Corcira» es –junto a «La niebla y la doncella»– la mejor entrega de la serie), o sorprendido por la irrupción de esa particular familia de detectives –los Hernández– fruto de la feraz imaginación de la novelista Rosa Ribas (A «Un asunto demasiado familiar» ha seguido este 2021 «Los buenos hijos», joyas no ya del género, sino de la literatura), con Mar Aísa Poderoso y su opera prima acabo de incrementar el grupo de autores policíacos que llama mi atención.

«Dostoievski en la hierba» se inicia con el hallazgo de un cadáver, durante las fiestas de San Mateo, en el logroñés parque de la Ribera. Hoy día, para no fatigar al lector con la incesante presencia de un detective desmadejando un asesinato se requiere de este una personalidad capaz de superar el creciente aburrimiento de las visitas, los interrogatorios y las posteriores decepciones que lleva esclarecer un misterio a la postre mediocre. 

                                                            Parque de la Ribera. Logroño


Mar Aísa Poderoso se las apaña para que el subinspector de policía Diego Cárdenas y su hermana, la traductora Lucía, cada uno desde sus profesiones, desenreden una complicada trama (desprovista de cualquiera de los atributos del tedio), que ha llevado a la muerte a Svetlana Yurievena Lebedeva, experta violinista de la Orquesta Nacional de Bielorrusia a punto de ser fichada por la Chicago Symphony Orchestra.


                                                        Orquesta Sinfónica de Bielorrusia

Una vez aparecido el crimen, las malas novelas negras responden al enigma con esquemas previsibles. Solo los escritores buenos son capaces de dar a la construcción de la intriga algo que vaya más allá del simple suspense o de la resolución de un problema. Mar Aísa Poderoso innova en el género creando una doble investigación: la profesional que lleva la policía y otra –en paralelo– a cargo de Lucía y el compañero que trabaja con ella, traductor de lenguas eslavas. A diferencia de tantos escritores de hoy que no evitan caer en el solapamiento –algo que a mí me indigna–, las pesquisas de Diego y Lucía Cárdenas, complejas y que requieren escenarios en varios países (California, Minsk) así como la recreación de épocas bien alejadas del presente (la Guerra Civil española, la URSS en la que ha triunfado la Revolución,...), resultan, siempre, oportunamente complementarias. 


Con tal juicioso dinamismo la autora logra que sus lectores nos sintamos activos, parte de la investigación (y no meros espectadores, tratados de cretinos, a los que se deben repetir dos –y hasta tres veces– datos y desvelamientos ya expuestos). Este doble enfoque, profesional y aficionado, magistralmente ensamblado a la hora de enfrentarse al misterio acaba por resultar la principal baza de «Dostoievski en la hierba». 

Las novelas negras que empiezan con un muerto son comerciales, juegos de artificio policial: por eso abundan. Y como no pueden permanecer invariables y aplicar siempre un único y mismo patrón, cada vez resultan más complejas, más absurdas..., más insoportables. 

La autora zaragozana se ha preocupado de aunar comercialidad y calidad literaria, algo que honra a un género tan devaluado por la flagrante ausencia de esta última. Al patrón canónico policíaco no lo combate con complejidades argumentales, bizarros detectives conservados en alcohol y violencias gratuitas. Todo lo contrario: tanto Diego como Lucía son personajes reales, con las aficiones y los problemas que pueden tener un recién separado y una viuda; la trama interesa desde la aparición del cuerpo de la violinista; los cambios de escenario siguen una lógica narrativa, alejada de esos otros virajes incomprensibles con que tanto thriller pretende salir adelante... En fin, lo absurdo, la complejidad gratuita, quedan al margen de «Dostoievski en la hierba», un título que, aportando las dosis necesarias de violencia, se hace merecedor de que retengamos el nombre de su autora.

Numerosas novelas de deducción decepcionan a la curiosidad cuando el detective ata los muchos cabos sueltos con la invencible pericia de quien despeja un teorema. Ante esa contundente solución lógica pierdo el placer de seguir dudando. En la obra de Mar Aísa Poderoso, cada hallazgo que lleva a la resolución del caso viene duramente peleado: tanto el trabajo en equipo liderado por el subinspector Diego Cárdenas (a sus órdenes tiene a dos oficiales efectivos, Sofía Virumbrales y Sebastián Jubera), como la labor detectivesca que, por cuenta propia, aunque informalmente supervisada por Diego, llevan Lucía Cárdenas, el traductor sueco Lars Erik y el padre de Lucía (el jubilado Francisco), acaban dando sus frutos. Pero nadie les regala nada, cada pista –y los lectores somos apasionados testigos de ello– viene lograda por el sudor y el riesgo.

                                                                        Un violín Stradivarius

De estar solo ante un «caso», una historia abierta y sin sentido como las que proliferan en la crónica roja de los diarios, «Dostoievski en la hierba» genera suficientes remedios para que un género con convenciones, fórmulas y líneas temáticas tan definidas y estereotipadas como las de la novela policial respire con mayor libertad. 

Mar Aísa Poderoso se incorpora a la lista de solventes autores que resuelven asesinatos: Lorenzo Silva, Rosa Ribas, Alberto Pasamontes, Alexis Ravelo, Esteban Navarro y tres vascos en los que tengo puestas mis expectativas: Javier Sagastiberri, Anton Arriola y Aritza Bergara. Que siga creciendo.


ENTREVISTA CON MAR AÍSA PODEROSO:


                                                              Fedor Dostoievski (1821-1881)


La literatura rusa es una de las señas de identidad de «Dostoievski en la hierba». «Crimen y castigo» tiene un papel primordial en el arranque de las investigaciones sobre la muerte de la violinista. Además, los aficionados a los escritores rusos hallarán también un guiño en tu obra a una de las grandes novelas de León Tolstoi y algunos de ellos –esto ya es para nota– descubrirán, en un personaje tuyo maravillosamente trazado, la enrevesada personalidad de Iván Karamazov (uno de los inmortales hermanos creados por Fedor Dostoievski...)

¿Cómo llegas a la novela rusa y cuál ha sido su influjo en tu caso?

Desde muy niña he sido una lectora voraz. Tuve la gran suerte de que mi padre tuviera una biblioteca muy bien nutrida y variada en donde podías encontrar desde Zane Grey hasta Colette, Zweig, Dumas o Dostoievski. Ello hizo que ya en la adolescencia fuera leyendo a autores muy distintos. Recuerdo que me llamaba mucho la atención un volumen que llevaba por título «Crimen y castigo»; sentía hacia él una atracción especial. Fue mucho tiempo después cuando me atreví a adentrarme en él. Sentí como un golpe en el estómago, creo que fue algo casi físico. Me enamoré del alma rusa, tengo que confesarlo. Así es como llegué a Dostoievski y luego a Tólstoi. Con «Anna Karenina» quedé rendida para siempre. Años después, tuve la oportunidad de estudiar ruso en la Escuela Oficial de Idiomas de Zaragoza y vivir pequeñas temporadas con familias en Bielorrusia y Ucrania. Aproveché para visitar mercadillos y librerías de libros de segunda mano en donde adquirí algunos ejemplares antiguos preciosos  y muy baratos de autores como Pushkin. Leerlos en su lengua original me resultó bastante complicado, pero me animé a comprarlos en español y así fueron llegando otros autores como Gógol, Turgueniev, Pilniak o Bulgákov.

Rusia y la cultura rusa me han facinado desde siempre y especialmente después de convivir con sus gentes. Nunca olvidaré esa noche de 1994 en la que llegamos por primera vez en tren a Minsk y bajamos en una estación que parecía una fotografía en color sepia, como si hubieramos entrado en un tunel del tiempo. Después de ese impacto inicial, descubrí un pueblo extraordinario que ama la cultura: la literatura, la danza, el circo, la música... Fue una experiencia inolvidable que me marcó para siempre. 

La falta de motivación emocional de los personajes de Dostoievski hace que muchos de ellos parezcan locos que hacen cualquier cosa sin que les afecte la memoria afectiva... Desde que Fedor crea para «Crimen y castigo» a Rodion Romanovich Raskólnikov ningún escritor de novela policíaca puede ya resistirse al influjo de un personaje totalmente original para su época y que hoy sigue más vigente que nunca.

Dinos, hasta dónde puedas,... ¿Hasta qué punto consideras a alguno de tus personajes «hijo» de Raskólnikov?

Creo que muchos lectores hemos sucumbido al influjo de Raskólnikov y seguramente esto haya hecho que como escritores haya estado presente en nosotros de forma inconsciente. Los escritores somos consecuencia de nuestras lecturas. Todas ellas forman parte de nuestro bagaje personal y de forma inevitable emergen al escribir. Es un personaje ambivalente, como lo somos todos, como lo son la mayoría de los personajes. En realidad, la novela plantea, más allá de la trama, algunas reflexiones sobre las que efectivamente se extiende la larga sombra de Raskólnikov. Pero no podemos contar nada más, simplemente que los lectores se atrevan a descubrirlo. 


«En las novelas policiales hay una situación de lectura que define el género mismo, el lector sabe o imagina lo que le espera al leer ese libro, y lo sabe antes de comenzar». Esta frase de Ricardo Piglia (uno de los escritores que mejor teorizó sobre el género negro) resume a la perfección el aplanamiento que muchos sentimos al iniciar la lectura (por afición u obligación) de cualquier investigación criminal.

En la reseña trato de aclarar cómo con tu «Dostoievski en la hierba» consigues desemarcarte, –y muy bien–, del canon policíaco; cómo durante su lectura no hay cabida para el aburrimiento.

Me gustaría saber si al iniciar tu novela tenías ya claro el objetivo de buscar para ella un mayor grado de originalidad (tanto en el argumento y ambientación como en el plano estrictamente técnico de la escritura) o si, por el contrario, esta fue surgiendo de manera espontánea.

Esta novela surgió una noche de verano, después de cerrar un libro de Donna Leon. Pensé que sí Venecia tenía su inspector Brunetti, por qué Logroño no podía tener su propio detective o policía. Y así surgió el subinspector Diego Cárdenas. Pero es cierto, que pronto tuve la idea de acompañarlo con otro personaje que imprimiera cierta singularidad a la investigación, alguien que interviniera con otras aportaciones y perspectivas; así surgió su hermana Lucía. Quería escribir una novela con personajes con cuerpo y alma. De hecho, muchos de los lectores y críticos me decís que mis novelas son de personajes.  Los dos hermanos forman un buen tándem. Son muy distintos, pero se complementan. Diego está tratando de salir de un divorcio mal encajado y Lucía se encuentra en una situación de absoluto desconcierto personal ya que su marido desapareció tres años atrás en un accidente de aviación en la frontera entre Colombia y Venezuela. Son dos personas heridas que unen fuerzas para seguir adelante. 

Por otra parte, tenía claro que quería escribir algo más que una mera trama policiaca. En la novela hay aspectos que se introducen y se entremezclan como historia, literatura, música, filosofía, arte o cine, que no son habituales del género y que le aportan singularidad. Asimismo, he cuidado también la palabra, la forma. La literatura tiene sus propios códigos, su propia manera de  provocar en el lector la emoción y la evocación. Otorga al lector el poder de imaginar, de decidir cómo quiere que sea un personaje o un lugar. Cuando el libro llega a las manos del lector convierte a este en protagonista activo del proceso creativo. Ahí reside la magia y creo que en parte esa magia está llegando a los lectores cuando me dicen que tienen ganas de llegar al final para descubrir el misterio, pero que por otro lado, no quieren que las novelas terminen porque se sienten muy a gusto y felices dentro de ellas. 

Antes un relato, para ser policíaco, exigía que la función de investigar se encarnase en un sujeto que solo se dedicaba a dilucidar enigmas como  el Auguste Dupin de Poe o el Sherlock Holmes de Conan Doyle (y su sucesión de epígonos y descendientes)… En el siglo XX, sobre todo gracias a la novela negra norteamericana, se rompe con esa tendencia, y, aparte de policías o detectives, investigador puede ser ya cualquiera. Así, una de las líneas de investigación en «Dostoievski en la hierba» viene protagonizada por dos traductores y un jubilado.

Como he dejado escrito, la conexión del subinspector Cárdenas con Lucía y su equipo resulta modélica (tanto a nivel argumental como de estructura) a la hora de ir arrojando luz sobre el caso. 

¿Te ha llevado mucho tiempo conseguir que las evidencias a las que llega tanto la policía como los traductores cuadren tan bien y de forma nada artificiosa, sin el menor rastro de solapamiento?

Cuando empiezo a escribir parto de una idea que me llega a modo de fogonazo. En el caso de «Dostoievski en la hierba» todo comenzó con la imagen de la traca final de los fuegos artificiales de las Fiestas de San Mateo. Ese momento único en el que después de haber permanecido absortos contemplando el espectáculo se van encendiendo poco a poco las luces y parece que todo empieza a resurgir a  cámara lenta. A partir de ahí, imaginé a un grupo de niños jugando que  encontraban por sorpresa un cadáver. En este caso, el de una mujer joven vestida con ropas de prostituta, una máscara de lobo de cuento sobre el rostro y a su lado una extraña nota con un texto en alfabeto cirílico. Este fue el punto de partida de la historia que fue surgiendo día a día al sentarme a escribir. Aunque la historia fue fluyendo, no dejó nada al azar; casi desde el primer momento intuyo el final al que quiero llegar. Es evidente que si no sabes a dónde vas puede que no llegues a ningún sitio, pero me gusta también dejarme sorprender.

Por otra parte, soy muy minuciosa en las correcciones para que todo tenga sentido y encaje. Para mí es un proceso importante, muy interesante e intenso como escritora. Es un tiempo de dedicación y concentración plena en el que la novela se convierte en un todo, toma cuerpo. Es solo después de este trabajo cuando lo doy a leer a mis lectores cero para recibir las primeras impresiones antes de enviarlo a la editorial.    

Tienes tu nueva novela, «¿Quién ha visto a una sirena?», recién sacada del horno. No creo que sea el único que, tras terminar tu opera prima, tenga ganas de hacerse con ella… 

Para quienes vamos a comprarla: ¿Es también novela policíaca? ¿Comparte algún personaje de «Dostoievski en la hierba»? ¿Qué puedes adelantar de su argumento?

«¿Quién ha visto a una sirena?» es un segundo caso de los hermanos Cárdenas que se puede leer de forma independiente de «Dostoievski en la hierba». Los personajes tanto principales como secundarios son los mismos. El escenario principal continúa siendo Logroño y, por supuesto, también hay escenas en Zaragoza, mi ciudad natal, que siempre va a aparecer; en este caso llevo a los personajes al barrio de la Magdalena, bohemio y cosmopolita, que tiene una torre mudéjar impresionante. En esta novela, como novedad respecto de la anterior que se vinculaba a Minsk, hay una parte de la trama que se desarrolla en París, una ciudad que me encanta y que va a jugar un papel relevante en la resolución del caso. 

La novela empieza delante de la hermosa iglesia de San Bartolomé, la más antigua de Logroño, cuando Lucía reta a sus sobrinos a encontrar a una sirena. Curiosamente esta iglesia también tiene su torre mudéjar.

Del argumento puedo decir que el caso comienza unos días antes de Navidad cunado una pareja de ancianos es encontrada muerta en su domicilio de Logroño en un aparente caso de violencia de género. Sin embargo, tras una segunda inspección más minuciosa, se encuentran escondidas en un tocador una agenda con unas misteriosas citas con una pitonisa y unas cartas en francés dirigidas a la esposa por un anticuario parisino que nos llevarán al mayo del 68 y a la época de la Transición española. A partir de ahí, Cárdenas dará un giro a la investigación a pesar de la oposición de sus superiores. 

Es una novela en la que se tocan muchos temas de actualidad, con más de veinte personajes interactuando y en la que la pintura impresionista y el cine clásico juegan un papel destacado. 

Para acabar me gustaría que los lectores de SALAMANDRANEGRA.COM accedan a tus gustos literarios, tanto en tu faceta de (supongo) lectora devoradora como a la hora de convertirte en rigurosa escritora de noir.

Dinos, ¿Aparte de Dostoievski, qué autores influyen más sobre tu actividad literaria?

Son muchos los que me han ido acompañando en mi andadura vital y que forman parte de mí: Jane Austen, las hermanas Brontë, Balzac, Tolstoi, Flaubert, Stendhal, Wilde, Emilia Pardo Bazán, Agatha Christie, Colette, Pearl S. Buck, Edith Wharton, Scott Fitzgerald, Némiróvsky, Carmen Martín Gaite, Isabel Allende, Paul Auster, Pierre Lemaitre, Donna Leon, Fred Vargas…tantos y tantos que me han hecho y me hacen muy feliz y que han contribuido a ser lo que soy como lectora y como escritora.  


                                                    Mar Aísa Poderoso

viernes, 29 de octubre de 2021

Las estrellas, de Paula Vázquez. El duelo más doloroso

Maya Velasco


Las estrellas de Paula Vázquez es un libro muy especial sobre el duelo.

En estos días de prisas y carreras, de lectura de novedades comerciales que no te hacen pensar, he descubierto esta joya.

Creo que uno de los duelos más dolorosos en la vida es la muerte de una madre y Paula Vázquez lo relata de forma cuidadosa, entrañable, pero dolorosa. Como ella explica este duelo supone que te arranquen las raíces, que te separen del cuerpo que te dio vida y del que saliste (aunque muchas veces este proceso no sea físico sino emocional), es cortar definitivamente con algo, con una etapa, con una forma de vida, es quedarte huérfano. Y cuánto significa esta palabra.

Es sin duda un relato muy valiente. Paula nos habla de sus relaciones familiares sin miedos ni tapujos. Refleja las reacciones y sensaciones de todos. Dado que es poeta, esta narración está llena de poesía y de amor y por tanto su prosa es poética.

“El tiempo del duelo puede experimentarse como la permanencia en una isla cubierta de niebla.

Así puede estar la mente, confusa, errante aunque atada a un peso de hierro en una zona sin

respuestas. Hay quienes pasan por alto este proceso, siguen la rutina, se levantan, van a trabajar,

hablan del asunto con cadencia administrativa. Pero en silencio la falta los inundará”

Los procesos hospitalarios, las esperas en pasillos, las consultas médicas están relatadas con

exquisitez. Sin detalles que pueden ser escabrosos, sin repeticiones innecesarias, sin dramas

añadidos.

La autora comenta que este relato podría ser un diario de viajes, ya que además de los dos que se

incluyen en la historia, es en sí un viaje hacia el dolor y a la vez hacia la curación de este dolor.

Cuando Paula se despide de su madre, escapa a Sicilia porque necesita un lugar desconocido con

sol y con mar. Allí escribe, come bien, toma el sol, pasea interminablemente y pasa en definitiva su

duelo. Asimismo, viaja a Cuba unos días en un viaje frenético y desesperado, inútil y esperanzador.

Y por último, Paula nos hace ver la grandeza que suelen tener las madres que no se quejan, que

esconden sus dolores, que no dicen que saben la verdad por mucho que se la dulcifiquemos, que

animan a sus hijos como si ellas no estuvieran destrozadas por dentro y por fuera.

Os recomiendo este maravilloso libro que os hará pensar, os hará recordar, os hará sentir.

viernes, 22 de octubre de 2021

El olvido que seremos, de Héctor Abad Fanciolince. Una obra esencial en la literatura de Colombia

          Maya Velasco.

El olvido que seremos de Hector Abad Faciolince es la historia novelada de un asesinato en Colombia, de todos los asesinatos en Colombia. Es la historia de un padre bueno, entregado y amoroso contada por su hijo, sin odio, sin ánimo de venganza. Es todo un acto de amor hacia su padre y hacia su patria.

Cuando leemos un libro, hacemos nuestra la historia, la reinterpretamos, a cada uno nos dice una cosa. El olvido que seremos me ha conducido irremediablemente al asesinato de mi propio abuelo, defensor de la cultura universal y de los derechos humanos, liberal, maestro, torturado y muerto por los disparos de un grupo fascista secundado por los poderes oficiales.

Héctor Abad Gómez fue profesor de Medicina en la Universidad de Antioquía, Colombia, fundador de la Escuela Nacional de Salud Pública, médico, asesor de salud en distintos países. Su hijo, escribe su historia 20 años después de su muerte, cuando se ve capaz de describir su dolor con palabras: ”Es una de las paradojas más tristes de mi vida: casi todo lo que he escrito lo he escrito para alguien que no puede leerme, y este mismo libro no es otra cosa que la carta a una sombre”

La primera parte del libro se centra en el relato de la historia familiar. Héctor es el niño mimado de su padre, un niño rodeado de mujeres: cinco hermanas, su madre, las cuidadoras y una monjita. Esta parte del relato recuerda lejanamente a Gabo en su casa de Arataca. Durante el día sus influencias serán las de su madre, mujer liberal, decidida, fuerte y católica. Por la noche con la llegada de su padres, la balanza se ajusta y se ve inmerso en un mundo científico de realidades probadas y lecturas de las mejores enciclopedias. Héctor adora a su padre, y su padre a él, y el lector va vislumbrando la personalidad del médico. Un hombre liberal que lucha por los derechos humanos, el derecho a la salud de todas las personas, el acceso al agua potable y a la vacunas. Es criticado tanto por el Gobierno de derechas como por el de izquierdas, ya que él odia el radicalismo y la violencia venga de donde venga.

Cuando le jubilan a la fuerza, empieza a alcanzar más notoriedad participando de marchas, denuncias en prensa y en la radio a la situación política de Colombia, señalando a los asesinos que empiezan a matar a cualquier opositor.

¿Qué nos transmite El olvido que seremos? Una situación muy parecida a la de España en la guerra y posguerra. Grupos fascistas y paramilitares que sistemáticamente acaban con la cultura, con todo el que piensa distinto, con todo el que no se pliega a sus mandatos. Asesinatos cobardes como el de Héctor Abad, al que descerrajan varios tiros cuando acude al velatorio de su amigo…asesinado aquella misma mañana trágica del 25 de agosto del 87. La denuncia de la violencia sin límites que desoló Colombia en los ochenta amparada por el Estado, que contrataba paramilitares a veces amparados por la policía.


Una de las fortalezas de este relato, es la sinceridad que transmite la prosa de Héctor Abad, hijo. No sólo nos cuenta las bondades de su padre como médico y ciudadano comprometido sino que reconoce que su padre cometió muchos errores, que a menudo se dejó engañar por gente que le utilizó para su propio beneficio. Este libro no es un acto de venganza, en ningún momento se busca, no hay actitud de odio, solamente la triste laxitud que provoca la pérdida temprana e injusta e innecesaria de su padre.

Como escritor, el autor del olvido que seremos no deja de mostrar el amor a los libros que le transmitió su padre:”Los libros son un simulacro de recuerdo, una prótesis para recordar, un intento desesperado por hacer un poco más perdurable lo que es irremediablemente finito”

Hay importantes elementos literarios en esta obra: Las coplas de Jorge Manrique son una especie de esquema para la narración, las loas a la vida de su padre que de nada sirven a la hora de la muerte, donde todos somos por fin iguales. Y él lo asume con el típico esticismo castellano. Bellísima la insinuación del poema de Poe, Anabelee: la vida de la familia Abad era tan bella y tan feliz, que el cielo no tuvo más remedio que mandarles el desastre, el dolor y la muerte. Y como no, los versos de Borges que encontró en el bolsillo de la camisa ensangrentada de su padre muerto, tirado en el suelo: “Ya somos el olvido que seremos”.

Creo que esta en una obra esencial en la literatura de Colombia que nos atraviesa con un dolor irremediable


viernes, 15 de octubre de 2021

La profecía del desierto, de Ana Ballabriga y David Zaplana. Una vuelta de tuerca a la novela histórica

Almudena Natalías.

Una semana después de que nuestro compañero Manu López Marañón nos recomendara de manera tan
entusiasta Tras el Sol de Cartagena no podíamos dejar de recomendar en el terrario La profecía del desierto, también escrita a cuatro manos por Ana Ballabriga y David Zaplana, una novela diferente que nos sumergirá en el mundo islámico y que nos enseñará detalles de esa cultura que nos van a sorprender.

La historia comienza con un crimen, un tiroteo y una huida espectacular que nos promete una historia con tintes futuristas. Mahmed, un cetrero que trabaja para un príncipe saudí, despierta junto al cuerpo de una joven asesinada. Tras intentar sacudirse una brutal resaca llaman a la puerta y un uniforme gris comienza a dispararle. Esto es solo el principio. A partir de este momento Mahmed sólo contará con la ayuda de Nur, una joven bailarina, y con su toghrol Mitra, una rapaz, casi mitológica, que actúa como su más fiel escudero. A partir de ese momento tendrán que custodiar y descifrar una antigua carta escrita por un maestro sufí, que esconde los secretos más buscados del Islam. Pero el futurismo del principio se verá salpicado por el pasado de una cultura milenaria llena de leyendas y de secretos.

Acostumbrados a buscar el Arca de la Alianza, el Cáliz de Cristo, la Sábana Santa, La profecía del desierto nos invita a descubrir una de las reliquias de mundo musulmán. Con una magistral documentación Ana Ballabriga Y David Zaplana nos descubren aspectos desconocidos de esa cultura: las facciones que lo componen, las leyes medievales que lo rigen, el papel de la mujer y el papel del hombre y las diferentes formas de interpretar los textos sagrados.

La historia no da tregua al lector. La persecución por conseguir la carta nos llevará desde Granada a Arabia Saudí, Egipto e Irán y nos mostrará, dejándonos sin aliento, las maravillas de esta cultura milenaria. 

La profecía del desierto me recordó aquella película de los 90, Tras el corazón verde en la que Michael Douglas y Kathleen Turner, un aventurero y una escritora de novela romántica, recorren la selva buscando una esmeralda. Nur y Mahmed también son muy diferentes entre sí. El, un cínico seguro de sí mismo y con inagotables recursos, ella, una joven musulmana, feminista que lo único que quiere es encontrar a su hermana. Ambos protagonizarán escenas de violencia, huidas accidentadas, humor, atracción física y mucha aventura.

No sé qué más puedo decir para que leáis La profecía del desierto, quizás que es otra vuelta de tuerca en las novelas de aventuras, que es un thriller lleno de acción con personajes que os arrastrarán con ellos a los más maravillosos paisajes y con Mitra, el mejor amigo que un hombre podría tener. Ya me contaréis. 


viernes, 8 de octubre de 2021

Tras el sol de Cartagena, de Ana Ballabriga y David Zaplana. Un espejo donde vemos nuestra verdadera cara

Manu López Marañón

TRAS EL SOL DE CARTAGENA. Ana Ballabriga y David Zaplana. Amazon Publishing (2018)


Los autores de «Tras el sol de Cartagena», Ana Ballabriga (Candasnos, Huesca, 1977) y David Zaplana (Cartagena, Murcia, 1975), además de escribir sus obras a cuatro manos, son un matrimonio con dos hijos. Publicada por vez primera en 2007, «Tras el sol de Cartagena» goza de una segunda oportunidad gracias a Amazon Publishing, que la ha reeditado. Su siguiente novela es «Morbo Gótico» (Amazon, 2010) a la que siguen «Ningún escocés verdadero», con la que han ganado el Premio Literario de Amazon en 2016, y «La paradoja del bibliotecario ciego». A principios de setiembre de 2021 Ana Ballabriga y David Zaplana publican «La profecía del desierto» (Umbriel editores), una novela que aúna misterio y aventuras en un thriller que nos transporta al mundo árabe. Esta pareja literaria, interesada también en el mundo audiovisual, fundó su propia productora en 2006 –ADN Visual– con la que han obtenido varios premios por cortometrajes y relatos.


El «Sol de Cartagena», digámoslo ya, es un pendiente helenístico vestigio de la civilización mastiana. En el capítulo 16 la celadora del Museo Arqueológico donde está expuesta la joya explica al protagonista, el historiador Ginés Paleto, cómo «su técnica de ornamentación, propia de la orfebrería mediterránea, se usó entre el año 2000 AC hasta el siglo III AC». En un número del Noticiero de Cartagena de 1968, fecha en el que el pendiente fue hallado en el Anfiteatro Romano de la ciudad, Ginés lee una completa descripción de la joya: «Un anillo con borde dentado del que cuelgan cuatro cadenillas rematadas por otras tantas campánulas. La decoración granulada con oro soldado puede darle un significado de talismán».


El robo de este pendiente por dos adolescentes alocados –Luis e Ismael– en busca de dinero fácil para sus vicios, pone en marcha una frenética búsqueda, en la que los principales personajes de la novela persiguen la joya para su propio provecho. Solo Irene y Ginés tienen motivos personales, no crematísticos, para hacerse con ella, aunque, llegado el momento, tan solo Irene sabrá mantener ese altruismo, ya que Ginés flaquea y a él también cegará la avaricia.

                                             El Museo Arqueológico de Cartagena


La animada lucha para hacerse con un objeto valioso vertebra «Tras el sol de Cartagena» y presenta dos bandos bien diferenciados. Por un lado tenemos a la educadora Irene, que trabaja en La Senda (ONG dedicada a reciclar laboralmente a jóvenes problemáticos), junto al historiador y coleccionista de antigüedades Ginés Paleto (con amplios conocimientos de informática, que le serán muy valiosos); y por el otro está Antonio Galindo, «El Escombro», el más importante constructor de Cartagena, quien, apoyado por su esbirro de confianza Pepe «La Mole», un armario viviente, quiere apoderarse del pendiente helénico, pasando por encima de quien haga falta. El magnate sabe que más importante que por su valor, la joya lo es por lo que gracias a ella puede descubrirse…


El pendiente pertenece legítimamente a Ginés por una tradición familiar para su salvaguarda (una saga que se remonta al siglo XVI, reinando Felipe II y con la Inquisición a pleno rendimiento); tradición esta que sus tías han pretendido ocultar para que no se descubra el vergonzoso pasado de su abuela Eulalia. Pero su avispado sobrino, gracias a una tenaz investigación, acaba desvelando las miserias de su familia. Aun siendo legítimo dueño de la joya, durante el transcurso de «Tras el sol de Cartagena» –y apoyado por la eficaz Irene– Gines debe esforzarse para hacer valer su derecho a la propiedad. Entre unos y otros, a modo de eslabón y jugando un aprovechado papel, siempre al tanto para sacar ventaja de la situación, tenemos al mendigo Aurelio, «El Napias».


En esta vibrante novela de aventuras a ritmo de bien cuajado thriller, Ballabriga y Zaplana dan con el tono adecuado de suspense. No lo logran mediante monótonas persecuciones de automóviles y sus consabidos tiroteos, sino más bien –en una tradición muy hitchcokiana– gracias a dosificados engaños y trampas que van sucediéndose, así como al inminente peligro de sufrir daños físicos que durante gran parte de la novela persigue a Irene y Ginés.


Unos diálogos abundantes e inteligentes, vivos en definitiva, sirven a ambos autores para definir a los protagonistas de su novela (que representan cada estrato social de Cartagena), empleando para ello, y no pocas veces, réplicas en forma irónica e incluso directamente humorística. La posibilidad para triunfar o fracasar que tiene cada uno de los personajes deseando a cualquier precio ese valioso objeto que anhelan no acaba de desvelarse hasta el final: en efecto, el lector está obligado a leer el epílogo del libro para enterarse dónde acaba el «Sol de Cartagena»...

La recuperación de la joya durante los once días que dura la narración (del 29 de agosto al lunes 8 de setiembre de 2003) se oxigena con subtramas nada artificiosas. Así, las de la inminente boda de Irene con su novio –Miguel–, la de la extraña vida familiar de Ginés con sus dos tías –Carmen y Rosell–, que en ocasiones parece una película de Fernando Fernán-Gómez, y, desde luego, con el propio devenir histórico del pendiente, el cual, partiendo de la antigua Grecia y pasando por el siglo XVI, alcanza hasta la Guerra Civil española para desembocar en el Museo Arqueológico de Cartagena… De donde finalmente es robado con amenazas y violencia. Siguiendo con Hitchcock, y para los amantes de su cine, es difícil no ver en la joya un macguffin literario pronto susceptible de ser puesto en tela de juicio sobre su real valía…


Y es que, al igual que Dashiell Hammet en «El halcón maltés» (así como John Huston en su fiel adaptación al cine de 1941), Ballabriga y Zaplana juegan intencionadamente –y con fructíferos resultados– con esa «materia de la que están hechos los sueños». Que en el caso de «Tras el sol de Cartagena» resulta ser las posibilidades de riqueza derivadas del pendiente… En efecto, además de por su valor, nos enteramos de cómo es una pieza más apetecible si cabe porque conduce, a quienes van tras ella, a lo que podría ser una realidad nada soñada; al contrario: bien sólida y en forma de noble metal… 

 

                                          Dashiell Hammet, autor de El halcón maltés y 
                                          la adaptación de la novela dirigida por John Huston 


Bajo la apariencia de novela de aventuras trepidante, Ballabriga y Zaplana terminan brindándonos un tratado sobre la avaricia y la codicia. Y retratan a un ser humano ofuscado en la eterna explotación de los valores materiales que lo arrastran, convirtiéndose en ejes centrales de su triste existencia, y, que al final, tan solo resultan ser un medio para desarrollar sus viles anhelos (encendiendo la pasión e impulsividad del odio, la desconfianza e incluso la enemistad entre seres queridos). El extravío materialista, más constante y duradero en «El Napias», pero presente sobre todo en «El Escombro», es padecido también –de forma solo pasajera– por Ginés Paleto, quien se ve arrastrado por un delirio del que Irene huye, aterrorizada.

 

                                                             La pistola Luger de Ginés Paleto

Creo que su fascinante galería de personajes es lo más logrado de «Tras el sol de Cartagena». La contraposición de unos caracteres de ficción tan diversos y extremos completa un soberbio estudio psicológico de la naturaleza humana que sirve a los autores para plasmar con crudeza unos sentimientos (codicia y avaricia sobre todo) que, a lo largo de la evolución del ser humano, no solo no han decrecido, sino que sufren un proceso acelerado de acentuación, y más durante este siglo XXI que nos sacude duro desde sus inicios.


«Tras el sol de Cartagena» es una novela que, al tiempo que un fino estudio sobre tanta fútil ambición, desarrolla una tragedia humana verdadera. No se trata aquí de una tragedia del hombre luchando con su conciencia, sino más bien de otra de tipo existencial: la del ser humano poseído por los deseos nacidos del trato social que pueden convertirlo («El Napias», «El Escombro», Ginés en un momento dado) en unos redomados villanos, mientras que sobre otros, como Irene, los transforman en personas tolerantes, comprensivas (y al mismo tiempo lúcidas) para poder afrontar decisiones que no terminen en caminos indeseados.


El temple narrativo de Ana Ballabriga y David Zaplana en «Tras el sol de Cartagena» nos pone ante un espejo donde vemos nuestra verdadera cara, relacionándolo con la misma espina dorsal de la civilización humana, con esa inescapable necesidad que tenemos de convivir unos con otros y obrar en consecuencia.


                                              La cripta de la ermita de San José, donde tiene lugar
                                              el desenlace de Tras el Sol de Cartagena


ENTREVISTA CON ANA BALLABRIGA:


No pocos hemos sentido la tentación de escribir con otra persona a la que admiramos. Algunos, como vosotros, habéis caído de lleno en ella y ningún lector de «Tras el sol de Cartagena» va a lamentarlo. Desde esa novela y hasta la última, aparecida el pasado mes, no habéis dejado de publicar libros escritos a cuatro manos. Con vuestro permiso, trato de sacaros algo sobre esta peculiarísima forma de afrontar la creación literaria. ¿Cómo os planteasteis escribir al alimón «Tras el sol de Cartagena»?

Comenzamos a escribir a cuatro manos una novela anterior a «Tras el sol de Cartagena». Y lo hicimos de una manera muy natural. Los dos escribíamos desde pequeños y éramos ávidos lectores. En la universidad, cuando nos conocimos, David me explicó que quería escribir una historia y me contó parte de la trama. Yo le iba dando mi opinión y establecimos un diálogo. Así comenzamos a trabajar juntos y nos gustó. Por eso decidimos seguir haciéndolo.


Pasamos al proceso de redacción… La verdad es que mientras leía, sobre todo al principio, buscaba diferenciar las distintas autorías, más fácil de hacerlo, pensaba, al tratarse de un enfoque masculino y otro femenino. Pero lo cierto es que durante la lectura completa de «Tras el sol de Cartagena» no he sido capaz de vislumbrar esas divergencias, que yo pensaba iban a ser perceptibles. ¿Cómo se logra esto? ¿Un autor escribe los 72 capítulos, el prólogo y el epílogo, y el otro va corrigiéndolos? 

Jajaja, ¡no! Nuestras historias suelen tener varias tramas y varios protagonistas. Así que cada uno de nosotros elige un personaje o unas tramas. Después revisamos mucho el texto. Nuestra voz como autores es la conjunción de nuestras personalidades y nuestras formas de ver el mundo y la literatura. Pero antes de todo esto, antes de escribir la primera palabra del libro, hablamos muchísimo y preparamos una estructura con la que los dos nos sentimos cómodos.


¿Cómo se consigue aunar de tan modélica forma vuestras personalidades y vuestras formas distintas de narrar?

Hablando, negociando y siendo humildes. No hay otra manera.


¿Se suscitan muchas discusiones a la hora de trabajar en un libro de forma conjunta?

Creo que cada vez menos. Aprendes a negociar, y entiendes que tus propuestas no siempre son las mejores. A veces discutimos, claro, los dos tenemos mucho carácter, pero cada vez menos. Al final, estamos al servicio de la historia, no de nuestros egos.


¿Os plantearías alguna vez escribir por separado?

Nunca se puede decir que no lo hagamos en algún momento. Pero escribir juntos hace que compartamos nuestras ilusiones y proyectos, y que nos sintamos más unidos como pareja.


«Tras el sol de Cartagena» vio la luz en 2007. Gracias a Amazon Publishing goza ahora de una reedición que ha permitido a muchos lectores como yo disfrutar de ella. ¿Habéis cambiado muchas cosas respecto a aquella primera versión?

Hicimos la revisión en 2018 y es nuestra primera obra publicada. Hubo algunos cambios estilísticos y modificamos la situación de algunos capítulos. Pero, en esencia, es la misma historia, no hay apenas cambios.


Pese a vuestra juventud tenéis en el mercado una obra abundante que va creciendo en reconocimiento crítico, que gana premios y, sobre todo, que logra cada día mayor número de lectores. ¿Qué lugar ocupa «Tras el sol de Cartagena» en vuestra carrera literaria?

Bueno, lo de juventud… Llevamos más de veinte años escribiendo y «Tras el sol de Cartagena» fue nuestra primera obra, y una novela que nos sigue regalando buenos momentos. Seguimos yendo a clubes de lectura para hablar de este libro y los lectores nos siguen preguntando por él. Yo no descarto una segunda parte, quedan muchas cosas que contar sobre la historia de Cartagena y el coleccionismo de objetos antiguos.


¿En «Tras el sol de Cartagena», quizá por ser vuestro primer libro, encontráis algún fallo que hayáis corregido en aquellos publicados con posterioridad a él?

Hemos mejorado el estilo literario, pero, como suele decirse, a escribir se aprende escribiendo. Seguimos teniendo el mismo gusto por las historias de misterio, por el pasado familiar, por los giros en la trama y por la crítica social. En esencia, escribimos sobre lo mismo, pero ahora sabemos más sobre el mundo y sobre la literatura.


Pensando en el lector de «Tras el sol de Cartagena», y sabiendo de la abundancia de títulos de thriller que cada semana acaparan las mesas de novedades de las librerías… ¿Cuál sería el hecho diferenciador que según vosotros pueda llevar a ese lector a comprar el vuestro? ¿Quizá las complejas personalidades de los investigadores (Ginés e Irene), la bestialidad sin límites de «El Escombro» y «La Mole», la impecable ambientación cartagenera que hace que el lector viva, literalmente, en esa ciudad, o algo diferente que se me haya podido escapar como entregado lector?

Has descrito muy bien los elementos que queríamos conjugar en esta novela. Esta novela los aúna muy bien: dosis de historia, personajes con dilemas, humor, aventura, misterio, análisis de la sociedad…

Estamos ante un thriller de aventuras ambientado en la Cartagena de 2003, dónde se perciben aún los efectos de la última gran crisis mundial y donde se hablaba, todavía, en pesetas y en euros. ¿Habéis tenido en cuenta, consciente o inconscientemente, a algún escritor a la hora de plantear la trama de «Tras el sol de Cartagena»? Decirnos, ya de paso, algunos escritores de referencia para vosotros, tanto de vuestro género como de literatura de otro tipo.

No seguimos a ningún escritor en concreto, lo hacemos con todos los que nos gustan, en general. Nos gusta la profundidad de los personajes y el manejo del misterio de Stephen King, la pericia literaria de Javier Cercas, la sensibilidad de Almudena Grandes, los magníficos diálogos de Raymond Chandler…


Hoy en día, y gracias a Internet, resulta más cómodo ambientar una novela en cualquier país y época histórica. No obstante, y para hacerlo profesionalmente, resulta muy trabajoso atar con corrección los cabos. En este sentido «Tras el sol de Cartagena» me ha parecido ejemplar. ¿Qué os llevó a elegir para vuestra novela la ciudad de Cartagena? ¿Ha igualado, o superado, el trabajo de documentarse tan a conciencia (todo lo relativo al pendiente helénico me ha llamado poderosamente la atención) al de la redacción propiamente dicha?

El proceso de documentación fue laboriosísimo y muy divertido. Queríamos que fuera en nuestra ciudad para facilitarnos la tarea, pero también para aprender más sobre el lugar donde vivimos. Fuimos a museos, nos entrevistamos con coleccionistas, visitamos librerías de viejo, leímos muchísimos libros antiguos… Lo pasamos muy bien. Siempre escribimos para aprender y transmitir lo aprendido. Tardamos tres años en terminar la novela, y la documentación nos llevó gran parte de este tiempo.


Como buenos conocedores del género… ¿Qué opinión os merece actualmente el noir y cómo veis su desarrollo no solo en España, también en el mundo?

El noir está cambiando, se combina con otros géneros y evoluciona. Es imposible que sea de otra forma. Creo que, cuando una fórmula triunfa, se repite hasta la saciedad, por eso hay novelas negras que me aburren solo leyendo la sinopsis. Admiro mucho el trabajo valiente, que sorprende porque arriesga. Es decir, creo hay una corriente de repetir lugares comunes, y otra que está buscando fórmulas nuevas.


Recién salida al mercado, «La profecía del desierto» viene precedida del premio obtenido por «Ningún escocés verdadero», sin duda gran aval para su carrera comercial. «La profecía del desierto» será muy pronto reseñada aquí, en SALAMANDRA NEGRA, y no quiero pisar el trabajo de mi compañera. Pero no puedo evitar que nos digáis algunas palabras sobre esta última y esperadísima novela vuestra.

«La profecía del desierto» tiene muchas similitudes con «Tras el sol de Cartagena». Ambas son novelas de aventuras, con referencias históricas y con personajes contrapuestos que tienen que trabajar juntos para salir del atolladero. Sin embargo, en la profecía viajamos a lugares exóticos como Egipto o Arabia Saudí, y hablamos sobre el islam, una religión para la que la sociedad occidental tiene muchos prejuicios y le resulta muy desconocida.